Con años de retardo, arrinconado por las circunstancias, el presidente Mauricio Macri reestablece control de cambios, reimplanta plazos para que los exportadores liquiden divisas y varios etcéteras. Dos días antes de las Primarias Abiertas (PASO) bancos privados y públicos habían fomentado una suba artificial de bonos y acciones. El lunes después el Banco Central (BCRA) incentivó con su desidia una devaluación brutal de la que Macri quiso sacar ventaja culpando a los ciudadanos que votaron en su contra . El vuelo oficialista a la racionalidad es ulterior a tentativas perversas que fracasaron. De cualquier modo, mejor tarde que nunca.

El ministro de Hacienda Hernán Lacunza ordenó una serie de anuncios en la previa del Superclásico tratando de evitar que la corrida financiera se transformara en corrida bancaria, como sucediera en el 2001. Tiene mejores defensas: la Convertibilidad restaba herramientas al gobierno de Fernando de la Rúa. El ex presidente Eduardo Duhalde simplificaba erróneamente cuando prometía “el que depositó dólares recibirá dólares” porque los depositantes llevaban pesos y constituían plazos fijos en divisas. Hoy en día, los dólares de plazos fijos y depósitos están. La sangría de los bancos puede mitigarse; no así la inflación, la licuación del valor adquisitivo del salario, el corte de las cadenas de pagos.

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“Pasaron cosas” musitó el presidente ante la primer mega corrida cuando su reelección se consideraba un hecho. “Pasaron las cosas que pasaron y tomamos las medidas que tomamos” amplió el ex ministro Nicolás Dujovne, en uno de sus mayores aportes al pensamiento occidental.

Las cosas que pasaron y siguen pasando estaban inscriptas en la lógica inexorable del modelo económico. La llegada del FMI demoró la caída, agravándola. No hay error ni oxímoron en la frase anterior. El orden de responsabilidades en la catástrofe económica-social y laboral, entonces, ranquea primero al Gobierno y en segundo lugar al FMI cuyo aporte no debe subestimarse, de todos modos.

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“La conducción económica actúa como un adicto que pide plata prestada para comprar merca” se publicó en esta columna hace cosa de un año. En aquel entonces contamos que Roberto Cardarelli, enviado del FMI, se reunió con importantes dirigentes de la Confederación General de Trabajo. En buen castellano les espetó “nosotros no vinimos, nos llamaron”. Agregó que el Fondo no objetaría que el Gobierno tomara medidas anticíclicas… si alcanzaba la plata después de cumplir con las “metas”. Describió al “diseño” (programa, en nuestra jerga) el típico plan de estabilidad monetaria. El desarrollo, las inversiones, la equidad quedan fuera de su competencia. En abril de 2018 Cardarelli imaginó (fabuló, deliró) un crecimiento de dos por ciento del PBI para el año.

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Macri no asiste a conmemorar (imposible decir “celebrar”) el Día de la Industria. Un alivio para los dirigentes de la Unión Industrial Argentina (UIA) anfitriona del encuentro, confesó el diario La Nación.

El industricidio macrista se consuma desde hace más de seis semestres. Fábricas que cerraban, pequeñas ciudades que se marchitaban en su torno. Este diario las viene abordando y señalando en medio del silencio hegemónico. La crema de la dirigencia corporativa empresaria consintió la devastación o la criticó de manera culposa, sin jugarse. En parte por afinidad ideológica, quizás por carecer de conciencia de clase. También porque los grandes jugadores lucran en varias mesas: ciertos “industriales” son a la vez productores agropecuarios. Los más poderosos aumentaron su plusvalía (con perdón de la palabra) gracias a la baja de los salarios y la redistribución regresiva de ingresos. Muchos lucraron con la especulación financiera.

Fueron ganadores del modelo durante años, el saldo está en jaque ante la magnitud de la debacle. Escapa a las posibilidades de este cronista mensurar si ganaron o perdieron “al final del día” (o la oscura noche) macrista.

Ahora proponen un acuerdo patriótico. Desde diciembre de 2015 los grandes formadores de precios conservan sus beneficios y márgenes de ganancia. El macrismo les dio más de lo que pedían, una especie de demagogia VIP. Los exportadores agropecuarios ni mosquearon el domingo cuando los obligaron a liquidar divisas. Con las tres devaluaciones de la era “republicana”, las franquicias para pedalear, habían medrado bastante.

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Lacunza habló a mediodía, para transmitir calma. Entrelazadas sus manos, signo de nerviosismo. Se señala eso a su favor, diferenciándolo del primer titular de Hacienda, Alfonso Prat Gay que se burlaba de los estatales despedidos (“la grasa militante”) y vaticinaba lluvia de dólares a fines de 2015.

Jamás hubo un ministro de Economía ni en el nomenclador, ni en la realidad: el nombre es arquetipo de la cosa. Lacunza menciona que los éxitos y los fracasos son colectivos. Reconoce la existencia de “especuladores” que pescan a río revuelto: una epifanía en el relato macrista. También macanea, como es de rigor: días atrás enunció la “recuperación parsimoniosa” de la actividad rebautizando así a una caída a pique del PBI.

La gente común, los sindicatos, las organizaciones sociales, el Frente de Todos cooperan, son pilares de la gobernabilidad. Con ruindad se les pide que firmen en blanco el programa del oficialismo.

Un sector del empresariado le pide a Macri que desista de su candidatura y “transfiera” los votos a Roberto Lavagna, como si fuera un trámite por banca electrónica, cuando funcionaba.

La inflación no cesa. Sabios de la tribu se mortifican porque los índices de septiembre se divulgarán a principios de octubre. La paliza electoral no alcanza para despabilarlos: los argentinos padecen en cuero propio el alza de precios día a tras día, hacen sus propias cuentas. En la Casa Rosada deberían haberse enterado pero el microclima les tapa los ojos.

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