Humosa luz

Uno podría decir entonces, tal vez que ese año el invierno nunca llegaría.

Se encimaban porque sí, los amaneceres y los atardeceres, y esos crepúsculos que giraban y giraban porque sí y nunca eran iguales. Como si cada capa se superpusiera como delgadas rodajas de cebolla, y un detritus antiguo socavara aquella luz distinta, y no dejaba que la luz se pasara entre cada capa, como si un alfajor enjuto se opusiera deliberadamente, empecinadamente, obstinadamente, como buscando un premio, un reconocimiento a cada obstinación defensiva, como si una miel de alguna forma se abrazara a esas brasas dúctiles y con seguridad rica y sustanciosa. O casi con seguridad tuviera esa condición que deciden fuerzas oscuras, enlazadas laboriosamente, empecinadamente, para obtener una preforman más serena, más adecuada y tal vez con integridad persuasiva, plena con rigor interno como si esa majestuosidad declarara una fuerte energía eficaz. Como si no hiciera falta que así fuera. Todo esto recordaba de su infancia, en cambio él no recordaba un ápice una mota de polvo sobre la inquietud que sumaba sobre sí, diciendo sí, sí, claro que sí, sin ayuda y sin memoria. Es decir que aprobaba todo aquello que su hermana aseveraba a pie juntillas.

Más bien él se impacientaba mucho menos con esa minucia que no se arrepentía nunca de su raro esplendor que resolvía cualquier inequidad.

Él, tan adicto al desorden exterior, a ese rubicundo frenesí a ese destino que no lo desarmaba antes del aplicado orgullo que pone como vientre abstruso la tarde, denso y firme como si el grito no partiera de ninguna garganta humana, si no del canto mismo de la tierra que si arándose y oblitera un orgullo un ocaso dulce, que no podría soportar jamás sin que una lágrima lo acunara para siempre. Fernando era su nombre como si una espada lo rebanara de raíz.

Miró el reloj y faltaban dos horas justas. Él le diría de quien es esa mirada transitiva la que lo instalaba en el mundo, sin fe ni afán, densificase al fin por una paz que no le daba más quietud que la de su corazón golpeando acompasadamente.

De todos modos, una sola era la canción que sus oídos finos oían, acompañando su dolor mientras que esa mujercita, esa brevísima mujercita estaba inquietándose bajo el dolor del siglo que no lo ponía tan bien, ni tan luz, ni tan plus. El no podía más sin esa luz.

Que hermosa luz. Es octubre dijiste y yo asentí sin pensar qué cosa seria tan laxo cuando se hagan ver y dirán que si o dirán que no. Dijeron no.

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