Fotografiando la zona
Nostalgias del buen comer 

* "El mundo es una mala influencia para la salud. Una infidencia promiscua de quienes somos y cómo tenemos que vivir para que no nos dañe hasta el mismo aire. Nos descubrimos débiles, oponentes a una fuerza superior a la que les hacemos cosquillas en la panza mientras ella nos destroza. El mundo es el capitalismo grosero, las derrotas provocadas, los bosques arrasados, las enfermedades inducidas y las curas medicinales que nos venden luego de intoxicarnos. Imaginamos entonces: cabezas cortadas en lo alto de la picas, y ello no está mal. Es el ronroneo, la canción de cuna sangrienta con la que muchos de nosotros intentamos dormimos. Ello se llama, pragmática, horrorosamente, forzadamente angustiante, solamente la búsqueda de justicia...", lee el tipo sentadito en su inodoro y siente que con el remover de tripas se satisface el destino de venganza aunque más no sea el sentir que le caga en la cara a sus enemigos.

* Ella era la clase de mujeres en que uno puede olvidar sin riesgos, se había dicho. Pero entonces ¿qué hacía él recordándola cada mañana cuando se despertaba y buscaba el lado vacío de la cama? Y a veces lloraba: no la lloraba, solo lloraba. Por él, por ella , por él y por todos los incomunicados entre sí, los hermanados en una pelea eterna en busca de la felicidad. "Somos idiotas", terminaba explicándose a sí mismo. Y cantaba como mugiendo la canción maldita del Vasco Bigarrena.

* El pibe recibe el regalo envuelto en celofán y lo abre. "¿Un reloj?", se pregunta. El tío sonríe decepcionado. "¿No te gusta?". El pibe se pone serio, advierte la ilusión chamuscada del que ofrece. "Es que...ya no se usan". Y dice exactamente la verdad. Todo, el mundo, el tiempo, nuestro latir del corazón, direcciones y geografías yacen expectantes en ese aleph borgeano llamado celular. En ese momento alguien lo requiere al pibe y deja al descuido el reloj regalado en cualquier lado. El tío advierte en ese momento el devenir de los tiempos, y se reconoce vencido.

* Ciertos hombres hablan de la Gracia Serena, de los perdidos clavos de Cristo en la carne joven de un ajusticiado que no ven porque es pobre y negrito. Temen a Dios pero le chiflan cuando se presenta bajo una mascarada cualquiera. Lo presienten más en las cosas malas que en las buenas. "Dios se acordó de mí", cuando por una lateral alegría surge una redoblona, o cuando se van al kilombo a olvidarse del matrimonio y de sus patrones. Da pena y enerva mirarlos. Son víctimas de tratar de ascender y ni haber caído siquiera como aprendizaje del dolor. No miran a la luna, ni leen poemas, ni oyen buenas canciones: todo les parece una estupidez. No rezan, solo temen a la mala suerte. No entienden que esa luna fría se ensaña con los pobres y les descose el ruedo del corazón. Andan por ahí, sin patria ni credo. Quien sabe si tal vez no tengan algo de razón y esta perra vida no valga ni una pulga de su cuerpo. No se sabe si serán mejor que nadie, pero dan una pena enorme verlos boyando, engordando de rencor, odiando a quienes les han dado algo y sin embargo votando a los que los aprietan. No distinguen la mentira. Son anarquistas de opereta,vacíos. Son las marionetas, los que hacen hundir a todos, por idiotas, ciegos y torpes se convierten de lastimeros, en asesinos seriales de los demás votantes.

* ¡Ah, la nostalgia cuando se comía, se compraba, se ilusionaba, se amaba! Cuando uno miraba el discurso de un político y le recordaba al tono de algún amigo, no de un enemigo. Melancolía de cierta libertad alcanzada y el de dormir sin pastillas, de prestado o en la calle. Ella toma el café y se repasa el rouge como para olvidar mediante el color o el perfume suplementario. Repasa algún amante, alguna oración de un poema, un día de victoria donde se debate el pasado para tapar el presente. Ella se sabe aún hermosa y teme que esta ola de óxido la consuma, mientras se le pasa la vida corriendo tras la coneja, pagando un monoambiente, las tarjetas embravecidas y las esperanzadoras frases de amigas que evitan el clima de guerra y la invitan a salir y tomar algo, rogando las conviden con el alcohol gratuito de los galanes que aún pueden invitar.

* Una vecina me pregunta si me alimento bien. Me ve preocupado y más flaco. Me insinúa que son problemas de polleras. Lo son de pantalones: bolsillos magros. Ciento treinta mil telegramas de despidos en la industria. Kilos de papeles blancos y azules como nuestra bandera. Pienso en el mío en la mesita de luz. Le sonrío y le agradezco la costumbre de dejarme en el umbral de la puerta, puntualmente dos veces por semana una olla con sopa o puchero. Leo que se culpa al gobierno anterior y por las dudas al próximo. Cobardes. Mientras en este universo de piedrazos me fui convirtiendo en indigente sin darme cuenta. Ella, que lo adivina y aún no se a ha animado a declararme lo que piensa, me ayuda discrecionalmente con algo de comida caliente, con afecto de madre o abuela de antaño, cuando había familias, sostén y abrazos. "Somos vecinos, hay que ayudarse", dice con pudor y me regala una sonrisa luminosa mientras corta el enrulado crespón de las plantas malas que le comen a las buenas, del jardín que ha hecho crecer en la vereda .

* Las bibliotecas anarquistas lucen cerradas: el Tiempo les dio la espalda y a veces suelen liquidar los libros valiosos como gemas para pagar la luz. Un pibe rapado, muy estudioso, echa la culpa a las grandes corporaciones que están detrás de ellos impidiéndoles reproducirse y expandirse. "Yo, que soy liberal le garantizo que no es nada personal, jovencito", le aclara un vejete que atiende un kiosquito de al lado. Y los dejo conversando, discutiendo sobre tópicos diversos, mientras que con la llovizna leve que cae como nieve todo parece apuntar a que en cualquier momento se terminrá el mundo. El pibe no llega a pagar los servicios, el viejito tampoco. El mal los une, los abraza y los junta en la ochava helada donde se debate el fin de los tiempos estos.

 

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