Mamá tampoco se nace

“Ella se conoce todavía menos de lo que conoce al mar”

C. Lispector

Un recién nacido se queja. Unos padres primerizos hacen malabares para “interpretarlo”. Es que una madre no sabe naturalmente --por su “ser” de madre-- qué le pasa al bebé, así como tampoco el padre. El instinto está perdido por estructura. Por el contrario, se construye un saber hacer ahí con el pequeñito. Durmiendo junto a él, ofreciéndole alimento, compañía, alejándolo de ruidos molestos, en fin, pasando tiempo ocupándonos del cuidado de sus necesidades sabremos que si se queja a tal hora es porque tiene sueño, o si pone la boca de tal manera es porque tiene hambre. Y él podrá a su vez --si hay unos padres en condiciones de alojar esas señales-- hacérnoslo saber, creándose un lenguaje intermedio, mediador, de modo que no será preciso que llegue a llorar (“Dejalo llorar, de paso se le forman los pulmones”: año 2019, ¡aún se escuchan aberraciones del estilo!).

Lacan define la función-madre (resalto que refiere a una función y no a quien la encarne, es F(x): “en tanto sus cuidados llevan la marca de un interés particularizado, aunque lo sea por la vía de sus propias carencias”. Función que implica que ella cuide ese objeto a que es el hijo en tanto su interés responde a una carencia, una madre en falta, del deseo. Y se encarga de situar también la función-padre como “el vector de una encarnación de la Ley en el deseo”, un padre que desea a esa madre en tanto que mujer, función que limita que la madre goce de ese objeto niño, y por ende que el niño goce de esa madre. Él hace de la mujer el objeto causa de su deseo.

Ese “ser” madre --como todo ser-- es un hecho de dicho, razón por la que no logra encauzar el caudal del goce. Implica entonces surfear el propio mar(1), en el que quisiera adentrarme en esta oportunidad. Ese mar, desvarío, torbellino de afectos que conmocionan el cuerpo, es insoportable. Es lo que ubico aquí como el encuentro contingente con lo no representable de lo hetero, punto de alteridad radical del goce como tal. Turba el cuerpo, toca, viene y se va, vuelve y se vuelve a ir. Esto, en tanto que insoportable, en cada época se pone diversos velos, se nos ofrecen significantes amo a los que alienarnos.

En tal punto sitúo los grupos de pares identificatorios donde se reivindica el ideal supuestamente natural de La Madre. Poseen reglas basadas en el apego seguro de la díada madre-hijo y un retorno a lo natural que se imponen cual mandatos superyoicos que engarzan perfectamente con las demandas de la época, yendo desde la promoción del derecho al goce hacia el imperativo feroz. De tal modo el padre acompaña y mira desde lejos la crianza del hijo con la idea de ser respetuoso de las decisiones de quien ha parido al niño, y La Madre se erige sin fisura como quien debe saber, y todo el tiempo, lo mejor por hacerse con el niño, por haberlo parido. Así, es imposible para las madres --ellas, una por una-- estar en falta. ¿Y el deseo?

Es una pena que haya un retorno al instinto presunto que implique una crucifixión para las madres, supone el retorno del goce en la versión mortificante del superyo, naturalizado (“si sos mamá, te la bancás, ¡mamá luchona!”). Lo que se observa cuando la que iba a tener “el parto de sus sueños” que “termina” en una intervención de urgencia(2), se reprocha haber fallado como madre, cuestión que no deja de transmitir a su bebé con lágrimas que caen sobre su carita mientras le da teta. Elijo utilizar el significante “crucifixión” porque da cuenta de la vertiente de sacrificio gozoso mortífero al que se someten las madres en el intento --una y otra vez, por supuesto, fallido-- de encarnar La Madre. Asimismo, porque desliza la vertiente de ficción, teatro, escenario que implica cualquier suposición de naturalidad en la cultura en la que estamos inmersos.

El antiguo y para Freud estructural rechazo del goce “femenino” se viste de estilos de crianza en que la circulación deseante queda coagulada. Decía una paciente madre-24x7(3): “necesito aire”. Ese aire es el intervalo al que apelar, que puede dar lugar al niño como síntoma de la pareja parental, modo singular de salida del entrampe de lo falso universal.

La Madre que propone la época --naturalmente encargada de las crías, sin fisura-- se presenta como ser-cuerpo, figura que vela lo irrepresentable del mar del goce hetero. Ese goce sobre el que --como situara Lacan-- “quizá nada sabe ella misma, a no ser que lo siente: eso sí lo sabe”, acontecimiento que no puede más que turbar el cuerpo cuando una madre es tocada en su vertiente de mujer.

Gimena Sozzi es psicoanalista.

 

Notas:

1. Está asimismo el mar del niño, del padre del niño --que eventualmente es la pareja--, y otros mares, pero no son ahora nuestro objetivo.

2. Me refiero a una cesárea indicada por razones médicas que involucraban su vida (es decir no la así llamada “inne-cesárea”).

3. Así se le dice en la jerga del maternaje a la madre que pasa las 24 horas del día, los 7 días de la semana, junto a su bebé o niño.

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