Una experiencia relatada en primera persona
Parir en cualquier lado, un caso emblemático de violencia obstétrica

Ese día estaba soleado. En el jardín de casa habían florecido las amarilis. Crecen de bulbo. Las había plantado tres años atrás, cuando nos mudamos. Me las regaló mi mamá. Tienen flor roja, hermosa, casi del mismo tono con el que pintamos las paredes de afuera. Habían pasado dos primaveras sin florecer. Casi que florecieron para darle la bienvenida a Alfonsina.

Ya estaba por la semana 39. Me tocaba control y fui a ver a mi obstetra y ginecólogo. Con él había tenido a mi primer hijo, cuatro años antes. Es médico de la clase alta salteña. Pero yo no lo había elegido por eso. Me lo había recomendado la endocrinóloga con la que me atendía, porque tenía períodos irregulares y él se especializa en fertilización asistida. Había perdido un primer embarazo de 9 semanas y quise saber si tenía algún problema. Me dijo que era normal tener un aborto espontáneo, que a muchas mujeres les pasaba, que seguro iba a quedar embarazada nuevamente sin inconvenientes. Y así fue. Por eso confiaba en él.

Ese día me sentía linda, como las amarilis. Y fuerte. Me sentía tan bien que le digo a mi marido mientras íbamos en el auto:

--La gorda está cerca.

Tenía la panza más baja. Sentía que pronto la iba a tener en mis brazos.

El médico me hizo tacto y me dijo que el parto estaba verde. Era lunes, 26 de setiembre de 2016. Yo tenía fecha probable de parto el 2 de octubre. Me dijo que volviera en cuatro días.

Cuando había terminado de vestirme y estaba por salir, agregó:

--Te hice un desprendimiento de membrana, no te asustes si ves sangre.

Eran las 10 de la mañana.

No tenía idea qué significaba eso, pero tampoco le di importancia. Confíe en él. Le teníamos confianza. Pero no me consultó ni me pidió mi consentimiento.

Mi esposo me llevó de vuelta a casa. Vivimos en las afueras de la capital provincial.

Tres horas después tuve las primeras contracciones. Esperé a que fueran más intensas y le pedí que volviera a buscarme. Nos fuimos con mi hijo, al mismo sanatorio, donde iba a ser el parto. Quedaba en la capital. Otra vez yendo para ese lado. En el camino, rompo bolsa y aumenta la frecuencia de las contracciones. Llegamos a la clínica a las 15.05. Me acuerdo bien porque miré la hora.

Mi esposo pidió que me ayudaran a bajar del auto pero nadie nos ayudó. Yo no podía caminar porque la beba estaba encajada en el canal de parto, pero como pude me fui incorporando y un señor que pasaba por ahí se ofreció para ayudarnos. Mi marido me alzó de un brazo y el señor del otro. Así pude entrar a la clínica.

Me hicieron pasar a la guardia. El enfermero le indicó a mi esposo que me saque el pantalón, la ropa interior y las zapatillas. Me acuerdo que tenía una remera color uva. Me la había comprado para el concurso de psicóloga en el Poder Judicial. Con esa remera gané el concurso. Era un tanto viejita, pero a mí me encantaba. (Cuando concursé fue con mi primer embarazo: Al día siguiente, lo perdí). Tenía la remera color uva, un jean, y una vincha de cuero con florcitas.

El enfermero nos deja solos, sin hacerme una evaluación ni llevarme a la sala de partos. Yo estaba asustada. Sentía a la bebe nacer y pedía que me cambien de posición para poder pujar. Estaba en una camilla, muy angosta. Sentía su cabeza entre mis piernas.

Mi esposo sale a buscar ayuda y se encuentra con el mismo enfermero, que llenaba unas planillas. Después supe que habíamos llegado justo en el cambio de guardia.

Estuve sola en la camilla de guardia con contracciones muy fuertes, con miedo a que mi hija naciera sola y se cayera de la camilla. Intentaba estirar mis brazos para ver si podía llegar a sostenerla si nacía, pero la posición, acostada, y la panza enorme, no me lo permitían. Estaba desesperada. Sentía que me desvanecía por el dolor y la angustia. Creo que, de alguna forma, me salvó mi hijo. Escuché su voz que le preguntaba al padre:

--¿La mamá está bien?

Respiré profundo y me dije a mi misma: de acá salgo con mis dos hijos.

Escuché que mi esposo entraba a la guardia y le pedí que traiga a alguien que recibiera a la beba porque la cabeza estaba afuera. Y así fue como en determinado momento que no pude contener más las contracciones Alfonsina nació y justo entró un médico de guardia que logró sostenerla casi en el aire. Eran las 15.19hs. Fue lo primero que pude preguntar cuando nació: ¿qué hora es? Después, casi sin aliento pude decir su nombre. Mi médico nunca llegó.

En ese momento estaban presentes un enfermero, el médico de guardia y mi esposo. Después, aparecieron una pediatra y otra enfermera. No sabían qué hacer con nosotras. Yo escuchaba lo que decían porque hablaban como si yo no estuviera o no entendiera, como si fuera un objeto, una cosa. Quedamos unos cuarenta minutos en la guardia. Yo seguía con la placenta sin expulsar y la remera color uva con la que había ido a la consulta obstétrica a la mañana. Nadie me preparó ni supo que hacer ante un parto fisiológico en fase expulsiva.

Estuvimos un rato largo ahí hasta me trasladaron a la sala de parto. Yo seguía en posición ginecológica, semi desnuda. Imaginate. Justo al momento de abrir la puerta de la guardia para ingresar a sala de espera, alguien se da cuenta de tapar mis piernas con una frazada. Me habían visto desnuda muchas personas del equipo de salud de la clínica. Mi intimidad y dignidad fueron completamente atropelladas.

En la sala de partos otro médico me extrajo los restos de placenta, mientras me increpaba que había tenido que demorar una cesárea por mi culpa. Entra otro médico y me dice:

--Señora, que es eso de andar pariendo en cualquier lado.

Me dejaron en el pasillo mucho tiempo sola hasta que me asignaron habitación, y recién pude volver a estar en contacto con mi hija. Habían pasado dos horas del parto.

Después me enteré que ese desprendimiento de membrana que me hizo el médico en su consultorio es una maniobra para inducir el parto. El médico pretendió apurarlo. Tuve riesgo de rotura de útero, me dijeron varios médicos que consulté. Tuve sangrado durante varios meses, picos de fiebre muy alta. Recién en diciembre me diagnosticaron que tenía coágulos en el útero. Durante varios meses no pude retener orina. Los puntos que me dieron me dejaron cicatrices que me hacen doler cuando tengo relaciones sexuales. Tuve depresión post parto. Estuve medicada. Como trabajaba con víctimas de violencia de género, revivía constantemente la experiencia y me hacía muy mal. Finalmente me cambiaron de área. Ahora trabajo en derechos humanos y con varones.

Cuando amantaba a Alfonsina lloraba mucho y le pedía disculpas por no dejar de llorar. Pero le prometí que nadie se iba a olvidar del día que ella nació y así es. Marcó un antes y un después mi hija porque denuncié al médico y al sanatorio por violencia obstétrica para que a ninguna otra mujer le pase lo mismo. La jueza de Violencia Familiar y de Género de primera nominación, Noemí Valdez, dispuso una serie de medidas preventivas de cumplimiento obligatorio por parte de los agentes de salud involucrados en el caso. Le ordenó a los directivos de la clínica "capacitar a todo su personal para el efectivo y concreto cumplimiento" de las leyes que sancionan la violencia de género y la violencia obstétrica. También estableció que deberán pedir orientación al Observatorio de Violencia contra las Mujeres de Salta.

Soledad es mi segundo nombre y refleja lo que sentí cuando parí, soledad absoluta ante el desprecio por la vida y lo femenino.

Las amarilis rojas me dan paz. Florecen para el cumple de Alfonsina… podés creer que significa guerrera su nombre.

Soledad, 36 años, psicóloga jurídica y clínica.

El relato es parte del libro Yo te creo hermana (Aguilar, 2019)

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ