Cincuenta años de amor, aventuras y visitas a nuestro país 
Se publica "Serrat en la Argentina" de Tamara Smerling, la historia de un romance correspondido
Desde aquel ruego del empresario Alfredo Capalbo a Alejandro Romay para que sacase al aire en Sábados de la bondad a ese catalán que consideraba demasiado desaliñado en 1969, hasta su triunfal gira nacional del año pasado celebrando el aniversario del disco Mediterráneo, Joan Manuel Serrat lleva vividos cincuenta años de amor y aventuras durante sus visitas a nuestro país. Justamente ése es el subtítulo del libro que intenta recorrer todas y cada una de ellas, escrito por la periodista Tamara Smerling. Después de Un fusil y una canción, donde contó la historia secreta de Huerque Mapu, la banda que grabó el disco oficial de Montoneros, Smerling publica Serrat en la Argentina, en el que compila medio siglo de canciones y recitales en vivo, encuentros y desencuentros con colegas, periodistas, empresarios y militantes, retratando a un artista extranjero involucrado como pocos en la política local, capaz de emocionarse al conseguir una foto que testimonia sus andanzas junto a Aníbal Troilo como empecinarse en volver a tocar en Argentina antes del final de la dictadura. A continuación, anticipamos dos de las tantas historias reveladas en sus páginas: la trama detrás de “La montonera”, la mítica canción que Serrat nunca quiso grabar, y sus encuentros y desencuentros con Mercedes Sosa. 
Joan Manuel Serrat con Pipo Mancera en la televisión argentina de los '70Joan Manuel Serrat con Pipo Mancera en la televisión argentina de los '70Joan Manuel Serrat con Pipo Mancera en la televisión argentina de los '70Joan Manuel Serrat con Pipo Mancera en la televisión argentina de los '70Joan Manuel Serrat con Pipo Mancera en la televisión argentina de los '70
Joan Manuel Serrat con Pipo Mancera en la televisión argentina de los '70 

El “Luche y vuelve” fue premonitorio y maldito.

El ex presidente Juan Domingo Perón aterrizó, después de casi 18 años de exilio y proscripción, bajo una lluvia persistente en Ezeiza. Fue a fines de noviembre de 1972. Lo esperaban miles de personas, en columnas y con pancartas, desde todos los rincones de la Argentina.

“La montonera” se erigió como una de las canciones que mejor retrató esos tiempos, y vaticinó lo que ocurrió —solo años después— con el ex presidente. O incluso con la conducción de la Organización Montoneros. Las mujeres, por su parte, se disputaban el honor de haber sido la musa inspiradora de una letra secreta y precisa. Una de las versiones aseguraba que era Marie Anne Erize Tisseau, una militante desaparecida en 1976 en San Juan .

Pero ¿quién era Marie Anne Erize Tisseau? ¿El tema fue dedicado a Norma Arrostito? ¿Por qué Serrat mencionó siempre a Alicia? ¿Por qué algunos la atribuyen a Paloma Alonso, la hija del pintor, que también permanece desaparecida? ¿Quién fue la inspiración, finalmente, de esa canción prohibida y clandestina? El periodista Juan José Salinas entrevistó a Serrat en Barcelona en 1984. El cantante habló, en aquel reportaje, por primera vez de la canción que era leyenda. En la entrevista reconoció que se trataba de una joven que había sido asesinada por la Triple A, antes del golpe de 1976, y contaba que le había dedicado, antes de morir, un poema que en una de sus estrofas decía: Con esas manos de quererte tanto/pintaba en las paredes ‘Luche y vuelve’.

El compositor tomó los versos y aclaró que solo buscaba cantarle a esa muchacha “cuyo mayor pecado fue creer en algo absolutamente limpio y justo, que siempre fue al frente, y que fue sacrificada por los mismos que muchas veces estaban bien dentro del peronismo (pero) que no querían que esa lucha prosperase”. Serrat aseguraba que “con Alicia pasé una época muy hermosa” y recordó que “por las noches me dejaba para irse a la calle a pintar ‘Luche y vuelve’ y regresaba a la cama por la madrugada, con las manos llenas de pintura, y casi siempre con mucho miedo, porque había tenido que correr para que no la agarrase la policía. La canción está dedicada a ella y a sus compañeros: a una juventud y a una clase trabajadora que creyeron que el regreso de Perón garantizaba la vuelta de una política social que sin embargo no volvió”.

Después de la masacre de Ezeiza, y tras el regreso del ex presidente, Serrat tuvo el panorama más claro: “Quizás porque yo veía las cosas de otro modo. Pero desde el momento aquel, en 1972, cuando llegó (Juan Domingo) Perón y (José Ignacio) Rucci le recibió en Ezeiza con el paraguas, yo nunca me creí que Perón fuera eso que soñaban los jóvenes. Después, cuando se produce aquella matanza en Ezeiza, cuando a muchachos estrangulados [sic] con alambre de espinos, ya no me quedaron dudas”.

POR UNA IDEA

Alberto Amato comenzó a trabajar como redactor de Antena en 1973. Una tarde fue con un fotógrafo hasta el hotel Alvear a hacerle una entrevista a Serrat. En la habitación, estaba acompañado por una chica y también por su representante, Alfredo Capalbo.

Ni bien pasó con el fotógrafo, la muchacha le dijo:

—Nano, ¿por qué no le cantas a Alberto ese tema que me cantaste a mí?

—Bueno, está bien, pero apagá el grabador —lo miró, fijo, al cronista.

Amato apretó el botón del aparato y Serrat la cantó. Fue, de ese modo, como escuchó, por primera vez, “La Montonera”. En la intimidad de la habitación, se emocionó. No era difícil creer que la destinataria de la canción era esa misma muchacha. O al menos eso pensaba —seguramente— la chica.

Ese tema tiene sus leyendas. Lo escribí, sin dar a conocer de quién se trataba, para una muchacha de 20, 22 años, que murió en las cárceles de la dictadura. No he dicho nunca el nombre y no lo haré ahora, porque representa a todas las mujeres asesinadas. No sólo es una muchacha que muere. Es una muchacha que muere por una idea, por un pensamiento tan fuerte que, a pesar de no sentir admiración por quien la dirige, ella sigue peleando. Por eso, quise aclarar la situación retomando el Cantar del mío Cid, que dice Qué buen vasallo sería/ si tuviera buen señor”, le contó Serrat, unos años después, a otro periodista.

En un concierto en España, en vivo, unos años después, tocó “La montonera”. La canción comenzó a escucharse con una pequeña introducción:

—A petición mía, y con todo el amor y la solidaridad que siempre me unió al pueblo argentino, quisiera despedirme con una pequeña canción, para este maltratado y olvidado pueblo argentino. Hermano mío…

El público la escuchó, respetuoso, en profundo silencio. Serrat rasgueó su guitarra y la voz del cantante sobre el escenario se marcó profunda, y triste.

UN DISCO CLANDESTINO

En 1978, el Consejo Superior del Movimiento Peronista Montonero, con residencia en México, editó un álbum para que fuera difundido en la Argentina. Era un disco pequeño, negro, de plástico y flexible, que por su poco peso era posible de esconder en cualquier revista. En el lado A, se grabaron diez minutos de un análisis de la organización —tan equivocado como triunfalista— que repasaba todo lo ocurrido desde el 24 de marzo de 1976. El comunicado continuaba con las instrucciones para realizar acciones de propaganda durante el Mundial de Fútbol en la Argentina. Se escuchaban, además, unos versos del poeta Juan Gelman. El disco incluía, además, las direcciones y los teléfonos de la organización revolucionaria en el extranjero y, más increíble aún, un organigrama con la cúpula del movimiento guerrillero, con los responsables de cada una de las funciones dentro del movimiento. En el Lado B, después de las "instrucciones", se escuchaba una canción —inédita, que nunca fue grabada formalmente— de Joan Manuel Serrat: era “La montonera”.

La idea era que el disco entrara de manera clandestina a la Argentina, unos meses antes del Mundial de Fútbol, para que los militantes enfrentaran el campeonato durante su realización. Eran más de mil: la mayor parte fue a parar a direcciones postales equivocadas y el intento se perdió en la marea triste de esa confusión.

La grabación de “La montonera”, aparentemente, fue tomada de un concierto de Serrat en La Habana, y reproducida en el pequeño disco, sin el consentimiento de su autor que nunca quiso grabarla. Rodolfo Puiggrós, una de los pensadores más respetados dentro del peronismo de izquierda, fue quien rescató aquella versión. “No, no voy a grabar nunca ‘La montonera’. Fue una canción que escribí hace ya mucho tiempo, dedicada a Alicia, una chica con la que tuve relaciones en los años 69 y 70 y a la que mataron las bandas de López Rega en el 73. De haberla grabado, debería haberlo hecho por entonces. Además, hay varias versiones clandestinas circulando por ahí… Una de México y otra de Madrid. El que grabó la primera, creo, fue un amigo, el doctor Rodolfo Puiggrós. Y después con la cinta hizo un disco de acetato. Con esta canción, tal como pasa muchas veces, suele producirse un equívoco porque su intención no fue la que suele creerse".

En esa época, duplicar cassettes o prensar discos no era una tarea sencilla y, menos aún, de manera industrial como la que armaron Montoneros. La organización, por esa época, tuvo fábricas de armamentos y también imprentas —donde reprodujo, por ejemplo, Evita Montonera— pero esas eran inversiones reales para quienes pensaban el sostenimiento de una guerrilla por largo tiempo. Sin embargo, los discos fueron acciones de propaganda muy puntuales y no contaban con una industria discográfica dedicada a eso.

CARTA BLANCA

El lema era “¡Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad!”

Ernesto Jauretche escuchó “La montonera” en 1978, por primera vez, en aquel XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes (FMJE) que se celebró, antes más de veinte mil personas en La Habana.

La grabación, poco después, la llevó adelante un compañero que trabajaba como técnico de sonido y estaba exiliado en México. Para eso, construyó un aparato que lograba interferir el sonido desde la pantalla y que, cuando la Televisión de Cuba reprodujo la canción, la bajó. La versión formó parte, después, de los flexidiscos que se distribuyeron para la Contraofensiva Montonera a fines de los setenta. David “Coco” Blaustein se guardó uno. “En México, en la época de la contraofensiva circulaba un cassette. Yo volví con esa grabación: era como tener una granada en la mano”.

Por eso cuando arrancó con la producción de Cazadores de utopías, un largometraje que narraba la militancia en la Organización , en el que Jauretche delineó el argumento central, fantasearon con la posibilidad de incluir la canción de Serrat —que grabó en La Habana aquel compañero exiliado en México— en la banda sonora de la película. Pero el director solo contaba con la cinta (y su leyenda).

Un compañero del FREPASO le acercó la posibilidad de contactar a Serrat:

—Yo te doy una mano, Coquito, te voy a conseguir el teléfono, lo que sea…

Un tiempo después se encontraron en una habitación del Alvear. Estaban Blaustein, Alejandro Clancy, Berry Navarro, Chiche Aisenberg y, claro, Serrat.

Bueno, está bien, yo les doy el tema, pero no me obliguen a meterme en un estudio a volver a grabarlo. No sé, que la cante otro, quizás le podemos preguntar a Víctor…

—No, no puede cantarlo otro… —respondió Blaustein.

—Yo te pido que no me obliguen a volver a grabar ese tema —le rogó Serrat.

Blaustein se quedó con la sensación de que la canción era como una herida abierta.

—Si tú dice que tienes ese cassette… —le respondió el catalán.

Era la carta blanca.

Clancy y Blaustein se fueron de la habitación del hotel y, de la euforia, caminaron de Recoleta hasta Palermo. Estaban emocionados con el gesto.

A LOS HACHAZOS

Litto Nebbia era el artista ideal para completar la banda sonora. “Por tratarse de un filme político, donde abundaban entrevistas y fragmentos de documentales, mi tarea fue escribir cierto tipo de acción dramática que funcionó como si fueran viñetas”. En “La montonera”, en cambio, trabajó sobre el tema en directo, porque la cinta estaba mal grabada en un cassette y era necesario subsanar el audio: “Además de oírse mal, ‘lloraba’ la afinación de su guitarra. La voz de Serrat sobresalía entonando el texto, y muy por detrás se oían algunos acordes mezclados con el murmullo de la gente. Ya en el estudio de grabación se me ocurrió organizar una suerte de arreglo de acompañamiento al canto de Joan Manuel. De esta manera la canción quedó con el mismo color que el resto del score”. César Franov aportó en el bajo eléctrico y Daniel Colombres en la batería y la percusión. “Todo sonaba muy natural, como si esa noche Serrat hubiera estado actuando con nosotros en vivo”.

El documental estaba previsto que se estrenara el 24 de marzo de 1996 por el 20° aniversario del golpe. Lo mismo que un CD con la banda sonora del filme: trece tracks en total, once creados por Nebbia, “La montonera”, de Serrat, y la “Marcha del Trabajador”. Unos pocos días después de terminar los arreglos y la compaginación del álbum, que editaba Melopea —el sello de Nebbia—, lo mandaron a fabricar: la idea era que la aparición del CD coincidiera con el estreno del filme en Buenos Aires.

Solo que poco antes de la presentación del largometraje, ocurrió lo impensable. Sonó el teléfono y Blaustein escuchó en el contestador automático de la casa de Lafinur:

¡Hostias, la puta madre, me mentiste, nunca dijimos que íbamos a editar la música, tú eres un cabrón…!

Blaustein discó a Barcelona. Le pidió disculpas: lo atormentaba la culpa y la vergüenza. Estaba agradecido con el gesto y, sin embargo, desestimó que un disco con la banda sonora lo hiciera enojar de aquel modo. Un par de días más tarde llegó una intimación judicial a Melopea con la prohibición de la canción. Llevaba la firma de Aisenberg como representante de Joan Manuel Serrat en la Argentina.

—Soy Chiche y te llamo porque el Nano prohibió la difusión de este material…

—¿Qué? ¿En serio? Tenemos las copias de la CD en distribución, ¡son un montón!

—Yo quiero entonces las copias —insistió.

Los productores se reunieron con el representante, tomaron varios cafés, discutieron a gritos, se calmaron, alzaron de nuevo la voz pero nada: el filme estaba a punto de ser estrenado, el disco en la calle y quitar la canción iba a retrasar todo el trabajo. Finalmente tuvieron que firmar, ante el escribano, que no iban a dar a conocer esa grabación. Les anunciaron, también, que todos los CD iban a ser —literalmente— destruidos. “Y ahora, ¿cómo hacemos para encontrarlos?”, se preguntaron. Los productores salieron a pedir, una por una, las copias de los discos por todo Buenos Aires. Una vez que juntaron una buena cantidad, se reunieron en una oficina y tuvieron que romperlas delante del mismo Aisenberg: lo hicieron con un hacha.

Casi veinte años después, Litto Nebbia recibió un correo de Serrat: le preguntaba si tenía una copia de su versión de “La montonera”. La sorpresa del autor de “La balsa” fue mayúscula. El catalán —le dijo— buscaba rescatar la grabación para celebrar los cincuenta años de carrera. Nebbia le contó sobre Cazadores de utopías y Serrat lamentó todo lo que había ocurrido con el disco, y le confesó algo que nunca se había imaginado escuchar después de tantos años: que nunca se enteró de lo que había sucedido.

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