Otra marcha de protesta independentista
Barcelona sin violencia
La marcha de protesta por las condenas fue pequeña comparada a la del viernes. Un grupo de pacifistas protegió a los manifestantes.
El centro, tomado por manifestantes que llevan la bandera de la estrella.El centro, tomado por manifestantes que llevan la bandera de la estrella.El centro, tomado por manifestantes que llevan la bandera de la estrella.El centro, tomado por manifestantes que llevan la bandera de la estrella.El centro, tomado por manifestantes que llevan la bandera de la estrella.
El centro, tomado por manifestantes que llevan la bandera de la estrella. 
Imagen: EFE

Desde Barcelona

Las protestas dieron un vuelco en el sexto día desde que se conoció la condena contra los líderes independentistas de Cataluña. El gran despliegue policial, y la acción de manifestantes pacifistas que formaron un cordón entre la muchedumbre y los uniformados, impidieron que la convocatoria concluyera en violentos disturbios, como había ocurrido durante la tarde en las últimas jornadas. Más de seis mil personas se habían reunido en la plaza de Urquinaona, a metros de la plaza Catalunya, en el centro de Barcelona, convocados por partidos de izquierda y colectivos soberanistas como la Asamblea Nacional Catalana. El cerco formado por la policía los hizo trasladarse unos cientos de metros hasta encontrarse con otro vallado, con furgonetas y efectivos policiales, y un grupo de personas con banderas catalanas y carteles que decían “venimos en son de paz”. 

El día anterior, la plaza de Urquinaona había sido escenario de incendios y violentos choques con la policía y los Mossos d Escuadra, la fuerza de seguridad autonómica. Las marcas del enfrentamiento se percibían en una parada de buses incendiadas, el asfalto calcinado y vidrieras destruidas. La icónica tienda española El Corte Inglés tenía varios impactos y una gran pintada que decía: “Solo queríamos votar”. Esta vez, esa misma zona estaba custodiada por policías que controlaban el ingreso de la gente, pedían documentos e inspeccionaban mochilas y bolsas. El viernes en la noche, el ministro del Interior en funciones, Fernando Grande-Marlaska había advertido que llegarían “radicales” del País Vasco y el extranjero. 

Los esfuerzos policiales no impidieron la concentración de algunas miles de personas, y el público estaba lejos de ser una minoría de violentos, como había llamado el Gobierno español a los responsables de las marchas que se formaban en la tarde-noche catalana. Jubilados, trabajadores, jóvenes, familias, algunos con la bandera estelada al cuello, o portando los lazos amarillos para rechazar el encarcelamiento de los líderes catalanes, compartían la calle y las inmediaciones de la plaza. Una de las jubiladas era Teresa del Burgos, que lleva diez años marchando pacíficamente por la causa soberanista, pero ya no cree en que el Gobierno español acepte un referéndum pactado de independencia, ni que la crisis pueda saldarse con más competencias para el autogobierno catalán, como esbozó el Ejecutivo de Pedro Sánchez. “El PSOE ha tenido la oportunidad de mejorar la relación con Cataluña, pero no han hecho nada, han apoyado al Partido Popular para intervenir la comunidad (luego del referéndum ilegal de 2017), y ahora no hacen nada con la sentencia. Ya es tarde para probar con su oferta de más competencias”, afirma.

Otro de los manifestantes es Jaume Soler, que ha llegado con su pareja inglesa, y es la segunda vez que participa de una marcha esta semana. “El problema no es de convivencia entre catalanes”, dice refutando al Gobierno de España, cuyo relato estas últimos días ha sido que el independentismo dividió a la sociedad. “Somos una sociedad civilizada y adulta, no hay ningún problema de convivencia. El único problema es entre el Gobierno catalán y el de España”. 

El líder de la Generalitat Quim Torra pasa sus horas más complicadas, con el Partido Socialista Catalán pidiendo que renuncie, igual que la oposición, y sus socios de Esquerra Republicana de Catalunya que se desmarcaron de su última promesa de hacer un nuevo referéndum. El sector soberanista le reclamó por el manejo de la seguridad, lo que se expresa en las marchas con cantos pidiendo la renuncia del consejero del Interior Miquel Buch. Milena Pomerol, una estudiante que participa de la marcha con un pañuelo violeta al cuello, señala que “el pueblo ya está harto del Gobierno español y también del catalán, y se organiza a través de Telegram. Lo que hacemos ahora es historia de desobediencia civil, no es violencia, sino resistencia a las cargas de la policía”. 

Pasadas las diez de la noche, la concentración continuaba inamovible frente al cordón de pacifistas y el vallado policial. La muchedumbre repetía “fuera las fuerzas de ocupación”, “libertad para los presos políticos” y “somos gente de paz”. Es probable que los manifestantes, algo desconectados de los líderes catalanes estos días, se hayan dejado persuadir por el llamado que realizaron este sábado varios de los condenados a no reaccionar con violencia. En efecto, el gran impacto mediático del independentismo en los últimos años en España, pero sobre todo en Europa, se ha logrado por la masividad y el pacifismo, no por la violencia. Una apuesta que abrazaron las fuerzas soberanistas antes de avanzar con el referéndum de 2017 y la deriva confrontativa que marcó primero el expresidente Carles Puigdemont, y ahora su sucesor, Quim Torra. 

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