Desde París

La rebelión humana es como el amor: siempre lo creemos imposible, pero es inevitable. Argentina, Francia, Argelia, Hong Kong, Egipto, Ecuador, Chile o el Líbano han desmontado de forma espectacular el espejo deformado cuya imagen reenviaba el reflejo de una humanidad resignada, sometida a las nuevas tecnologías, que son en realidad nuevas cleptomanías, vaciada de conciencia política o social, entregada al ritual del sacrificio liberal o la dictadura eterna. América (Argentina, Chile, Ecuador), África con Argelia (el Magreb, que es la zona occidental de África) y Egipto, Medio Oriente con el Líbano y Asia con Hong Kong atraviesan colapsos y revueltas desatadas por dos causas distintas: en América Latina y el Líbano surgieron como repudio a aumentos de precios o impuestos cargados a los más pobres: en Argelia, Egipto y Hong Kong los pueblos se levantaron en defensa de su libertad o contra autocracias que perduran estrangulando las libertades y los derechos e hicieron de las cárceles un depósito de opositores. A ello se le suma un movimiento mundial en defensa del medio ambiente, el Extinction Rebellion. Lo que estamos viendo es la convergencia de pueblos muy distantes que acuden a reactivar la vigencia de la igualdad, la justicia social, la democracia o la protección del planeta. Las insurrecciones en curso van al rescate de la base social, de la base democrática y la base ecológica. Falta una más que no tardará en llegar mientras los poderes políticos sigan trasladando a las poblaciones las medidas que deberían ser pagadas por los ricos: la base fiscal. La evasión de impuestos y las construcciones del sistema para evitarles la obligación impositiva a los grandes grupos y fortunas son un atentado a todas las formas de coexistencia. Los delitos de cuello blanco no se ven como un robo en la calle, pero causan más estragos que un ejército de motochorros.

La secuencia rebelde la abrió la Argentina en 2017 cuando el poder macrista reprimió la protesta social contra la reforma de las pensiones. Siguió en Francia a partir de noviembre de 2018 con el movimiento de los chalecos amarillos que se opuso al aumento del gasoil. Este inédito episodio nació en la Francia rural o semirural para la cual el auto es uno de los instrumentos de la existencia. El presidente Emmanuel Macron pretendía que esos sectores que usaban mayoritariamente vehículos de gasoil pagaran el combustible al mismo precio que la nafta común como una forma de financiar la “transición ecológica”. Afuera de impuestos y aumentos quedaban las industrias contaminantes. Macron retrocedió ante la persistencia del movimiento y los estragos provocados, por primera vez en la historia, en los barrios más ricos de París. En el medio quedó el tendal de una represión feroz: miles y miles de detenidos y personas heridas o mutiladas por las balas de la policía. De la base social se pasó a la base política en Argelia. La juventud argelina se negó a aceptar el simulacro de elecciones diseñado por una casta cívicomilitar que más se parece a una gerontocracia sangrienta que a un poder político. Desde el mes de febrero de 2019, viernes tras viernes, cientos de miles de jóvenes desarmaron en la calle la estafa democrática que debía concluir el 4 de junio con unas elecciones de guiñol. 

En Egipto, en septiembre de 2019, la misma juventud que había ocupado la Plaza Tahrir en 2011 para derrocar al presidente dictador Hosni Mubarak intentó recuperar la Primavera árabe que el general Sisi convirtió en un largo y represivo invierno luego de encabezar la contrarevolución conservadora que se robó literalmente la democracia conquistada en la plaza. Entre tanto, lo impensable ya estaba en marcha en Hong Kong desde el mes de junio. Empezaron a llevarse a cabo concentraciones callejeras impresionantes contra un proyecto de ley de extradición a China --Fugitive Offenders and Mutual Legal Assistance in Criminal Matters Legislation (Amendment) Bill-- presentado por el gobierno de Carrie Lam. Para los hongkoneses, el proyecto podía poner a este enclave autónomo bajo el mismo régimen legal que impera en China, es decir, reprimir a los opositores políticos tal y como se hace en China, que es la dictadura liberal más grande del planeta.

La base social cambió de continente y volvió a surgir en Ecuador, entre el 2 y el 13 de octubre. El presidente Lenín Moreno leyó el cuadernito del FMI y lo aplicó al pie de la letra: medidas económicas asfixiantes, represión y sangre. La muerte social regresó a América Latina en Ecuador de la mano del liberalismo, siete muertos, y siguió por Chile. Al presidente Piñera se le ocurrió lo mismo que a Macron y a Lenín Moreno: que paguen los que trabajan de sol a sol. Hoy, Chile, que era la democracia liberal de América Latina citada como ejemplo universal de administración y obediencia, está sometida en partes al Estado de emergencia. Y como si ello fuera poco, con veinte muertos por la represión, el presidente chileno se inspiró para decir “estamos en guerra”. ¿ En guerra contra quién si no hay comunistas, ni revolucionarios, ni islamistas infiltrados ? Para él, los pobres son enemigos, por eso está en guerra contra su propio pueblo. Y la Argentina, que antaño se soñaba a sí misma como granero del mundo, se encuentra en emergencia alimentaria.

Medio Oriente se reactivó en el Líbano con otro despropósito: el primer ministro Saad Hariri se despertó iluminado y decidió cobrar la llamada “tasa WhatsApp”. Se trata de un impuesto de 5,4 euros mensuales aplicado a las llamadas de voz a través de WhatsApp. En un país carcomido por la corrupción y la inoperancia, la juventud libanesa no se lo perdonó y salió a la calle. La medida de Saad Hariri funciona aquí como revelador de la desigualdad y la corrupción enquistadas en el planeta: Facebook, propietario de WhatsApp, gana miles y miles de millones robándole sus datos a la gente. Pero no paga impuestos. A cambio, Hariri pretendió que los pagara el pueblo.

De América Latina a Europa, de allí a África, pasando por Medio Oriente o Asia, los poderes parecen convencidos de que el iletrado que inventó el slogan de la campaña para la reelección del presidente Macri tiene razón: “Sí se puede”. Ya no. Se podía, pero ya no. Ni aquí, ni en otros continentes. Lo que estamos viendo con estas revueltas en defensa de la base social, política o ecológica es que la gente ha perdido el miedo. Estamos viendo “las venas abiertas” del mundo. Estamos viendo el despuntar de una masa planetaria hecha de hartazgo, hambre, bronca, injusticia y soledad que después de haberlo sacrificado todo no tiene absolutamente nada. No son ni Che Guevaras, ni Ghandis, ni Hồ Chi Minhs. Son gente común. Exponen su libertad y su integridad física para salvar un mundo violado y destruido por una casta de lobos mezquinos que no dudan en matar a sus propios hijos.

 

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