ESCENAS
Estrella del circo
En Happyland, Gonzalo Demaría crea un collage tragicómico en clave de esoterismo y lujuria sobre el confinamiento patagónico de Isabel Perón.

Cuando el peronismo se convirtió en parodia ella marcó su autoría. De figura lateral y deslucida llegó a presidenta y allí sus artes del vodevil no le dieron alegría al pueblo. La tragedia está en Isabelita con la misma intensidad que esa voz grotesca que parece llamar a la comedia.

Bajo el influjo de la sátira, Gonzalo Demaría escribe sobre el confinamiento patagónico de Isabelita para encontrar lo que la historiografía le niega. La rea es aquí un personaje que funciona como un collage. Lo mismo podría decirse de Lucrecia, la gobernanta de la casa en Neuquén donde la supuesta vigilancia no puede cumplirse porque la presidenta derrocada tiene la astucia de convertir a su entorno en la ideología del esperpento.

Alejandra Radano desde la actuación, lee el texto de Demaría con inteligencia y trabaja sobre referencias que incorporan tanto los ademanes donde la última esposa del General intentaba el discurso político, como esas poses esmeradas por copiar a la aristocracia, sin olvidar que ella también es una migrante del interior, una consecuencia malograda que engendró el peronismo.

Lo que pudo decirse de ella, el trazo grueso, es la fuente de una mecánica de extremos, la materia crítica que puede contenerlo todo. En el personaje de Radano habita la idea de una mujer puesta en la historia por alguna intriga conspirativa y el descubrimiento de su influencia. No hay que subestimar la capacidad de las mujeres tontas para dominar a los hombres poderosos, dice Isabelita pero parece ser Radano la que habla en un juego de distanciamiento brechtiano.

La puesta de Alfredo Arias destierra el pasado como cronología. El cabaret panameño se inserta en la casa neuquina como continuidad e invocación. En Happyland la bailarina que interpreta Josefina Scaglione con esa voz vibrante y con una sensualidad que la vuelve inmensa, convive con la mujer que será cuando conquiste a Perón. Carlos Casella es el maestro de ceremonias que se adelanta a la aventura política de su bailarina, el dueño del show que no es solo un recuerdo. Lo que ocurre en ese peronismo golpeado por el espiritismo, con una derecha carnavalesca y asesina cada vez más dueña de la situación, parece invocar a Copi. Los personajes realizan una suerte de montaje en su propio cuerpo. Cuando Isabelita recurre a la magia negra, es la mismísima Evita la que invade el cuerpo de la gobernanta con aires de lesbiana, interpretada por Marcos Montes con esa oscuridad magnética que el actor le da a sus personajes. No pasará mucho tiempo hasta que Isabelita se calce el atuendo del General y el Arzobispo que quiere confesarla muestre el portaligas. Los géneros se mezclan porque los cuerpos están atravesados por miles de significados. Isabelita dice que las manos en alto de Perón eran antenas y tal vez esta mujer despreciada, responsable de los crímenes de la Triple A, que menciona con una liviandad desconcertante, sea también la inventora de un estilo de peronismo cachivachero y facho que todavía subsiste.

Demaría junto a Arias y la interpretación lúcida de Radano realizan el mayor análisis sobre Isabelita y su manera osada de meter en el peronismo el esoterismo y la lujuria. Disimulada, por supuesto, en cierta pacatería.

En el trío que conforman Radano, Montes y María Merlino como Charito, la criada española que revive toda la profundidad y la destreza de la comedia, la trama de mujeres agolpadas en diálogos donde la política surge como un vacío extraordinario, el desecho de miles de sentidos, sustenta una dramaturgia del peronismo como un idioma permeable. Que se deja decir por los seres más insospechados pero que no le niega a la política ni sus proezas dichosas ni sus experiencias más autodestructivas.

Happyland se presenta de miércoles a domingos a las 20.30 en el Teatro San Martín. Av. Corrientes 1530. CABA. 

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