Golpismo de manual
Imagen: AFP

Las derechas han sido siempre las que convocaron golpes y dictaduras, las que hicieron fraude o se basaron en promesas huecas. El respeto de los marcos democráticos no es una concesión de los movimientos populares a las derechas, sino que es una necesidad y funciona en su propio beneficio.

Pero la experiencia demuestra que para defender los procesos democráticos, los movimientos populares deben profundizar las democracias con herramientas que neutralicen los intentos golpistas o las acciones destituyentes.

A través del manejo de sectores del Poder Judicial, de grupos militares o policiales, o de las grandes corporaciones de medios, los grupos dominantes han intentado --y la mayoría de las veces han logrado-- desgastar y deponer gobiernos populares y democráticos. No hacen diferencias. Todo lo que no sea como ellos quieren, todo gobierno que no satisfaga plenamente sus intereses, ha sido maltratado de la misma manera.

En Bolivia, la derecha está usando ahora a las fuerzas policiales, que se han rebelado contra el gobierno democrático y popular de Evo Morales.

Los estándares institucionales del gobierno boliviano son muchísimo más democráticos que los de Jair Bolsonaro en Brasil, Mauricio Macri en Argentina y Sebastián Piñera en Chile. Por lejos.

Bolsonaro ganó las elecciones gracias a la proscripción de Lula. Macri hizo promesas que nunca cumplió y arrasó con la independencia del Poder Judicial. Y a Piñera el pueblo le puso el país de cabeza por la profunda desigualdad e injusticia que ha beneficiado a una pequeña elite en detrimento de la mayoría.

Acusan al más democrático de no serlo. Y los menos democráticos son visualizados por este sentido común trastocado, como progenitores de la democracia. Toda la experiencia histórica demuestra lo contrario, pero hay un sentido común que dice: “pueden ser reaccionarios o derechistas pero, por definición, son democráticos”.

Es como el descerebrado que dice que como son millonarios no van a robar. Es un muerto de hambre que se acusa a sí mismo de posible ladrón o de que él sería ladrón si llegara al gobierno. Ese sentido común grotesco funciona ahora contra Evo y, como siempre, a favor del golpismo de la derecha.

La derecha no es democrática. Ha demostrado decenas de veces en la historia de la región que no respeta la democracia cuando hay un gobierno que no responde a sus intereses. En cambio los movimientos populares necesitan la democracia porque su arma más potente es que son mayoría.

En las redes y en algunos medios se han visto los desmanes inhumanos que cometieron supuestos manifestantes antigubernamentales contra alcaldes de distintas ciudades bolivianas. Se han escuchado las consignas de odio racista de esos supuestos ciudadanos. El pueblo movilizado no comete esas aberraciones. Los que rodean a las víctimas tienen el rostro tapado pero actúan con la prepotencia de policías de civil.

Esta rebelión estaba preparada por la derecha. Si perdía por poca diferencia iba a denunciar fraude para intentar a la desesperada voltear a Evo antes de que el ciclo de gobiernos derechistas en la región se cierre con la caída de Macri y el debilitamiento de Bolsonaro, Piñera y Lenin Moreno en Ecuador.

En Argentina, el diario Clarín y otros medios titularon que el Tribunal Superior Electoral había denunciado fraude. Pero la que denunciaba fraude era una empresa norteamericana, que supuestamente había auditado las elecciones.

Lo verdadero era que el Tribunal había reconocido el triunfo de Evo Morales y que estaba dispuesto a someter el escrutinio a una auditoría. Pero la derecha rechazó la auditoría y exigió la renuncia de Morales. Así las cosas, los efectivos policiales supuestamente están acuartelados y las Fuerzas Armadas anunciaron que no intervendrán.

Las organizaciones obreras y campesinas están movilizadas para defender a su gobierno. Bolivia está al borde de una crisis sangrienta y en Argentina y Brasil ya no gobiernan Néstor y Lula, como en el primer intento golpista contra Evo que pudo ser neutralizado por la falta de respaldo regional.

En la historia de Bolivia, el gobierno de Evo Morales sobresale como el más democrático, el que incorporó a las mayorías étnicas al sistema de decisión política, y además como el más exitoso en el plano de la economía. No es raro que haya ganado las elecciones limpiamente. Lo que es raro es que no haya sacado una diferencia más amplia

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