El otro nunca más

Alberto Fernández ratificó que en estas condiciones no se puede pagar la deuda infernal que deja el espanto vencido solamente en las urnas.

Se apoya en el Grupo de Puebla que él mismo promovió y que conforma, aunque inorgánicamente, la novedad de empezar a reconstituir el progresismo regional, cuyas mejores expresiones fueron devastadas por el ciclo de las derechas.

Alberto se calza la gorrita de un flaco discriminado por pinta de pibe chorro. Advierte en cada uno de sus gestos y discursos que él no miente. Que no es como Macri y sus acólitos o mandantes. Los sindicatos lo apoyan, tal como ha revelado el plenario del viernes de la CGT y la perspectiva de unidad con la CTA. Y la expectativa es aun más amplia que la de los votos.

Lula libre, bien que con los reparos de una situación procesal que se definirá mucho más en la política a desarrollar por este hombre gigantesco, proscripto, encarcelado sin pruebas, de una estatura moral gloriosa, merecedor de que su pueblo resuelva los tantos.

Chile, una incógnita motivadora que desafía a todos los cientistas sociales pero que difícilmente tenga marcha atrás en varias reivindicaciones centrales.

Tanto lo abierto en Argentina como algunos de los vientos regionales parecen demostrar que los actores políticos del neoliberalismo están en problemas, del mismo modo en que la barbarie del golpe de Estado en Bolivia y la probable derrota del Frente Amplio uruguayo indican que la disputa es durísima.

El aumento de los inconvenientes, para quienes no tienen otro proyecto que el saqueo de las riquezas nacionales a través de una timba asegurada, dependerá de la habilidad en una vereda de enfrente donde -mucho más que tratarse del acierto técnico en la economía- será cuestión de la batalla cultural.

Según la definición más confortable, el asunto sería cambiar la cabeza de quienes son capaces de votar en contra de sus propios intereses. Pero hay una falla de origen en ese precepto.

Es un error en que caen insólita y sistemáticamente ciertas lecturas de izquierda, progres, indispuestas, porque resulta que los intereses de tanta gente inclinada a votar derecha no son la matemática política de sufrimiento=girar en contra=conciencia acentuada.

La victoria neoliberal en casi todo el mundo no pasa, solamente y nada menos, por haber impuesto la idea de que el capitalismo es lo único posible.

Han logrado que se considere al progreso individual como ajeno al destino colectivo. Los emprendedores, diría algún gato que se va. De allí que neoliberalismo y neofascismo, como en Europa y Brasil, puedan ser términos equiparables y susceptibles de atraer a masas numérica y potencialmente peligrosas.

La pretensión de salvarse de manera solitaria, endógena, con forma de odio al inmigrante, a la negrada que cobra planes, a la acción contra los populistas que atentarán contra el republicanismo blanco, es el síntoma expuesto de que intereses y necesidades populares no van necesariamente de la mano.

El neoliberalismo capturó una mentalidad que está más allá de las urnas. ¿Macri fue derrotado en ellas por alguna cognición masiva en torno de que el individualismo no conduce a otra parte que la frustración social? ¿O acaso fue víctima de amplias franjas de clases medias y bajas ante las que no pudo sustanciar que uno puede salvarse solo, pero sin que ese aspecto haya sido verdaderamente derrotado?

La socióloga Paulo Canelo, en un desafiante artículo publicado en este diario al cabo de las PASO bajo la pregunta de si Macri ya fue, decía al respecto que gran parte de la derrota de Cambiemos se explica porque fracasó como garante de esa sociedad aspiracional que él mismo promovió hasta el hartazgo. ¿Por qué? Porque “su impericia económica y su pérdida de autoridad política fueron vistas por vastos sectores de nuestra sociedad como una prueba de que ya no era un facilitador de la aspiración, un eficaz erradicador de obstáculos, sino un obstáculo más. Y si es así, es que gran parte del sentido común de la sociedad aspiracional sigue en pie”.

Agregó que “es posible estar seguros de que algunas cosas no pasaron. Y evitar así algunos errores políticos. Por ejemplo, el de creer que, si Macri ya fue, la sociedad que hizo posible al macrismo también. Que estos años fueron sólo una anomalía pasajera, o una pesadilla que quedará sepultada bajo el montón de papeles inservibles que dejarán los CEO tras su veloz huida de los despachos gubernamentales. O el de confiar en que la victoria electoral del Frente de Todos es consecuencia de un triunfo cultural sobre ese sentido común conservador que construyó la sociedad desigual de Cambiemos; que de individualista se habría tornado, sin más, en solidario; que de excluyente se habría tornado, de golpe, en integrador”.

Si así fuese, ¿de dónde salió un 40 por ciento de los votos a favor de Macri y de lo que Macri representa?

La batalla cultural sobre el sentido común que hizo posible a Cambiemos está pendiente, dice Canelo. Transformarlo, permearlo, darle nuevo contenido (al “sentido común”), “será una de las tareas más importantes del próximo gobierno, porque sólo de esa forma será posible, por ejemplo, legitimar y darle estabilidad a las políticas que busquen reparar el lazo social quebrantado durante estos años”.

¿Y cómo hacerlo?, preguntó la socióloga en esa nota del 22 de septiembre. “Primero, reconociendo que nuestra sociedad ya no es la que creíamos que era, y que luego de los años de Cambiemos se nos mostrará mucho más individualista y heterogénea. Segundo, preguntándonos (y respondiéndonos) por qué Cambiemos fue, durante varios años, tanto más eficiente que la oposición para reconocer y manejar el sentido común. Tercero, incorporando las demandas y creencias de ese sentido común conservador en una nueva narrativa, un nuevo relato sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Que sea alternativo pero no antagónico. Que les hable (también) a esos sectores que se sienten huérfanos de la política popular y progresista. Es cierto que Macri ya fue. Macri se va, y Vidal también. Pero la sociedad que hizo posible a Cambiemos llegó para quedarse”.

Ese último disparador, el de la sociedad que llegó para quedarse, merece algún reparo pero sólo en la medida de que, como decíamos hace algunas líneas, en el caso argentino se pueda articular la gran potencia objetiva surgida en las votaciones. En las dos. En las primarias que fueron la vuelta inicial, y en el 27 de octubre que fue la radiografía más aproximada a lo “real” de la sociedad.

El escrutinio definitivo, controlado por unos y otros, dio la confirmación de un brío y una tendencia “anti” que, en nuestra historia circular, no se diferencia en prácticamente nada de lo provocado por el peronismo desde que surgió hace más de setenta años.

Pero, también, hay esa buena noticia de que nada impide soñar con algo diferente aunque no sea extraordinario. Ganó una fuerza de sentido inverso a la gobernante que (¿cómo agotarse de repetirlo?) hace dos años firmaba no perder por paliza y hace unos meses no tenía fórmula presidencial.

La base es que no hay lugar para traicionar, so pena de que una frustración no sería meramente otra más.

El escenario dramático y hasta trágico en que Macri deja al país se repite ya hasta un cansancio que, precisamente, no debe cansar. Una cifra pavorosa de pobreza, el ahorcamiento de la deuda, los ingresos populares reducidos, la estructura productiva a media máquina que no es cosa de apretar un botón y reanimarla. Y el hambre, vaya. Ese factor inventado por los kirchneristas después de haber inventado también que hay pobres, según el senador Pichetto.

Podrá haber marchas y contramarchas, ensayos, algunas dubitaciones, sapos tradicionales, pero nunca traición en el rumbo redistributivo.

Se está ante la inmensa posibilidad de reconfigurar la economía gracias a un bloque social no homogéneo, pero sí conducible desde la política porque la tierra rasa del macrismo deja espacio de aguante, creatividad y valentía. Período módico, porque la sociedad podría no tardar en impacientarse. Pero espacio al fin.

Deja lugar para que se trabaje otro Nunca Más. Y ese desafío es cultural.


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