Fragmentos de las entrevistas de 2005
Pepe Mujica por María Esther Gilio

TODO TIENE UNA MEDIDA

Cuando se trata de José Mujica no es necesario conocer calle y número para llegar a su casa. Alcanza con el barrio, o mejor, el paraje: Rincón del Cerro, muy cerca del Paso de la Arena.

Durante unos minutos tomamos mate en silencio. Pepe ceba y por la ventana mira el campo.

-Pero Pepe ¿qué pasa? Has tenido un triunfo que envidiarían hasta los reyes, y vos...no sé, como si recién te dieras cuenta de las enormes responsabilidades que, ganando las elecciones, te caerían encima. Tú sabías.

-Yo sabía.

-Es evidente que tenías que saber... Pero cómo te sacudió el triunfo.

-Creo que una cosa es saber intelectualmente y otra sentir hasta físicamente la presión de la gente, la ansiedad de la gente. Cuando se ve de cerca el requerimiento directo de la gente, la expectativa que se ha creado en miles y miles y miles de personas.

-Ahora recuerdo algo que una vez dijiste: "Un abrazo me encanta, dos me conmueven, tres me alegran. Pero quinientos..."

-Quinientos te asustan...Equivalen a una paliza. Porque todo tiene una medida. Hace pocos días un amigo me recordó el vaso de Euclides. Un vaso que se inventó para que los obreros tomaran una medida de vino durante el descanso, mientras trabajaban en una carretera. Este vaso tenía una característica: sólo podías llenarlo hasta la mitad. Si te pasabas se desfondaba y el vino se desparramaba. Me parece que todas las cosas tienen su medida. Nuestras vidas son ejemplo de esto. Nuestros tejidos tienen una medida. A veces recién nos damos cuenta cuando hacemos uso de tal o cual cosa sin tener en cuenta una medida.

 

DIEZ AÑOS

-Está bien. Esos diez años no deben transformarse en una medalla ni en nada. Pero tienen una presencia que hiela la sangre. ¿vos nunca sentiste que te volvías loco?

-Sí, sentí.

-¿Cómo lo sentías?

-Como una voz que estaba permanentemente sonando en mis oídos. Sentía que día y noche me espiaban. Pero además tenía un dolor muy fuerte en los oídos, por lo cual me llevaron al Hospital Militar. Allí me atendió una psiquiatra rarísima. Arrastraba la voz, movía la quijada y me miraba. No sé, estaba peor que yo.

ESE MOMENTO

-Mi arrepentimiento y mi remordimiento tienen que ver con el hecho de que cuando llega el golpe de Estado y los obreros hacen huelga y ocupan las fábricas, nosotros estamos maltrechos, presos. Para ese momento habíamos trabajado años. Para ese momento. las dictaduras vienen por muchas causas pero, sean cuales sean, lo difícil es sacárselas de encima. Doce años nos duró ésta. Y yo siento que no me va a dar lo que me queda de vida- dice y concentrándose en el mate que había quedado abandonado, se calla por un rato. -Es así como lo digo.    

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