“La maternidad es el tema central de la película, pero en un sentido muy amplio”. El ligero acento de la realizadora ítalo-argentina Maura Delpero no deja lugar a dudas: su lengua materna no puede ser otra que la de Dante. A pesar de ello, el manejo del español es perfecto, consecuencia de un ida y vuelta, desde hace muchos años, entre su país natal y la Argentina. Hogar, su primer largometraje de ficción luego de una serie de cortos y largos documentales, viene de estrenarse en el prestigioso Festival de Locarno y de integrar, hace apenas un mes, la Competencia Argentina del Festival de Mar del Plata. “La película nace de un interrogante mío como mujer, ligado a la maternidad, cuya respuesta es muy contradictoria”, continúa Delpero en conversación con Página/12. “Un deseo mezclado con miedo, una atracción con dudas. Luego de entrevistar a muchas madres descubrí que esa aparente oposición no era solamente mía sino un elemento común a la mayoría. Unido a un rasgo de culpabilidad, algo difícil de confesar. Nuestra sociedad te pide ser feliz, al fin y al cabo. Quería darle un espacio a la complejidad de la maternidad. El cine necesita de la síntesis para transmitir los conflictos y la maternidad adolescente es un conflicto cotidiano que permitía transmitirlos de manera más patente”.

El relato de Hogar, coproducción entre Argentina e Italia que fue rodada completamente en Buenos Aires y tendrá su estreno comercial este jueves, transcurre en una institución religiosa en la cual conviven un grupo de madres adolescentes y chicas embarazadas, la mayoría sin ninguna clase de apoyo familiar. El orden riguroso de las monjas suele chocar con los deseos de las pupilas –las cruces y virgencitas y los ritmos de la cumbia conviven en las habitaciones y pasillos del edificio– y entre ellas se destacan Fátima (la actriz debutante Denise Carrizo), una joven algo reservada que transita el último trimestre de un segundo embarazo, y Luciana (Agustina Malale, otra intérprete no profesional), la madre de una nena para quien las reglas de la casa comienzan a parecerse a las de una prisión. Al hogar llega la joven Sor Paola (la actriz italiana Lidiya Liberman, protagonista del film Sangre de mi sangre, de Marco Bellocchio), recién aterrizada luego de un viaje transoceánico, de quien el film hará una testigo de los movimientos internos del lugar y, al mismo tiempo, el reservorio de anhelos e instintos que parecían lejanos, completamente ajenos.

--Ud. viene del terreno del cine documental y eso resulta evidente en varios pasajes de Hogar. ¿Cómo fue el salto del registro de lo real a la construcción de un relato ficcional?

--Hay dos razones para ese salto, uno ligado a mí misma como realizadora y otro que tiene que ver con la película en sí. En principio, hay un camino bastante orgánico en lo que estuve haciendo en el terreno del documental y es que, con cada nuevo proyecto, la línea ficcional se iba haciendo cada vez más fuerte. En algún punto Hogar es la consecuencia de dar un pasito más hacia adelante: ahora se trata de una ficción con elementos de documental. Tenía muchas ganas de trabajar con actores y no me importaba si se trataba de profesionales o no; era una cuestión de desear esa dinámica entre realizador y actor. Por otro lado, cuando resultó claro que quería hacer una película sobre madres adolescentes, decidí ir a trabajar un tiempo dentro de los hogares, que es una forma de trabajo ligada al respeto por lo que estoy contando. Necesito saberlo todo, hasta el último detalle, vivir el lugar. Hogar es un film personal, que tiene mucho de mí como adolescente, de mi relación con mi madre, pero a la vez estoy contando algo acerca de lugares que existen y que, por ello, es necesario conocer en persona. Fueron cuatro años de trabajo, en tres hogares para madres adolescentes ubicados en Buenos Aires, antes de comenzar el rodaje, en momentos en los cuales todavía no tenía claro si iba a tratarse de un documental o de una ficción.

--¿Fue arduo ese proceso de investigación? ¿Le resultó sencillo que se abrieran todas las puertas del lugar?

--En principio, se trata de lugares poco accesibles, en los que ya se habían intentado hacer cosas, en particular ligadas al periodismo. Pero hay algo ahí del orden de los morboso que realmente no termina cayendo bien en esos ambientes. De entrada, creo que entendieron que mi mirada no era esa, pero necesitaba demostrarlo. Sentí que tenía que entrar con una libretita y nada más. Creo que con los años desarrollé una habilidad para darme cuenta de cuándo una situación soporta la invasión de una cámara y cuándo no. Y acá, en un primer momento, sentí que eso no era posible. Y como en mi cabeza ya comenzaban a dar vueltas ciertas historias, en cierto momento se me hizo claro que debía cerrar la puerta y empezar a escribir. Esa escritura terminó derivando en un guion de ficción que, sin embargo, había absorbido mucho de esa realidad. Cuando Agustina Malale leyó el guion me preguntó cómo sabía todo eso de su vida. La había conocido hacía apenas dos días y era imposible que fuera así. Pero es que hay algo arquetípico en las historias de esas chicas…

--¿Existió alguna situación real previa que haya disparado la idea para la película?

--Allá en Italia soy profesora y ocurrió que una alumna, una chica de dieciocho años, quedó embarazada. Tal vez ese haya sido el primer disparador de la idea central. Lo cierto es que en Italia no existen estructuras tan organizadas como los hogares de Argentina. Me fascinaba el hecho de que todas esa chicas vivieran juntas, que se diera esa suerte de hermandad, esa convivencia. También esa endogamia con las monjas.

--El casting, con su cruza de actrices no profesionales con intérpretes de carrera, debe haber sido interesante y complejo.

--Uno de los elementos documentales de la película que me resulta interesante es el hecho de que, curiosamente, uno de los hogares en los que estuve investigando fue fundado por monjas italianas, piamontesas. En un primer momento deseaba que los personajes de las monjas fueran interpretados por actrices italianas. Era algo interesante, porque se trata de mujeres que han cruzado el océano para ir a un lugar desconocido y conocer también algo nuevo, bien de cerca: la maternidad. Pero, finalmente, esa idea fue dejada de lado –en parte por cuestiones de presupuesto– y sólo uno de esos personajes, Sor Paola, tiene origen italiano. Las actrices que interpretan a las monjas son profesionales y las chicas son todas debutantes en la pantalla. Esa cosa un poco neorrealista ya estaba en la historia misma porque, de alguna manera, existe una distancia entre los dos grupos: esas mujeres que visten de una forma particular y viven en un mundo diferente al del resto, por un lado, y por el otro esas jóvenes que, de pronto, ven que sus vidas ha cambiado radicalmente y para siempre. Fueron castings muy diferentes. Para las monjas vimos muy pocas actrices ya que tenía una idea bastante clara de antemano. Para las chicas, por el contrario, la audición fue enorme porque decidimos ser abiertos, no cerrarnos a la búsqueda de madres adolescentes, sino también de chicas que, por su entorno, hubieran tenido relación directa con los embarazos adolescentes.

--¿Y cómo fue el acercamiento con Lidiya Liberman, la actriz que interpreta el rol central de Sor Paola?

 

--Había dos actrices que me convencían para el papel. De maneras muy diferentes: no se trataba de una cuestión de tener un plan A y un plan B. La actriz elegida en un primer momento quedó embarazada muy cerca del comienzo del rodaje y la compañía aseguradora no la dejó viajar a Buenos Aires. Afortunadamente, Lidiya aceptó el papel de inmediato. Ella ya era madre de dos hijos y lo interesante es que, ni bien terminó el rodaje, también quedó embarazada. De allí nace una leyenda: no se puede interpretar a Sor Paola sin quedar embarazada (risas). Lo que me convenció de ella para el papel es que logra crear cierta distancia, algo que siempre sentí a lo largo de mis entrevistas con monjas reales. En esas charlas, tanto las formales como las informales, intenté saber qué había detrás de esa vocación y el resultado siempre fue algo frustrante: en cierto momento una, como laica, no puede ingresar más. Es muy fuerte. Lidiya logra transmitir esa sensación sin problemas, incluso con una cosa un tanto asexuada. Claro que luego uno la ve en una presentación en algún festival y es una bomba, hermosa.