La primera vez
Juan Solá y Tomás Litta dos jóvenes autores presentan sus libros de poesía amorosa. Palabras y amantes transitan los caminos de la euforia y la melancolía en el bosque del homoerotismo

Casi en simultáneo, dos jóvenes poetas publicaron sus primeros libros de poesía homoerótica donde la experiencia del amor, aunque pasen los años y se renueven las perspectivas, sigue siendo materia de un mismo misterio. En Esquelas, del entrerriano Juan Solá (La Paz, 1989), tanto como en Fruto rojo, de Tomás Litta (Buenos Aires, 1997), los poemas exploran de manera detallada el circuito de la montaña rusa emocional que provoca el enamoramiento. Si bien se encuentran coincidencias en ambas escrituras, son las diferencias entre una y otra las que permiten imaginar nuevos acercamientos a una cuestión tan convencional como la poesía amorosa. En tiempos de apps de citas instantáneas, parejas abiertas y poliamor, el discurso lírico sobre el amor (como decía Roland Barthes) se sostiene en soledad.

De ambos libros se puede decir que sobra drama y falta humor en los poemas. Aunque se sabe que es cruel pedirle que haga chistes a un joven enamorado que padece por la falta de reciprocidad y de entusiasmo o por pequeñas o grandes traiciones (cuando no es directamente porque fue abandonado), asombra la grandilocuencia que por momentos asumen las voces poéticas. “Hay un vacío/ oscuro y profundo/ donde caigo”, se lee en uno de los poemas finales de Fruto rojo (volumen que está dividido en dos partes: una que muestra el apogeo y derrumbe del romance y otra donde se revive como pasado definitivamente pisado). “Podríamos habernos amado/ pero desperdiciamos el tiempo/ intentando absurdamente/ definir el amor”, escribe Solá en Esquelas. En el libro de este autor predominan dos formas bien claras: los aforismos y los soliloquios del sujeto amoroso.

DESHOJANDO TU MARGARITA

Esquelas es el primer libro de poemas de Solá, autor de elogiadas novelas como La Chaco y de libros de relatos como Microalmas. Reúne nada menos que 93 poemas impresos en página impar, que se pueden recortar (aunque el autor sugiere destrozar el libro o deshojarlo como una flor) para transformar los textos en mensajes íntimos: “Arranque esta hoja de inmediato/ ¡no haga preguntas!/ Que si no lo arranca ahora/ no comprenderá el poema./ Desvístala urgente de la solemnidad del libro/ deshójelo todo”, se lee en el poema 73, donde el propio autor advierte sobre uno de los riesgos de la poesía amorosa (la solemnidad).

Hay, por fortuna, momentos en que no se les da instrucciones a los lectores ni se prodigan verdades universales de manera impersonal. Eso ocurre cuando Solá se deja llevar por la lengua del presente que, como se dijo, interpreta un tema clásico. “Hiciste una movida re tibia/ para que no me extinga.// Yo estaba re turbio, guacho,/ yo te decía/ para qué quedarnos acá/ si ya nada respira// si todo es mentira”, se lee en el poema 54. Cuando el poeta habla con la voz del otro (de aquel al que le habla y cuya imagen se construye en el poema) no importan tanto las definiciones ni las preguntas retóricas sobre el arte de amar a otro hombre.

A LOS GUACHITOS AUSENTES

En Fruto rojo, debut literario de Litta, el erotismo está bien presente, así como las modulaciones de una lengua expresiva, casi musical: “Redoblaste la apuesta/ pusiste jazz para coger/ este sexo es pasión, cuidado/ estamos alerta/ sexo intenso/ sexo lento/ sexo con medias”. En la parte inicial del libro, dedicada al encuentro y fusión con el otro y luego el abismo del desapego, las formas son fugaces y breves, como si fueran publicaciones sin filtro de Instagram (“Noche negrísima/ rasguñándonos/ por un poco de sexo triste”) que describen el acercamiento a un borde mientras se amortigua una primera persona del plural que supo ser arrebatada.

La segunda parte de Fruto rojo reconstruye en forma afinada los ejercicios para tolerar la ausencia del amado (“otro guachito”, como en el caso de Solá). Aquí aparecen los mejores poemas de Litta, que se pueden leer como etapas de un recorrido interminable, sin otra dirección que la propia performance del cuerpo solitario. “Hoy salí de la facultad/ y me fui a caminar./ Entré a dos librerías/ a preguntar por algunos libros/ para comprar con plata que no tenía./ Pensé en robarlos, en qué pasaría/ si de repente me guardo/ este libro de poemas en la mochila”, cuenta el joven poeta que, por el momento, sólo intenta “pasar el dolor” como sea. Para hacerlo, deberá cansarse de no encontrar al otro en otros cuerpos, escuchar música, respirar hondo y, en el espejo de la tragedia amorosa de los demás, aprender a ser valiente. “Enterrarse en esta oscuridad será para valientes”, escribe Solá en una de sus esquelas. “De repente/ soy valiente/ me levanto de la cama/ y salgo a tomar sol”, le responde Litta. ¿El amor entre varones es una escuela de coraje?

Juan Solá Esquelas (Sudestada)

Tomás Litta Fruto rojo (Santos Locos)

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