Las Cartas a Goya de Lorenzo Amengual

Un diálogo cómplice que atraviesa el tiempo

En este libro, el dibujante establece una inteligente y muy divertida “correspondencia ilustrada”, escrita y gráfica, con los Caprichos de Goya.
A la izquierda el "capricho" de Goya; a la derecha, el de Lorenzo Amengual.A la izquierda el "capricho" de Goya; a la derecha, el de Lorenzo Amengual.A la izquierda el "capricho" de Goya; a la derecha, el de Lorenzo Amengual.A la izquierda el "capricho" de Goya; a la derecha, el de Lorenzo Amengual.A la izquierda el "capricho" de Goya; a la derecha, el de Lorenzo Amengual.
A la izquierda el "capricho" de Goya; a la derecha, el de Lorenzo Amengual. 

Sospeché que Goya estaba vivo cuando toqué uno de sus grabados y advertí que la tinta estaba fresca. Entonces salí a buscarlo. Me costó, pero lo encontré. Comencé a escribirle y a mandarle dibujos, y logré establecer con él un diálogo cómplice de “contraste e indignación”. Investigué su vida, su obra y su época. Fue un interlocutor atento. Sumé a esta información la intriga y la emoción que me produjo enfrentarme con las imágenes que el artista aragonés grabó y llamó Caprichos.

En ellos me apoyé para descubrir actitudes y prácticas de viehja data, que todavía nos aprietan y lastiman. De ese intercambio, nació este libro, un guisado mestizo; una ficción con mucho de ensayo biográfico, forma epistolar e intención cercana a la novela gráfica.

De las 80 láminas con que Goya los dotó, seleccioné, con criterio subjetivo solo 23. Son algunas de las imágenes que me han golpeado con fuerza, en correspondencia con mi sensibilidad y, lamentablemente, con mis prejuicios.

Las cartas publicadas son textos unitarios, pueden ser leídas sin orden ni continuidad.

La frase escrita al pie de cada reproducción de Goya, respeta su ortografía original. El número que individualiza cada carta se corresponde con el impreso en la parte superior de cada grabado original.

[…]

Para mí sigues vivo. Sordo y viejo puede ser, pero vivo y avispado (compartimos algunas cualidades). Y si no lo estás, en el sentido de que ni un trago de vino ni una morcilla pueden pasar ya por tu garguero, no se nota ese efecto en tus grabados, que aún no se los puede tocar, de tan frescos.

Ambos debimos transitar tiempos turbios, ¿todos los tiempos serán turbios? No fuimos los únicos: nos acompañaron para su bien o su mal nuestros contemporáneos, los muchos que perdimos y también los pocos que nos fumaron.

Carta 40: ¿De qué mal morirá?

Querido Francisco:

No andas con vueltas, definiste: «Un burro solo puede enseñar lo que sabe hacer: rebuznar», y como burros señalas a algunos médicos quienes, para salvar tu vida, primero te piden que firmes una autorización para matarte.

Los borricos sirvieron a tu intención, plasmaste una «asnería», una «asinomaquia» ejemplar. Varias estampas de los Caprichos muestran actitudes humanas encarnadas en asnos.

Representaste a un jumento maestro, que enseña lo que ignora, a otro entendido en música (no conozco burro músico pero sí a una mona que canta, vive en mis pagos: la «Mona» Giménez, quien con su voz lijada y sus contorsiones ¡electriza a multitudes!).

Muestras también a un rucio de abolengo con un libro abierto donde exhibe su filiación. Sostiene que desciende del santo pollino que transportó a la Virgen María y al Niño Jesús en su huida a Egipto.

No fuiste el primero en mostrar a los hombres como borricos. Ya en el siglo II, Apuleyo escribió la única novela que nos llegó completa del mundo romano: «El asno de oro», con el mismo recurso.

A propósito del médico burro que presentas, tu tocayo, Francisco de Quevedo, cuenta que dos médicos lloraban a lágrima viva a los pies del patíbulo donde se balanceaba un ahorcado recién ejecutado. Cuando alguien les preguntó si eran parientes del colgado, respondieron airados, de mala manera, que no lo conocían y agregaron: —Nuestras lágrimas siempre brotan cuando vemos morir a alguien sin pagar consulta.

Paco ¡no seamos tan mordaces! Muchos debemos agradecer a los facultativos. Su saber ha crecido hoy en forma exponencial y sus instrumentos asombrosos les muestran nuestros recovecos más secretos a los que ellos acceden sin el menor pudor, con decirte que suelen indicar una prueba clínica de nombre sonoro: «colonoscopía por imagen»; para hacerla inflan con aire tu tripa gorda, la convierten en un moderno set de televisión y filman con precisión su interior; estudian sus paredes como si fueran los murales de la Capilla Sixtina. Pero ¡no te alarmes! Te anestesian, te duermen, para que no te duela, y para evitar que imagines los cables, mangueras y tubitos que asoman por tu trasero. Por cierto, observar el interior de nuestra humilde tripa permite anticipar dolencias, actuar y ha prolongar la vida a millones de personas.

Sin los doctores, sus máquinas maravillosas y el enorme desarrollo de la industria farmacéutica, yo y cientos como yo hace rato que andaríamos arrastrando el arpa, para ubicarnos junto a John Lennon e interpretar Let it be.

También es necesario advertir la cantidad descomunal de medicamentos que consumimos y pagamos día a día para sobrevivir.

Sin embargo, frente a la necesidad de pisar el consultorio de un noble facultativo, sigue siendo saludable replantearse la frase: «En caso de duda consulte a su médico», frase que, en la Argentina llevan impresa los envases de algunas medicinas, y cambiarla por otra que, ante la inevitable, consulta legalice la desconfianza y advierta: «En caso de médico, consulte a su duda».

* Fragmentos de la nota al lector y la introducción, y reproducción de la carta 40, del libro Cartas a Goya, Correspondencia ilustrada, de Lorenzo Amengual, en una edición de autor, de 128 páginas.

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