Publicó el libro "Camino al Este"

Javier Sinay: "Los viajes y el amor tocan las fibras más íntimas"

El periodista viajó 14.953 kilómetros con una consigna: tratar de dilucidar, en cada ciudad donde paró, los enigmas del amor. Y plasmó estas historias en una crónica notable. 
Sinay en la estación de Kazán, en Rusia, a punto de abordar el Transiberiano. Sinay en la estación de Kazán, en Rusia, a punto de abordar el Transiberiano. Sinay en la estación de Kazán, en Rusia, a punto de abordar el Transiberiano. Sinay en la estación de Kazán, en Rusia, a punto de abordar el Transiberiano. Sinay en la estación de Kazán, en Rusia, a punto de abordar el Transiberiano. 
Sinay en la estación de Kazán, en Rusia, a punto de abordar el Transiberiano.  

A lo largo de 14.953 kilómetros, el amor puede mutar en formas tan extrañas como contradictorias. El arco se tensa desde la paciente construcción de un cariño que busca ser eterno hasta los ponzoñosos celos que mueven al asesinato y la autodestrucción. En el medio hay lugar para la pornografía catalana y los candados que se cierran en un puente francés como símbolo de la unión, para padres chinos sentados en los parques buscándole pareja a sus hijos e hijas y para chicas japonesas que no se interesan en el sexo pero pagan por una charla nocturna. En el Camino al Este (Ed. Planeta) emprendido por el periodista argentino Javier Sinay, que lo llevó desde Buenos Aires hasta Tokio –atravesando toda Europa y Asia por tierra–, el cúmulo de experiencias que registró en torno al amor se va entrelazando por una sensación que se clarifica a medida que su viaje avanza: el amor nunca es lo que parece.

“Lo que tenía claro antes de partir era que el mapa que iba a armar del amor lo tenía que entender como un universo en el que giran planetas como la soledad, el odio, la compañía y la sexualidad. Es imposible encontrar una manera única de concebirlo y tenía que tener en cuenta todos esos componentes para darle profundidad. De ahí surge la bajada del libro: crónicas de amor y desamor”, explica este cronista ganador del Premio Gabo en 2015 y autor de los libros Sangre Joven (2009) y Los crímenes de Moisés Ville (2013), sentado en un café porteño a las puertas del barrio chino. “Está la obsesión del diputado alemán, el sacrificio de los rusos, la soledad de los chinos, el hilo rojo que para los japoneses te une a otra persona, la cosa medio trashera y hedonista del sexo en vivo en Barcelona. Busqué dar con un equilibrio entre la mirada 'romántica' y la sordidez que también está presente en el amor”.

Fueron más de veinte ciudades las que eligió para armar el rompecabezas: desde el poderío de Berlín y Moscú y la inmensidad uniforme de Pekín hasta la sencillez de Grodno, la híper tecnologización de Tokio y la violencia subrepticia de Seúl. ¿Cómo se construye el amor en territorios tan disímiles? Para Javier Sinay, que actualmente trabaja como editor en el portal Red/Acción, esa pregunta se disparó cuando su propia historia de amor y su vocación parecían resquebrajarse. A comienzos de 2017, su novia, Higashi, le contó que había conseguido una beca para vivir en Japón durante un año y perfeccionarse en el Chadô, el arte de la ceremonia del té. Pocos días después le enviaron un correo del diario mexicano El Universal, en el que trabaja como corresponsal desde Argentina, diciéndole que ya no iban a necesitar de sus servicios. Así comenzó su viaje.

“En muy poco tiempo me quedé sin trabajo y con la pregunta de si nuestra relación podría sobrevivir un año a la distancia. Entonces pensé en cómo podría viajar hasta Japón a ver a Higashi. Era un viaje en busca del amor. Esa noche empecé a sumar puntos en el recorrido, yendo siempre hacia el este, buscando historias, y el viaje se fue haciendo real”, dice Sinay sobre el origen de su libro, que va camino a agotar su segunda edición.

Entre esos dos puntos que eran Buenos Aires y Kioto –donde estaría su novia– marcó en el mapa la ciudad de sus ancestros, Grodno, y el colosal recorrido del Tren Transiberiano, que podía llevarlo desde Rusia hasta China. “De ahí empecé a sumar ciudades y armé un itinerario milimétrico para no perder ningún día. Busqué historias en los medios de cada ciudad. Después organicé los viajes en tren, los micros y los hostels para ahorrar dinero y para que mi única preocupación fueran las historias. El periodismo de viajes tiene algo que es el tiempo que vuela. La mayoría de las veces tenés una sola ficha para jugarte”.

Durante cinco meses Javier Sinay se embarcó en la tarea de viajar para dilucidar ese enigma que es el amor. Y lo que va descubriendo a lo largo de las 330 páginas de su libro es que no puede hacerlo sin reconstruir los cimientos de las sociedades y las culturas en las que cada amor crece, se desarrolla y muere. Con una escritura despojada –mucho más cercana a los haikus zen que a la pasión latina–, Sinay vuelve la mirada sobre la caída del Muro de Berlín, el imperio mongol y su capitulación frente los Manchúes, el chamanismo en Siberia, los mecanismos de la mafia y la policía rusas, el tendido de redes virtuales para conocer a la próxima pareja. Todo cobra un nuevo sentido al tener la función de explicar cómo se concibe el amor en cada latitud. Al igual que los paisajes barrocos y desolados que describe e incluso él mismo y su pareja: todo se vuelve una pieza narrativa para intentar explicar el amor.

“Los viajes y el amor son dos cosas que tocan las fibras más íntimas del ser humano. Los dos tienen algo de revelador. Un escritor estadounidense, nacido en Inglaterra y de padres indios, al que seguí para el viaje, que se llama Pico Iyer, compara esas dos experiencias porque son una manera de descubrir algo nuevo”, explica Sinay acerca de los trabajos que tomó como fuentes para repensar el concepto de amor y no caer en las trampas de los estereotipos. “Él habla de la ingenuidad y la libertad de conocer tanto a una persona como a un territorio, de cómo eso te hace evolucionar como persona”.

--Hay varios puntos de la historia en donde lo que parecen ser los polos opuestos del amor están muy cerca. ¿En dónde sentiste esa contradicción con más fuerza?

--Hubo un momento clave que fue en Corea del Sur, donde pude entrevistar a dos desertors, como se llama a los norcoreanos que viven en el sur. El gran tema ahí es la división del país. En el norte está todo vigilado, las parejas no van de la mano, no se besan, el hombre camina siempre un poco más adelante. En cambio en el sur el amor es una pieza mercantil más. Hay una app que se llama between, en la que solo podés tener un único contacto, que es tu pareja. Invitar a alguien ahí es casi como casarse. Todo lo que rodea al amor tiene un aura híper capitalista, como si en el fondo se tratara de hacer un buen negocio.

--Las historias que cuentan el lado más escabroso del amor tienen siempre una potencia asegurada. ¿Te costó trabajar el lado “luminoso” del amor?

--Hay que buscar historias que puedan capturar la esencia humana, en donde el lector se sienta reconocido. En los policiales también el lector tiene que sentirse reconocido. En las historias “románticas” eso funciona igual, un poco más light. Como la historia de la pareja en el puente francés que se conoce a través de un sitio web de citas pero por el match de otras personas. Es una historia pequeña pero cercana, cotidiana. Se pueden pensar muchas cosas a partir de ahí: el azar, el rechazo, la atracción, las redes, las casualidades y el destino. Son historias menos dramáticas pero sabrosas.

--Tus dos libros anteriores están marcados por la investigación policial. ¿Cuál es el nervio que los une con esta búsqueda en torno al amor?

--El denominador común son las historias de personas: tratar de entender por qué la gente hace lo que hace. La intención es que sirvan para entender cosas profundas sobre el mundo en el que vivimos. Creo que el periodismo puede examinar estos caminos más existencialistas o filosóficos y no dejárselos solamente al ensayo. Hacer esa búsqueda desde la crónica. No quedarse solo en la dureza o lo materialidad que pueden tomar las ideas, si no desarrollar un periodismo más humano o humanista, que tenga como objetivo último comprender la profundidad de las personas. 

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