Un país extraño, su último libro 

Muriel Barbery confronta humanos y elfos en una novela que cuestiona a la novela 

En Un país extraño, Muriel Barbery explora los límites y los alcances de la ficción del siglo 21 a partir de una apelación a las leyendas, las historias mitológicas, los mundos de fábula. Confronta "humanos" (europeos) y "elfos" en un experimento literario que reivindica la forma novela, pero cuestionando los dogmas del género.  

Más que una historia, incluso más que el mito que quiere ser a nivel del estilo y la pompa (“pompa” es la palabra exacta), Un país extraño es una larga descripción de dos mundos conectados: uno al que se llama “humano” y en realidad es solo europeo, y uno élfico, que se tocan a través de un puente mágico, cruzado por algunos elfos y algunos humanos europeos.

El centro es la descripción de esos mundos y es de una intensidad enorme. Muriel Barbery la salpica de reflexiones filosóficas sobre la muerte, el ser, el valor por un lado y por otro, sobre las historias y el poder y la importancia que tienen para la sociedad. El problema del resultado final de esa mezcla extraña es que solamente funciona para un grupo muy específico de lectores: lectores que no necesiten demasiada acción y que amen la intertextualidad y la constante apelación a la seriedad, el “peso” de lo que se dice.

Las ideas principales que son la base de las aventuras de los elfos y los europeos que cruzan el puente (y queda claro que este es un libro de ideas, no de hechos) tienen que ver con una comparación entre lo humano (“europeo”) y lo élfico, comparación que, por supuesto, se utiliza para explorar sobre todo la esencia “humana”.

Lo de Europa importa porque la descripción de las ideas del mundo de los elfos (que hacen los propios elfos en largas conversaciones con los protagonistas europeos) los hermana con algunas cosmovisiones de pueblos no europeos (sobre todo americanos y algunos africanos): la naturaleza como “el principio que nos hace existir” y no “un medio que se comparte con otros seres” (aquí no se habla de eso directamente pero, al contrario, del lado “humano” está presente el exabrupto cartesiano, ese considerar que todo lo no humano, incluyendo los animales, es solo “máquina”); la seguridad de que todo está “ligado”; la identidad múltiple: los elfos son siempre tres (otra vez, un número europeo), un humano y dos animales; la continuidad entre todos los que habitan el planeta (obvia consecuencia de lo anterior); la seguridad de que, como se dice claramente, “la clave está en el paisaje”, es decir, de que el lugar es parte de la identidad; la comunidad como más importante que el individuo; el mundo como un ser que está siempre en proceso de metamorfosis.

El universo de los “humanos”, en cambio, se representa aquí como basado en oposiciones binarias (típicas de las cosmovisiones europeas) y aparece con toda claridad desde el principio cuando se habla de “ángeles” y “diablos” que luchan en el interior de cada persona y en las frecuentes discusiones sobre jerarquías relacionadas con la Edad Media (aristocracia versus villanía; nobleza versus campesinado). Por supuesto, la cuestión jerárquica (herencias de la nobleza, la sangre como central, la tierra como posesión y poder) también ayuda mucho a lograr la pompa en la forma porque está muy relacionada con lo ceremonial y lo serio.

Pero Barbery escribe en el siglo 21 y, como se dijo al principio, además de esta comparación básica, hay en el libro (todavía no definamos el género de Un mundo extraño: ¿es esto una “novela”? es una pregunta importante) otro hilo crucial: la importancia de la “ficción”, las “historias”, las “leyendas”, la “poesía” en la vida de los humanos y los elfos. La autora utiliza todas estas palabras, lo cual es interesante: “ficción” no parece pertenecer a la misma categoría ni al mismo tiempo histórico que “leyenda”, al contrario, parecen casi opuestas en cuanto al tiempo histórico; “historias” y “poesía” atraviesan todas las épocas. Sin embargo, la autora las usa a todas y ese detalle forma parte del tono del libro, que quiere ser leyenda pero leyenda de nuestros días. Eso lo vuelve más interesante y al mismo tiempo, más incómodo, menos clasificable, casi como si la voz narradora (porque hay una voz narradora) quisiera dejar en claro que su “pompa”, su “seriedad” es la del siglo 21 y no la de la Edad Media, aunque ambas se le parezcan.

Se dice varias veces que la “ficción” (para llamarla con la palabra más moderna) define a las sociedades, las sostiene dentro de su red. Para poner el tema a nivel estructural, cada tanto, en el texto, aparecen capítulos de un “Libro” (que parece sagrado por la forma y el tono) cuyo título es casi siempre una sola palabra y un símbolo chino. Por ejemplo: “Fantasmas”, “Escrituras”, “Otro”. Tanto en esos capítulos como en la “acción” (y las comillas son necesarias), se repite el concepto según el cual “contar” (hacer lo que está haciendo la voz narradora) es esencial para construir lazos sociales. En “Té”, por ejemplo --capítulo dedicado a la bebida más importante para los elfos--, se dice que: “el té desempeñaba el mismo papel que el vino y las ficciones de los humanos, a saber, arraigar a la comunidad a su tierra”. Contar, entonces, es fundar grupo, crear comunidad y relacionar a esa comunidad con su lugar en el mundo.

Esa es la función declarada de la voz que cuenta. Y es una voz tan extraña como el libro. Durante largos fragmentos, parece de tercera persona pero cada tanto, en un pronombre, un posesivo, una declaración directa, se define como “yo, el/la que cuento”. Esa costumbre (desaparecer durante muchas páginas y luego recordar su presencia para que los lectores no olviden que existe) termina de afirmarse en el anteúltimo capítulo con símbolo chino cuyo nombre es “Novela” (nuevamente, una palabra anacrónica en un contexto de libro sagrado).

Entonces, Un mundo extraño, ¿es una novela? En algún sentido parece no querer serlo: ahí están el tono, el ritmo alejado de la velocidad moderna, la seriedad, la apelación a lo juglaresco. Y sin embargo, ese capítulo, ubicado al final, como conclusión, parece afirmar lo contrario. Para que sea una “novela”, el capítulo amplía el sentido de la palabra para que abarque la poesía y la leyenda, y al mismo tiempo, afirma que el género es necesario. Y al mismo tiempo sostiene abiertamente el poder del/la que “sostiene la pluma” (nótese: “pluma”, nada de computadoras, lapicera ni máquinas de escribir). Esa persona, se afirma, tiene en su manos todo, desde la ubicación del relato a lo que pasa en él. Al cerrar el libro, se puede pensar que quizá la “novela” como género sea infinita tanto en sus poderes como en sus formas y que Barbery quiere explorar sus fronteras. Tal vez. Pero tal vez, si los lectores buscan una “novela” en el sentido más tradicional de la palabra, Un mundo extraño los deje afuera por completo.


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