Un médico ahí, un presidente acá

"Un médico ahí" encarecía el presidente Raúl Alfonsín en la campaña presidencial de 1983. Se preocupaba, por cierto y también emitía un mensaje. Se presentaba como un dirigente paternal, cálido, atento a los demás, sensible. Ganó las elecciones, persuadió como le gustaba decir. Hoy es un noble lugar común apodarlo "el padre de la democracia".

El presidente Alberto Fernández suele remitirse a Néstor Kirchner en cuya gestión pasó a jugar en grandes ligas. Adoptó el dicho "los muertos no pagan" como estandarte para discutir la deuda externa. Siguió su ejemplo cuando resaltó que primero están los argentinos más necesitados y después los Bancos.

Desde que ganó las Primarias Abiertas (PASO) en agosto de 2019 AF se pensó como un mandatario negociador, dialoguista.  Asumiendo la influencia de Alfonsín y Kirchner aunque imaginándose diferente a ellos. En parte por reconocer más a sus predecesores. Pero, en especial, porque el radical y el peronista construyeron liderazgos novedosos, carismáticos basándose sobre todo en sus desempeños. Pretendían signar una nueva etapa. Invocaron la tradición de sus respectivos partidos pero no se confinaron en ella.

Alberto F arrancó poniendo bastante esfuerzo en mitigar antinomias, en abrir su despacho como cuando era Jefe de Gabinete. En tramar consensos, dentro del acotado marco que la realidad permite. Sostiene tal empeño pero la crisis sanitaria y económica lo metamorfoseó en líder nacional, como afirma el historiador Sergio Wischñesky.

El coronavirus, la hecatombe del capitalismo global lo inducen ser decisionista, al extremo de cambiar drásticamente su programa económico en pocos días. Los gobernadores le reconocen dicho rol, la mayoría de la sociedad civil lo espera. 

El escenario inédito y abrupto crea la necesidad. La incerteza domina la etapa. Nadie sabe qué pasará en las próximas semanas o meses. En coyunturas así son necesarios, quizá imprescindibles, presidentes audaces. Dispuestos a resolver rápido (a menudo sin red abajo)  en medio de la oscuridad. Fernández lo intenta, de modo convincente. Por ahora, tranquiliza y contiene que esté conduciendo aunque no se conozca qué deparará el futuro.

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