De la pandemia como fermento de la desigualdad y la salud bucal como privilegio de clase

La torta de los dientes rotos

Imagen: Sebastián Freire

Soy bruxadora y roedora compulsiva. Mis dientes tienen el desgaste de los de una persona de 70 años, suele decirme mi odontóloga. Nos hicimos amigas cursando materias de Filosofía. Con ella coincidimos en que un dolor de muelas, o los espacios vacíos sobre las encías –producto de extracciones-, son una condición ontológica antes que un problema odontológico. Hay un ordenamiento de castas a partir del tipo de arreglos dentales que podemos costearnos o no. Y la mirada discriminadora fascista lo primero que escruta en el otro –como en el mercado de esclavizadxs- es la dentadura. El sin dientes es impuro o destinado a las tareas más pesadas, lejos de la vista del amo.

Con Maia Debowicz compartimos el gusto por los turrones de kiosco y cada vez que nos cruzamos en twitter hacemos un chiste con esto o con las ofertas del supermercado rojo de descuentos (yo papitas de tubo no puedo, porque soy hipertensa, así que me circunscribo a 3x1 los turrones). El último saludo habrá sido en la primera semana de abril. Se sumó Lucas Fauno y sentí que en un punto éramos equipo, se lo dije a Lucas. Nos saludamos, nos consultamos temas. Elles saben que yo estoy muda, que no estoy pudiendo escribir, pero cuando nos precisamos nos tenemos por whatsapp.

En un ataque de ansiedad, enterándome de como trepa la cantidad de muertos en Nueva York, ciudad donde tengo amigas lesbianas (sí, tengo una amiga lesbiana; todas somos lesbianas y decimos que lo somos, no closeteamos, constituimos un movimiento político internacional unido por una manera de ver las cosas, por sentimientos, y en los mejores casos, por el antirracismo; a veces parecemos desactivadas, pero cuando salta la alarma o se nos ocurre, volvemos a unirnos), fueron pasando por mi boca (que a menudo se equivoca) los turrones que compré a 3x1. Cayeron dos pedacitos blancos como piedritas, que revisé concienzudamente. Conozco bien esos cachitos de minúscula pasta acrílica. Son los composites que se usan como amalgamas para reparar los dientes. Resultaron ser dos empastes grandes de los dientes de adelante. En unas cuantas mordidas de turrón blando de kiosco me convertí en la torta dientes rotos. De una de mis paletas quedó en su lugar solamente la mitad. Mi hermano me sugirió que pegue los cachitos de acrílico con Corega, pero no va andar. Ni siquiera puedo rearmar el rompecabezas de composites. Y estuve dos horas intentándolo. No voy a ser Luisina Brando mordiendo la manzana, como en el comercial de pegamento odontológico. Soy la torta dientes rotos.

Desesperación. En pandemia de covid lxs dentistas no están atendiendo, a menos que se trate de emergencias muy terribles. La saliva pasó a ser considerada tan peligrosa como cualquier líquido radiactivo. Fantaseé cumplir mi fantasía de niña, ser dentista (sí, mi primera vocación a los 4 años fue la odontología, siempre fui rara, mi perfume predilecto es el del consultorio odontológico). Pensé conseguir un molde con pasta verde, tomar la impresión y bañarlo en hipoclorito de sodio para que mi amiga filósofa-dentista contemple la posibilidad de fabricar un par de frentes de acrílico para pegarme yo misma, como en los tutoriales de bricolaje. En una película china de los 90, alguien confeccionaba un torno de dentista casero en condiciones muy precarias. Tal vez Maia recuerde el nombre de la película.

En medio de la resignación por haberme convertido en la torta dientes partidos, llega la orden a la población de salir a la calle con barbijo. Fantástico. Nadie se va a enterar de que tengo espacios vacíos en la dentadura.

(* Se levantó la restricción a la atención odontológica en consultorio. Pero mi onto-odontóloga no va a atender. Su hermana médica de hospital público está entre el personal que ya pescó el virus y debe ocuparse de ella. Y yo me debato entre el dilema tomar el riesgo de marchar hacia un temerario torno desconocido o quedarme sin las paletas de adelante).

No puedo dar la cara en ningún lado sin barbijo, por culpa del bicho corona y los turrones de oferta (encima el bicho tiene nombre de prótesis odontológica). Autoestima por el piso (menos mal que ficho entre las tortas izquierdistas del Bar Acá Sí que no se Coge, googlear sketch de Capusotto si no lo vieron. Sépase que a nosotras solamente nos calienta hablar de política). En este momento lo de los dientes es un problema superficial. Es momento de ser estoica y aguantar, como cualquier persona que nunca tuvo oportunidad de arreglarse la dentadura. Querías saber de privilegios que ignorabas, esta es tu oportunidad.

Mientras tanto, mi primera novia (así me gusta llamar a la chica de La Paternal) me envió un video y le respondí que se cuide, que se deje de tomar en joda el bicho. Me dice que le gusta conversar en la fila de la farmacia y pongo el grito en el cielo. No quiere información porque se pone paranoica. Ahora el Gobierno de la Ciudad la quiere cuidar pidiéndole que haga amansadora en el teléfono. No sé si tiene celu con abono, prepago o teléfono de línea. Si tiene prepago –como yo- le va a comer el saldo al primer intento de que la cuiden. Estoy pensando también en otra querida amiga que fue guerrillera en los 70. No creo que le guste pedirle permiso a Horacio Rodríguez Larreta para ir a comprar cigarrillos al kiosco.

Mejor ensayo una cara de galletita Sonrisas –solo para mí- y salgo a hacer las compras. Son las 8.30 del miércoles, día de descuento con tarjeta. 

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