Un relato que representa en una pérdida todas las pérdidas durante el aislamiento

Coronavirus: morir en la soledad de la cuarentena

Betty tenía 84 años, estaba recién internada en un geriátrico cuando se dispuso el aislamiento obligatorio. Un mes después la internaron con sospecha de covid-19. Falleció al día siguiente. No la pudieron ver, no se pudieron acercar. Fue cremada sin despedirla. 

La muerte en cuarentena es otra muerte. No hay velorio. No hay abrazos. Se llora en soledad o a lo sumo por WhatsApp o video llamada. Si la persona que muere tiene sospecha de covid-19, ni siquiera hay un último apretón de sus manos, una mirada piadosa a sus ojos apagados, un adiós íntimo al oído.

-Esa sospecha de covid dispara un protocolo que te impide tener un acercamiento, una despedida normal, todo es a la distancia, con una tensión y una angustia extra. Porque no la podés ver, porque los que la trasladan están con trajes, porque no hay entierro y no podés ver ni reconocer el cuerpo. Te avisan por teléfono. Como lo que veíamos de Italia, despedirse a través de un vidrio -dice Pablo, con tristeza.

El sábado murió Betty. Tenía 84 años. Sus hijos María Julia y Pablo Giorgelli no pudieron despedirla. Retiraron una bolsa negra cerrada de la morgue. El cajón, también cerrado, fue directo al crematorio. El test de coronavirus dio negativo. Pero ya era tarde. Ese tiempo para procesar la muerte se convirtió en papelerío burocrático. La muerte atragantada.

Betty siempre fumó. Decía que fumaba desde los 14 años. Un pucho en su mano derecha era parte de su fisonomía. También podía tener un vaso de Coca-Cola, con hielo, o un chocolate en la otra. A las tareas de la casa, les gruñía. Ahora, en esta cuarentena obligatoria, su hija la entiende más que nunca. Así como renegó con lo doméstico cuando tenía que hacer de madre, como abuela no dudó en tirarse al piso para jugar con sus nietos y sobrinos. Pero ya en el último tiempo no los reconocía. Les sonreía, con sonrisa cómplice, pero sin poder decir sus nombres, sin saber si era Manu, Juanita, Vera o Paloma.

La música hacía magia con su desmemoria. Pablo le llevaba un parlante pequeño y le ponía sus canciones favoritas de Frank Sinatra.

-Y ahí conectaba. Cantaba a veces las canciones. Y no cantaba cualquier cosa, las seguía. Desde ese lugar, el último tiempo pudimos estar con ella. Ella fue la que me compró los primeros casettes y discos de los Beatles, de Génesis, Supertramp, Almendra. Bandas que ella suponía que me iban a gustar y que ella no escuchaba. Para mí, mi vieja, es la música. Y mi papá, las películas –dice Pablo.

Hace cinco años Betty entró en esa curva larga y sinuosa del deterioro de la vejez inclemente, con un principio de Alzheimer, con olvidos que intentó disimular al comienzo y después se hicieron más evidentes. A veces, salía de su casa y paseaba por el barrio y no sabía regresar. A veces, se caía en el living y no podía levantarse. A veces …

En el último verano se hizo muy complicado para sus hijos sostener sus cuidados. Varias cuidadoras se ocupaban de ella amorosamente. Betty seguía viviendo en su departamento de La Boca pero cada vez necesitaba más atención.

La memoria frágil, un cuerpo debilitado por la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), que le pasaba facturas, el desánimo, la falta de apetito o la resistencia a hidratarse de forma apropiada, la llevaban a internaciones periódicas en los últimos meses, por deshidratación, alguna infección urinaria u otro cuadro. Llegó un punto en que su traslado a un geriátrico se hizo inevitable para que pudiera recibir los cuidados necesarios. Eso ocurrió a principios de marzo.

El último día que María Julia pudo compartir con ella fue el lunes 16 de marzo. Fue a verla a la mañana. Aunque todavía no estaba vigente el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, impuesto el 20 de marzo por el Gobierno, casi no la dejaron pasar en el geriátrico. Tuvo que insistir. Al otro día, ya no hubo chance.

-En mi interior sabía que eran pocas las posibilidades de volverla a ver. Su salud estaba muy deteriorada –dice María Julia.

El casette de Supertramp, un recuerdo que dejó Betty.

-Llamábamos por teléfono, nos contaban cómo estaba. A veces nos mandaban un video, una foto. Mi vieja ya no hablaba, estaba muy desconectada. O hablaba poco. Casi como si fueran escenas de una comedia un par de veces, cuando llamó mi hermana, la cuidadora le pasó con otra persona, y le estuvo hablando, diciéndole “mamá te quiero mucho”, hasta que se dio cuenta… porque todos hablan un poco, con dificultad, hasta que la señora habló y dijo algo que mi mamá no hubiese dicho nunca: “gracias mi amor”. Mi vieja era más seca… Y por la voz se dio cuenta de que no era Betty. Mi hermana con buen tino y corazón le siguió el juego y le dijo, “chau mamá”, para no romperle la ilusión de que había hablado con su hija.

El viernes a la madrugada Betty entró de urgencia a la guardia del Hospital Ramos Mejía. Hacía un mes que sus hijos la habían visto en persona por última vez.

-Entró otra vez con los problemas que ya tenía desde diciembre, por su EPOC, respiraba con dificultad, podía ser una pulmonía. Eso generó que le aplicaran el protocolo de covid-19. El médico me atendió en la vereda del hospital, y fue muy claro: me dijo que estaba grave. Sabíamos que era una posibilidad muy cierta que se muriera en esos días. Como le dije que no la veía hacía mucho, me dejó verla de lejos, él y yo con barbijos.

Había reglas, protocolos. Entre tantos cuidados, no se cuidaron los afectos, lo esencial.

Ese viernes, Pablo fue a escuchar el parte médico.

-Nos preguntaron si queríamos una intervención más invasiva o no y decidimos que no, que a esta altura no queríamos eso, lo veníamos hablando con mi hermana, casi como dejarla ir porque ya estaba pasándola muy mal. Tenía una infección pulmonar bilateral, una infección urinaria.

Pablo le preguntó al médico si podía verla de lejos. Tal vez porque le vio los ojos tristes, tal vez porque entendió que iba a ser su despedida, le dijo que no -por eso de la sospecha- pero que podía ir a ese pasillo –y se lo señaló- que pasaría por ahí en la camilla en su camino hacia un sitio aislado del hospital.

Y fue al patio del hospital y estuvo esperando unos 45 minutos, hasta que vio a un camillero enfundado llevarla.

-Mi vieja respiraba con dificultad. Entonces me acerqué y empecé a perseguir la camilla y le iba hablando y le iba gritando, acá estoy mamá, soy Pablo, te quiero mucho, tranquila, estoy acá con vos... Y la seguí por los pasillos del hospital y llegamos hasta una zona aislada porque al ser sospechosa tiene que ir a ese lugar, donde ya no podés pasar y se la llevaron ahí adentro.

Eso fue a las 10 de la noche.

Al día siguiente, el sábado 18 de abril, Betty ya había fallecido.

-Y a partir de ahí te llaman por teléfono y te dicen, ahora tenés que venir a firmar unos papeles a la admisión del hospital, no se puede hacer velorio. Siendo sospechosa no podés ver el cuerpo. La ponen en doble bolsa y la cierran.

María Julia y Pablo fueron al hospital. Hicieron los trámites.

-Un hospital vacío, fantasma, con gente con barbijos o aparatos extraños en la cara de plástico, o enfundados con mamelucos blancos.

Fueron a la morgue con el empleado de la funeraria, también con traje blanco de aislamiento. Pero no pudieron ver a Betty.

-Retiramos literal una bolsa negra cerrada por la sospecha de Covid –dice María Julia.

El empleado de la funeraria se encargó de pasarla a un cajón. Y ese cajón se lo llevaron al crematorio. Y eso fue todo.

--Me quedo con la sensación de no haber podido despedirla, quería agarrarle la mano, verla. Eso lo aprendí cuando murió mi papá, para procesar la muerte, para eso están las ceremonias, el duelo. A partir de ahí yo siempre quiero tener esa posibilidad de despedir a mis seres queridos porque es el momento en que uno cae, entiende. Pero acá es como si se hubiera esfumado. La vi esos minutos que perseguí la camilla y no la vi más. Y ahora no está. Estoy como anestesiado. En algún momento lloro y en otro estoy como si no hubiera ocurrido –dice Pablo.

-Desde ya dio negativo el test, mi madre estaba muy deteriorada. Imagino que el rito de la despedida lo fui haciendo con todos esos trámites, cuestionamientos a los protocolos, y mensajes de audio de tíos, primos, amigos, posteos de otros en redes con fotos de ella y la casi puteada que le di a un policía, que desde el patrullero, cuando estaba casi llegando a mi casa me retó porque no llevaba el barbijo que recién me había sacado, porque estaba todo moqueado mientras recordábamos a Betty con mi cuñada.

María Julia vive en San Telmo. Es abogada y trabaja en el Centro de Protección de Datos de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires. Pablo es director de cine. Ganó en 2011 la Cámera D’Or a la mejor opera prima de todo el Festival de Cannes por su película Las Acacias. Tal vez, dice, de toda esta historia salga un próximo guion, cuando logre secar sus lágrimas.

El sábado, el mismo día de la muerte de Betty, estaba escuchando música nacional en Spotify, y la aplicación le sugirió un disco de Supertramp, de 1974, que se llama “Crimen del siglo”, y tiene en la portada del álbum un cielo lleno de estrellas y unas manos agarrándose a una reja. Su madre le había regalado ese cassette. Todavía lo tiene. 

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