Opinan los escritores

Talleres en tiempos de pandemia: "La literatura no funciona como paliativo de nada"

Fernanda García Lao, Gabriela Cabezón Cámara, Selva Almada y Félix Bruzzone reflexionan sobre la experiencia de los talleres en el "nuevo" mundo de la virtualidad. ¿Hay más necesidad de escribir y de ser leídos en momentos de tanta incertidumbre? Los temas que surgen y la influencia del contexto. 

Leer textos propios en voz alta es un ritual ineludible de los talleres literarios. Los materiales en construcción compartidos vibran en los cuerpos de los otros. Las discusiones y debates en bares y revistas literarias en los años 60 fueron los “antecedentes” previos de lo que después sucedería en las casas de escritoras y escritores durante la última dictadura cívico-militar. Dar talleres de escritura fue un modo de sobrevivir al terror y el desempleo. Esos espacios íntimos y “clandestinos” se convirtieron en “pequeños ámbitos de libertad”, como suele recordar Liliana Heker, maestra de varias generaciones de escritores. Los talleres literarios tuvieron que adaptarse al “nuevo” mundo de la virtualidad. ¿Hay más necesidad de escribir y de ser leídos en momentos de tanta incertidumbre? ¿La escritura es un refugio y a la vez un lugar donde se busca algún tipo de “trascendencia” o de horizonte alternativo? Fernanda García Lao, Gabriela Cabezón Cámara, Selva Almada y Félix Bruzzone reflexionan sobre la experiencia de los talleres literarios en tiempos de pandemia.

“Hay un poco de todo; con el encierro vienen ganas de abrir cosas, y la escritura en sí misma, en cierta manera, abre cosas”, precisa Félix Bruzzone (Buenos Aires, 1976). “También vienen ganas de abrir en términos más concretos, y querés que alguien lea lo que escribís, entonces el taller sirve en sí mismo para eso también, sin contar que siempre estamos con algún proyectito de mostrar incluso afuera del taller lo que hacemos. Hay algunos que se ponen bien referenciales con lo que está pasando. Diarios de pandemia. Pero no diarios desde una escritura del yo, que no me parece del todo interesante, sino diarios como registro de lo que sucede pero desde la ficción. Eso sí me parece más interesante”, explica el autor de 76, Los topos y Barrefondo, entre otros libros, y agrega que desde que arrancó en marzo se sumaron más personas a sus talleres.

Enfrentarse al vacío

Selva Almada (Villa Elisa, Entre Ríos, 1973) dice que no tiene una necesidad particular de escribir en estos tiempos. “En general escribo poco, esporádicamente, así que no le echaría la culpa a este momento en particular. Sí estoy segura de que no quiero escribir sobre la cuarentena ni la pandemia ni qué ocurrirá después. Prefiero guardar silencio entre tanta ansiedad por decir y escribir sobre el asunto que veo en las redes sociales, en los suplementos de cultura”, reconoce la autora de El viento que arrasa y Ladrilleros. “Tal vez haya personas que se deciden a hacer un taller de escritura porque ahora tienen más tiempo, porque también hay una especie de imperativo del ‘aprovechar el tiempo’ creativamente, o para canalizar la propia angustia. No tuve más demanda que otros años o por lo menos no de manera significativa”, aclara la escritora que ganó en 2019 el First Book Award de la Feria Internacional del Libro de Edimburgo (Escocia) por la novela El viento que arrasa, traducida al inglés como The Wind that Lays Waste por Chris Andrews.

Selva Almada (foto Sandra Cartasso)

Desconfío de las necesidades apocalípticas. El deseo de escribir debe ser anterior, me parece. Y ser leído, no es un motivo válido para mí. Se escribe para el objeto que se está escribiendo, no para el afuera. Eso viene después”, advierte Fernanda García Lao (Mendoza, 1966). “Por otro lado, cuanto más radical sea tu objeto menos lectores tendrá. Así que sugiero desterrar la idea de que la comunicación instantánea o el horror domiciliario sean suficiente motor. Siempre les digo a mis talleristas que con sufrir no alcanza, hay que saber contarlo. Tal vez el primer impulso frente al parate haya sido el de sobreactuar o ensayar cositas. Pero la escritura no funciona como paliativo de nada. Requiere enfrentarse al vacío. Y si estás medio blandengue, mejor ir a terapia o intentar con el macramé. Nunca se escribe con certezas, es decir, el estado de incertidumbre y de pregunta es esencial a la hora de escribir. No es una novedad del coronavirus”, aclara la autora de las novelas Muerta de hambre y Nación vacuna. “En cuanto al número de talleristas, lo mantengo igual que siempre. Sí es verdad que me han escrito muchas personas, pero no quiero convertirme en una academia –ironiza García Lao-. Si alguien deja un hueco, acepto a otro en su lugar. Pero necesito silencio para mí”. 

Fernanda García Lao (foto Guadalupe Lombardo)

Gabriela Cabezón Cámara (Buenos Aires, 1968) observa la misma necesidad de escribir de siempre, “que es mucha”, pero no le parece que la causa sea la cuarentena. “La incertidumbre, y la soledad o la compañía sin interrupción, más bien necesita de la reunión, de la certeza de qué hay alguna forma de humanidad amorosa a la que se pertenece, me parece. Y creo que sí, que se busca en la escritura un horizonte alternativo. O por lo menos alguna forma de sentido”, propone la autora de Las aventuras de la China Iron, novela finalista del Booker Price 2020.

Cuerpo y alma

Los talleres literarios, que antes de la pandemia eran presenciales, se readaptaron. Bruzzone comenta que por ahora mantiene las mismas rutinas: grupos de seis y dos horas de encuentro en los mismos horarios, todo por Zoom. “Lo que sí tuve que suspender fueron unos talleres de escritura en movimiento que había empezado a hacer, porque requerían recorridas por la ciudad que, por obvias razones, ya serían imposibles. La verdad es que podría reformularlos para hacerlos en casa, y tengo algunas ideas para llevarlos a ese plano, pero me doy cuenta de que no me acostumbro a la idea de que esto pueda durar mucho tiempo y estoy a la espera de que se termine pronto y volvamos a ser los de siempre –reconoce el autor de Campo de mayo-. En cuanto a lo virtual, la ausencia de cuerpos es un gran tema. Y que permite pensar cosas como: ¿se pone el cuerpo en la escritura?, ¿se pone solo la voz?, ¿qué se pone? Creo que se pone todo. Cuerpo y alma. Y que lo virtual restringe muchísimo a una escritura pensada desde el cuerpo. Sin embargo, sirve para ponerse más textualista, digamos, y poder hablar desde adentro de las palabras, desde adentro del sonido de las palabras, y no tanto desde la voz real (ni la virtual, desfigurada por micrófonos y auriculares) ni desde el cuerpo. Me gusta la situación, en cierta medida, porque obliga a pensar en estos enfoques de la escritura con o sin cuerpo. Creo que si esto sigue, vamos a poder pensar mucho mejor en estos aspectos del texto y vamos a poder llevar lo que saquemos de todo esto para el futuro”.

Félix Bruzzone (foto Sandra Cartasso)

Cabezón Cámara también utiliza plataformas de reunión audiovisual. “Tratamos de acercarnos todo lo posible a la situación de los cuerpos juntos. Poco a poco nos vamos relajando –confiesa la autora de La virgen cabeza-. En algunos casos, incluso hicimos reuniones extraordinarias en horario nocturno para poder brindar. Terminamos riéndonos y contándonos cosas, como sucedía antes. También nos mostramos las plantas y algunas compañías de diversas especies”. Almada recuerda que hace años tiene un grupo virtual y que participó de experiencias virtuales previas a la pandemia como Entrepalabras y el Centro Enjambre. Lo que cambió es que los grupos que hasta el año pasado iban a la casa de la escritora –de cinco a seis personas como máximo y dos horas de duración- ahora pasaron a ser online. “Lo novedoso, por momentos incómodo, es tener los encuentros de esta manera por Zoom. Es incómodo porque las conexiones no son estables y porque hay una percepción de los cuerpos, de la cercanía, hasta de cómo alguien puede moverse en la silla mientras otro lee que aquí no ocurre o no llegamos a percibir a la distancia. De todos modos funciona. También sabemos que es algo transitorio, que en algunos meses estaremos de nuevo sentados alrededor de una misma mesa… Qué sé yo, te conformás con esa especie de paréntesis de la pandemia que es el encuentro semanal, leernos, escucharnos, hablar un rato de otra cosa”.

Gabriela Cabezón Cámara (foto Guadalupe Lombardo)

García Lao revela que el taller no se ha modificado sustancialmente en cuanto a su dinámica: dura dos horas, a veces se puede extender hasta tres; depende del material que se haya producido. “Intento no tener más de diez personas al mismo tiempo. Se envía por correo antes del encuentro y se lee frente a los demás. Cada uno lo sigue desde su pantalla. Eso ya lo hacía antes, cuando estábamos juntos en la misma sala. Nunca imprimir. El texto está en proceso y la página impresa le otorga cierta solemnidad que no queremos –argumenta la autora de Cómo usar un cuchillo-. Por otro lado, ¿quién tiene impresora a estas alturas de lo inmaterial? Lo que cambia es la previa y el después. Pero el encuadre se ha mantenido. Se charla mucho cada texto y tengo la suerte de contar con personas bien formadas a las que es hermoso escuchar. Están muy afilados. Y si no lo están, en un par de encuentros comienzan a contagiarse. No me gusta arrogarme el derecho de ser la única voz habilitada. Animo a opinar, con fundamentos. Por otro lado, hago clínica de obra individual desde hace varios años. La pandemia no me ha significado un cambio sustancial. Nos falta el vino, eso sí. Y los abrazos. Somos gente cariñosa”.

Experiencia menardiana

¿Qué temas aparecen en los textos que se están trabajando en los talleres? El encierro, la soledad, el aislamiento, ¿emergen con más fuerza? “El encierro y la incertidumbre o la distancia de los seres queridos, de un modo u otro, terminan apareciendo. Necesitamos representar lo que no se puede entender, la brújula rota, el cuerpo dolorido de quietud, complicado de falta de contacto o de espacio propio”, subraya Cabezón Cámara. Almada cuenta que los proyectos de escritura de los grupos que ella tienen son diversos. “Hasta el momento no trajeron textos donde aparezca algo relacionado a la pandemia. De todos modos, aunque no escriban sobre esto, sí aparece en que a veces no se sienten tan enfocados o les cuesta ponerse a escribir. Y es natural que suceda… aunque nos guste mucho escribir también hay preocupaciones, angustia, la misma obligación del encierro, que interfieren con la intención de escribir. Es comprensible. También hablamos bastante de eso en los grupos”.

 

Bruzzone plantea que la soledad, el encierro, el aislamiento son temas de la literatura de todos los tiempos. “Ahora tienen una referencialidad muy directa y palpable, y se pueden encarnar más. Pero la referencialidad es una trampa, ya sabemos. Para que tenga fuerza hay que hacerla ficción”, sugiere el escritor. “En España se puso de moda leer La peste. Mansalva hizo una edición del Diario del año de la peste. Habrá que comprarla online y que te la traiga una app de delivery. Es otra forma de amigarse con Pierre Menard: leer lo que se escribió en los años 50 o a principios del siglo XVIII traído por una app y en un contexto de hiperconectividad exacerbado es una experiencia menardiana" García Lao celebra que no hayan aparecido ciertos tópicos en los textos que se trabajan en sus talleres. “Los lugares comunes los dinamitaría. Ninguno escribe de un modo tan literal y, por otro lado, no trabajo con temas. Han seguido con los materiales previos a este asunto. Nadie está elaborando un texto de autoficción del instante. La coyuntura es para los medios, para las redes. Este momento de cuarentena sin final visibiliza de un modo más atroz la sinrazón de la existencia, pero en fin, si escribís, ya deberías saber de qué se trata. ¿No?”

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