Lo común

En estado de fragilidad. Así estamos. A la defensiva. Contando contagios y muertes. La pandemia, condición y telón de fondo, principio dominante del escenario. En Argentina, el énfasis en cuidar las vidas y el éxito en hacerlo, a la vista están los números de Brasil o Estados Unidos. Pero pandemia y aislamiento, al poner en suspenso las actividades habituales, exigen pensar qué es la normalidad y qué se traza como horizonte posible. Y eso abre una zona de confrontaciones, de peleas y de equívocos. Vicentin es uno de los nombres propios que encarnan todas las contradicciones. Pero a ese nombre vamos en un rato. Principio por otras cuestiones, para esta crónica del presente.

La primera: el colectivo Escena, que nuclea espacios teatrales independientes, anuncia que se cierran varios teatros porque no pueden asumir el parate. En una ciudad que se gloria de ser la que ofrece una cartelera más plural y diversa en el mundo. ¿Cómo lo hace? Dejando hacer a una multitud de dramaturgas, actores, actrices, gestores, que inventan mil argucias para sobrevivir, que golpean puertas y tramitan subsidios, que agregan a su jornada laboral en actividades rentadas la de hacer teatro. Como ocurre con músicas, escritores, artistas, y demás hacedoras de cultura que si no viven del aire o descienden de rentistas, se dedican a cobrar por otras labores. O sea, doble jornada, por lo menos, si no agregan otras tareas. Silvio Lang señala que esta ciudad, la de Buenos Aires, saca ganancias materiales, políticas y simbólicas de esa multiplicidad, de ese trabajo ajeno, y ahora, en medio de la crisis ahondada por pandemia-aislamiento, demuestra que deja en banda a ese prolífico proletariado cultural. Sin esa vitalidad alimentada por tanto trabajo no reconocido, ¿sería Buenos Aires la ciudad visitable que es fuera de la pandemia? ¿O es reconocible solo para los folletos turísticos y las galanuras de funcionarios municipales, pero no a la hora de garantizar la supervivencia de esos espacios?

La segunda: se cumplió un mes de la muerte de Ramona, la referente comunitaria de la 31, que había reclamado agua en un barrio sin agua y dicho, con certeza, que no hay prevención sin recursos. Recordamos ese nombre pero a su alrededor, una constelación de nombres de personas que se enfermaron y murieron por covid, mientras hacían su labor en comedores comunitarios. Las que sostienen las ollas, las que agencian la comida, las que relevan el barrio, las que detectan enfermes, las que acompañan a otras en situación de violencia, las que saben cómo abortar: las que agregan a todas las jornadas laborales, la del trabajo comunitario, y sin cuya insistencia, tenacidad, esfuerzo, no habría reproducción de la vida. ¿No es ese trabajo el que queda muchas veces relegado a ser el esfuerzo silencioso mientras las palabras y el sentido se ponen en otro lado? ¿No se niega la politicidad de ese quehacer cuando se lo piensa solo en términos de cuidados? ¿En qué barrios viven muchxs agentes de salud que no pertenecen a los estamentos médicos? ¿Cómo fueron alimentadas y alimentados en cada crisis? Pensar todos los circuitos imprescindibles para la reproducción de la vida cuando se hace evidente que el paso por el mercado no alcanza ni es viable para todxs, abre la mirada hacia quienes están en la pelea cuerpo a cuerpo contra el hambre.

La tercera: una empresa se declara en quiebra. Deja un tendal, amplísimo, de productores y cooperativas. Al Banco Nación le sustrajo, en créditos incobrables, millones y millones de dólares. Es decir, se apropió de fondos públicos, del común, y además del trabajo y los productos de muchas otras personas. El gobierno nacional propone intervención y expropiación. Hay protestas. En Once, por ejemplo, se escucharon cacerolas. Miedo, decían, a que si se abre el camino de las expropiaciones, vengan por el dos ambientes. No nos burlemos. El problema es que no perciben la expropiación cotidiana, el modo en que sus esfuerzos son rápidamente convertidos en ganancias mientras sus vidas cada vez más privadas de posibilidades, porque se vuelven imperceptibles los vínculos entre los intereses que pagan por la tarjeta de crédito mientras Vicentin se fuma esos millones. 

A los pocos días, en algún diario les preguntaban a varios dirigentes sindicales: decían, palabras más, palabras menos, ojalá el gobierno lo sostenga. Sorprendía tanta espera: ¿Si la indignación despierta cacerolas, el derecho no exige ninguna estrategia más activa que los buenos deseos? ¿Y no calculamos que lo que llamamos justicia suele ser la garantía de la reproducción de una lógica que piensa lo común solo como tierra a ser apropiada, acopiada, desertificada? Porque, en paralelo, tosíamos por las humaredas que asolaron Rosario por la quema de pastizales y que producen devastación entre las especies vivas. Los dueños de la tierra. De eso se trata. De una tierra que prefieren yerma antes que ajena, de una tierra que prefieren estrujar hasta la muerte antes que verla en manos de otros.

Lo común no es la suma de las propiedades de cada quien. Lo común es lo que surge de que haya no dos o tres teatros, sino una enorme cantidad de salas y de experiencias, de artistas que se cruzan e inventan en esos cruces. Lo común no es solo el hambre o la enfermedad, es la capacidad y el saber que se ponen en juego para gestionar las necesidades. Lo común es la banca pública pero también la tierra apropiada. Cuando no se reconoce eso, cuando se lo trata solo bajo el modo mercantil: vende cuando se puede vender, y cuando no cada quien solo tiene derecho a su cosa, como propietario, no estamos ante otro escenario que el de la más brutal expropiación. Expropiación, de eso se trata. Ante el griterío por Vicentin -¿recuerdo mal o uno de sus gerentes fue descubierto paseando en yate durante la cuarentena?- recordemos la persistente expropiación de los esfuerzos populares y de la creación plebeya, no para esperar mansamente algún reconocimiento, sino para saber de qué somos capaces y de nuestro derecho a pelear por otra normalidad y por vidas dignas de ser vividas.

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