Desde París

La pandemia sacó del horizonte lejano a quienes vivían más allá de esa línea y los colocó al alcance de los ojos. En los dos meses durante los cuales se prolongó el confinamiento ni dando vuelta la cara se podía ocultar la realidad de cientos y cientos de personas viviendo en plena calle. Una mayoría de ellos eran de origen inmigrante, sea clandestinos que perdieron hasta su último refugio, sea personas instaladas legalmente, pero sin techo ni trabajo. Hassen vivía en un rincón del Passage Chabrol, ”al abrigo de la policía porque si me ven, estoy sonado”, decía al principio del confinamiento este tunecino de 31 años. Hassen, hoy, no se siente en una peor situación de la que ha atravesado y atraviesa el país. Sólo que, cuenta, ”para los extranjeros sin papales o con ellos, para aquellos que vivían en hoteles pequeños y miserables, con trabajos inestables, la cuenta de la pandemia fue feroz: en la calle, sin trabajo, lejos de la familia, con los pocos amigos que uno hace por ahí perdidos en la ciudad”. 

Achoura residía en un hotel de los suburbios, pero perdió su trabajo, no pudo pagar más su habitación y se quedó en la calle. Estaba legalmente instalada y trabajaba en una cadena de tintorerías. PáginaI12 la encontró una noche bajo uno de los puentes de la Porte de Clignancourt. El desconfinamiento ha avanzado pero la actividad económica apenas despega: sigue sin trabajo y en la calle, ”con la pena inmensa de no poder, ni siquiera, pensar en volver a Marruecos. Las fronteras están cerradas y es como si me hubiesen sacado mi última morada, el último sueño de una resurrección en mi tierra natal”.

La pandemia ha tornado más vulnerables a quienes ya lo eran. Casa, comida y trabajo, las tres constantes de cualquier inserción o progreso social se han convertido en una quimera, tanto más imposible cuanto que la parálisis económica ya ha provocado un aumento denso del desempleo y empujado a miles de empresas a la quiebra y a otras a reducir su personal. 

A mediados de junio, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) elaboró un informe sobre el impacto de la pandemia en la migración económica hacia los países del Norte. Cierre de fronteras, menos necesidad de mano de obra, empresas con desempleo parcial o liquidadas, consumo moderado, la OCDE estima que “entre un 30 y un 40% de migrantes que antes podían acceder al mercado laboral del Norte esta vez no lo podrán hacer”. 

En 2017, cinco millones de personas ingresaron en los 37 países miembros de la OCDE. A estas cifras duras se le suma otras consecuencias que detalla la socióloga Maryse Tripier, especialista en sociología de la migración:”: desde luego, está el cierre administrativo de las fronteras (en parte en curso antes para los migrantes), pero también instaura una relación negativa con el extranjero, y no sólo debido a los argumentos clásicos en torno a los puestos de trabajo y el desempleo, sino, ahora, también sanitario”. Esto es lo malo, lo bueno, tal vez, esté en esa palabra tantas veces empleada durante el confinamiento (y aún): los invisibles. Maryse Tripier observa que, ”tal vez veamos aparecer una mirada diferente sobre la utilidad de los inmigrantes gracias a esta crisis: son ellos quienes hicieron funcionar el país: cajeras, repartidores, peluqueros, conductores de bus, personal de los hospitales, trabajadores temporales. Antes eran justamente invisibles, pero ahora hay como una expectativa de reconocimiento”.

Las diásporas y las numerosas redes solidarias han funcionando un poco como antídoto contra la pobreza y la soledad. Los malienses de París, en una parte del distrito XVIII (Chateau Rouge), organizan comedores colectivos y ayudas para los que están en la calle. La solidaridad del origen “es un oasis en este áspero desierto que atravesamos todos”, dice con inmensa nostalgia Abrar, una mujer sudanesa de 40 años que sobrevivió a algo mucho peor que la pandemia: la travesía del Mediterráneo, desde Libia. Su barco, como tantos, se hundió y fue rescatada junto a otros 60 migrantes por un navío humanitario francés. ”He conocido de todo: el hambre, dormir bajo los puentes en París, en los pasajes hacia los suburbios para que la policía no me descubriera. Después, gracias a una asociación francesa de ayuda a los migrantes, me pude ir mejorando de a poquito. Pero luego, la bomba, vino la pandemia y perdí lo poco que tenía. No me podría quejar porque, aunque no tengo casi nada es mucho más de lo que tenía en Sudán o en el Mediterráneo”. 

Libios, eritreos, sudaneses, afganos o iraquíes, todos aquellos que arriesgaron sus vidas para cruzar el Mediterráneo desde Libia y llegaron a Europa por el milagro de la solidaridad están en una zona “incierta, como si todo, de golpe, se hubiese detenido. El futuro no es esperanzador ni borroso, simplemente no existe, confiesa Zainab, un refugiado libio cuyas condiciones de vida le permiten ayudar a los demás migrantes en una asociación del barrio de Stalingrado.

A los que ya están instalados hace mucho y gozan de buenas condiciones una idea los obsesiona: no poder morir en su tierra natal. Abdelalim es jubilado, oriundo de una de las primeras olas migratorias de los años 60 y 70. Trabajó siempre en Francia, se casó, tuvo hijos y nietos. Todo el dinero ahorrado lo invirtió en una “casa en Marruecos. Pensaba regresar un día y morir allí. Fue una idea equivocada. Ya no podemos volver y no sabremos si algún día será posible. Fue un error porque mi vida estaba aquí”. Para otros, los que llegaron en los últimos 3 años, la soledad ha sido el peor enemigo, una suerte de “olla que te presiona día y noche y no hay como ver la luz de una palabra, de una sonrisa”, cuenta Lina, una refugiada Libia. ”No hablo todavía bien francés, en este barrio del Petit Clamart donde vivo (cintura de París) no hay vecinos ni amigos libios. Sólo con poder hablar el idioma me bastaría, incluso ahora que nos estamos desconfiando”. La socióloga Solène Brun y el socio-demógrafo Patrick Simon publicaron un estudio explosivo en la revista De Facto perteneciente al instituto Convergencia y Migraciones. El trabajo se centraba en el departamento de Seine Saint Denis, al noreste de París, donde se registraron porcentajes de mortalidad muy elevados entre los migrantes. Los autores escriben: "con una edad idéntica, el estado de salud de los inmigrantes es globalmente peor que el de los franceses de nacimiento. Esto está ligado a las condiciones de vida precarias en las que viven, pero también a la experiencia de la discriminación y al racismo, que son un factor explicativo de las desigualdades en materia de salud”. En ese departamento se registró una tasa de mortalidad del 133% contra el 99% para París.

El shock de las cifras es un terremoto. En el mismo momento en que la inmensa mayoría de los comercios que funcionaban durante la pandemia lo hacia gracias al personal de origen extranjero (perfectamente visibles), el llamado proceso de “racialización” continuaba haciendo estragos. Y, sin embargo, sin inmigrantes habría muchos sectores de la economía sin “combustible”. El sector agrícola francés emplea un 80% de mano de obra extranjera (270 mil trabajadores golondrina). Antoine Pecoud, sociólogo, constata que, al menos, ”la covid-19 habrá permitido que se clarifiquen esas problemáticas que, a pesar de que están ligadas directamente a nuestra alimentación, pocas veces figuran en la agenda política”. 

Blanco predilecto de la xenofobia política como argumento electoral, el migrante suele ser también un explotado por las empresas de varios sectores como la seguridad, la limpieza o el reparto. Irina (Senegal) trabajó durante todo el confinamiento “limpiando oficinas en un barrio donde hay muchas empresas (La Ópera).

No nos dieron ni guantes, ni máscaras, ni alcohol y nos pagaban menos que antes”. Marilyne Poulain, especialista de los inmigrantes sin papeles en la CG7, completa el testimonio de Irina: “que tuvieran o no tuviesen papeles legales, los trabajadores extranjeros estuvieron en la primera línea del combate durante la pandemia en sectores como la limpieza, las ayudas a domicilio, la agricultura, los comercios y la recolección de desechos”. El pasado 29 de junio unas 20 mil personas manifestaron en Francia para exigir la regularización de los migrantes sin papeles. ”Es un tema súper tabú en Francia”, reconoce el diputado de Francia Insumisa Éric Coquerel. Sin embargo, agrega, “podemos aprovechar el cierre de las fronteras para pedir la regularización de los indocumentados. Los inmigrantes sin papeles desempeñan un papel crucial en Francia. Sin ellos, la economía no funcionaría”.

Nada dice que se haya producido un reconocimiento de esas comunidades extranjeras o una humanización de la mirada. Los porcentajes en las intenciones de voto de la extrema derecha francesa continúan siendo tan altos como antes del confinamiento. El virus habrá puesto de rodillas muchas cosas, pero no derribado los prejuicios más perniciosos ni las miradas étnicas.

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