Era fines de enero de este año cuando Luca Vildoza se enteró que, otra vez, debía pasar por el quirófano. Los problemas recurrentes en el hombro derecho no menguaban y las 11 infiltraciones sólo habían servido para palear la lesión porque él había pedido no parar, intentar todo antes de “volver al cuchillo”. La decisión de los médicos del Baskonia no tenía vuelta atrás: había que terminar con el problema de raíz. Pero, claro, para el marplatense era volver a vivir una situación que había sido traumática en su corta carrera. A sus 24 años era una más, aunque claramente la más leve de todas las lesiones que habían puesto a prueba su temple, carácter y pasión por el juego. No es casualidad que, cuatro meses y medio después, sea el MVP de la final de la Liga Endesa. El virtuoso base ya sabe lo que es volver y brillar, sufrir y resurgir, como el Ave Fénix.



Era el 20 de septiembre de 2013, en la localidad costera de Miramar, cuando Luca, entonces base suplente de Quilmes en la Liga Nacional, salta para tapar a un rival en un amistoso ante Lanús y cae estrepitosamente sobre su brazo izquierdo. Los gritos de dolor se escuchan en todo el estadio y su padre, el ex jugador Marcelo Vildoza, intuye lo peor. Otra vez. Es fractura expuesta de cúbito y radio. Apenas un año antes, también por ir tan arriba como lo empujaba su pasión y potencia, el pibe de 17 años en ese entonces se había quebrado ambas muñeca al volcar una pelota ante Independiente de Tandil. La segunda en un año parecen demasiado para Luca. Los sentimientos de tristeza, bronca y injusticia lo invaden y cuando se encuentra con su padre, aún en silla de ruedas en el hospital, le dice la frase que Palito tanto miedo tenía de escuchar.

-Papá, no quiero saber más nada. ¡No juego más!

Pasaron siete años y si bien los problemas lo siguen poniendo a prueba, le han servido para templar su personalidad. Y han sido parte de un proceso de aprendizajes y maduración que hoy lo tienen en la cima de España, conquistando Europa y hasta, por qué no, soñando con la NBA.

En las infantiles de Quilmes, con una medalla en el cuello. (Gentileza Tomás Alonso)

“La de Miramar fue la peor, pero Luca soportó varias durísimas. De chico tenía dolores permanentes en la espalda, luego se fracturó un dedo del pie cuando pateó una silla y después, en ese mismo dedo, tuvo fractura por stress. También tuvo otra en el tobillo antes del Mundial U19 del 2013 que lo tuvo muy mal anímicamente”, detalla el padre. La especulación era que la seguidilla tuvo que ver con que el cuerpo de Vildoza no estaba listo para semejante potencia de piernas. 

Con la Selección de Buenos Aires, cuando empezaba a destacarse. (Gentileza Tomás Alonso)

Regular esa capacidad atlética y quitarse los miedos en sus regresos fueron algunos tests que debió pasar. “No cualquier se sobrepone a situaciones tan complejas y a la edad que le pasaron. Hay que pensar que se perdió un campus NBA Without Borders, dos Mundiales de formativas y dos comienzos de Liga Nacional”, razona Luis Fernández, coordinador de inferiores y DT del U19 de Quilmes de Mar del Plata, el club que formó a Vildoza. Pero, claro, Luca siempre demostró un temple especial para bancar dolores, superar miedos y ganar. “En un torneo en Necochea, con 13 años, recuerdo que tuvo que salir por los dolores en la espalda pero cuando vio que sus compañeros no podían sostener la ventaja, me pidió volver. Insistió tanto que regresó al juego y lo terminó ganando”, recuerda Nicolás Mengoni, su coach de inferiores.

Luca nació en cuna de básquet. Su abuelo materno fue presidente del club Kimberley (MdP) y allí empezó a jugar a los cuatro años. Hasta que su abuela, fanática de Quilmes, lo hizo cambiar. También por la influencia de su padre, quien fue jugador de Liga durante cuatro temporadas y está más identificado con Quilmes que con Peñarol, pese a que fue campeón con el Milrayita en 1994. Marcelo tuvo un modesto promedio de 5.2 puntos en la Liga, pero en el primer juego de la semifinal del 94 ante Olimpia de Venado Tuerto metió 27 puntos, con siete triples. Fue en la única campaña que jugó allí, “mi club siempre fue Quilmes, el que me trajo de Tucumán”, aclara. Un año después de aquel festejo, justamente, nacería Luca, base como él. “Pero mucho mejor, no hay que ni aclararlo. Yo era medio pelo. Es más, sacó más a la madre que a mí. Ella es una leona y el regresar así de las cosas malas mi hijo las sacó de ella”, compara. 

Luca, sin embargo, siempre tuvo a su padre como espejo. Incluso en inferiores lo criticaban porque decían que lo vivía mirando, pidiendo consejos o aprobaciones. “Es verdad, pero enseguida me di cuenta que mucho no le podía decir, que estaba en otro nivel”, dice Marcelo.

Luca Vildoza con los trofeos tras vencer a Barcelona. (Gentileza Liga Endesa)

Vildoza fue siempre distinto. Desde sus inicios. “Se destacaba mucho en su división e incluso yo lo llevaba a las superiores, aunque no pudiera jugar por reglamento, como me pasó en la U13 marplatense”, cuenta Mengoni. Luca era una esponja que, por sus condiciones físicas y técnicas resolvía todo muy rápido. “Jugaba fácil y era muy elegante. Desde mini tiraba pases de faja… Tenía un talento superior a la edad”, rememora Tomás Alonso, quien compartió equipos desde premini. Mengoni relata una jugada que lo impactó, cuando el pibe tenía 10 años. “Recibió la pelota, esquivó al primero con un cambio de mano, hizo un giro invertido con faja incluida y dejó una bandeja pasada. Recuerdo que todos, desde entrenadores a padres, pasando por los mismos nenes y hasta los árbitros, quedaron maravillados porque no son jugadas que se ven a esa edad. El unir tantas virtudes en una misma acción, la pureza de la técnica y el nivel de ejecución en un segundo me hizo pensar que estábamos en presencia de un extraterrestre”, cuenta Nicolás, quien también recuerda la primera volcada de Vildoza, en los Juegos Bonaerenses, a los 15, que despertó el asombro del público en la cancha.

Luca en las infantiles de Quilmes, cuando ya deslumbraba con su talento.

El padre de Luca resume el placer que fue ver jugar a su hijo durante la etapa de crecimiento. “Los que no lo vieron jugar entre los 8 y los 15 años no saben lo que se perdieron. Por eso, cuando Luca hacía cosas impactantes en la Liga, los únicos que no se sorprendían eran los padres de sus compañeros de divisiones inferiores”, comenta Marcelo.

El mejor compañero

Por último, para armar un combo casi perfecto, está su amigo Tomás para resaltar los valores del crack del Baskonia. “Yo me animo a decir que como compañero fue mucho mejor que como jugador. No sólo que no era agrandando, siempre estaba preocupándose por el resto, buscando ayudar. Una figura muy solidaria, que ponía el equipo por encima de las individualidades. Eso sí, dentro de la cancha y cuando las papas quemaban, la pelota siempre la agarraba él, como sigue haciendo hoy”, completa Alonso.

Vildoza celebrando como propio el primer triple profesional de su compañero Coco Piñero. (Gentileza Infoliga)

Patricio Coco Piñero, el hermano menor del Faca, otro símbolo de Quilmes que llegó a la Selección, tiene otra anécdota que resume lo que fue Vildoza con sus compañeros. “Era 2013, estabábamos con Luca en el TNA con Quilmes, ambos teníamos 17 años. En un partido televisado contra Huracán de Trelew, el técnico Leandro Ramella me manda a la cancha. Era mi debut profesional. Cuando me paró, todo Once Unidos se viene abajo, gritando “olé, olé, Coco, Coco”, yo estaba muy nervioso… Entro y Luca se me acerca y me dice. ‘Vos tranquilo, yo te hago la seña y vos vení a meterme una cortina y abrite que te la doy’. Como habíamos hecho desde que teníamos 12 años. Fue lo que pasó y todo terminó con mi triple. Yo, como se ve en la foto de Infoliga (un sitio marplatense especializado en básquetbol), sólo atiné a chocarle la mano y él pegó un salto como él hubiese metido su primer triple. Luca, en vez de querer mostrarse, sólo se preocupó por que yo disfrutara, teniendo la madurez de un tipo de 20 años de Liga para ponerle el broche de oro a uno de los momentos más felices de mi vida”, relata desde Mar del Plata.

Vildoza con la camiseta de Quilmes, donde también brilló (Gentileza La Liga)

Cuando Baskonia lo compró, en 2016, accedió a que se quedara una temporada más en la Liga, con Quilmes. “Fue una apuesta arriesgada, nuestra y del club, que le dio el equipo a Luca, pero todo salió redondo. Llegaron a final de conferencia y él se fue más preparado a España”, analiza el padre. Pero, claro, Europa es otra cosa, en todo sentido, pero en especial en lo físico y a Luca le costó hasta al punto que hubo días que llegaba llorando a la casa por la frustración, según relató su madre. “Sabía que sería duro, pero cuando estás ahí, te das cuenta que es otra cosa y sí, claro, sufrió bastante en esos primeros dos meses. Le costaba defender, también atacar. Yo, cuando veía los partidos, pedía que lo sacaran, porque lo veía sufrir… Por suerte le tocó un DT ideal, como Pedro Martínez. Ahí cambió totalmente la dieta, bajó seis o siete kilos y ese cambio físico le permitió defender. Y empezar a jugar… Las lesiones de los bases (Granger y Huertas) le dieron minutos y confianza, y terminó jugando una final”, detalla Marcelo. El padre completa su análisis sobre cómo siguió el proceso de su hijo. “En el segundo año hubo un cambio de DT, pero el nuevo también le dio mucha confianza. El llamado de atención fue que terminó muy desgastado en lo físico. En ese sentido tenía que dar un salto y lo hizo en esta tercera campaña. Fue una lástima que pasara lo de la maldita lesión del hombro en octubre, pero tuvo suerte. La pandemia lo benefició y le dio tiempo de recuperarse y volver a jugar”, opina.

Fernández es del círculo íntimo de los Vildoza, hombre de consulta permanente, por eso vale escuchar su análisis sobre el progreso de virtuoso base. “Yo noto una importante maduración intelectual con respecto a su edad. Me asombra cuando hablo con él y eso lo veo plasmado en la cancha. Una de sus falencias era lo defensivo, cómo iba a sobrellevarlo en Europa y hoy, si bien no es Campazzo, al menos hace sombra, como lo cargo yo cuando hablo (se ríe). Tácticamente está jugando bárbaro, en ambos costados. Eso habla de su progreso en todo sentido. Juega en ambos puestos, base y escolta, y eso también le ha dado confianza. El resto lo hace con su enorme talento, el mismo que tenía a los 8 años. Luca nació así, siempre le salió todo fácil. Y todavía tiene mucho futuro por delante”, analiza.

Jugando un torneo provincial, en el club donde brilló desde muy pequeño. (Gentileza Tomás Alonso).

El padre cree que la maduración en la cancha tiene que ver con la personal. “Yo lo escucho día a día, la visión que tiene de la vida, y noto cómo afronta cada desafío. Como pasa con las lesiones, que han sido traumáticas porque han requerido cirugías o mucho tiempo de inactividad, pero para él son contratiempos. Tiene claro, desde muy chico, que esto es su vida y sabe cómo lidiar. Además tiene la ayuda de psicólogos… Noto a Luca con otra madurez y eso está directamente con todo lo vivido, con una experiencia de vida mucha mayor a cualquier chico de su edad, por la cantidad de frustraciones y alegrías que lo han hecho crecer”, explica. Con este nivel, el demostrado en el Mundial con Argentina y el actual en Baskonia, cada vez la NBA suena más fuerte, pero el padre lo ve todavía en Vitoria. “Tiene una alta cláusula de salida y sería raro que se vaya. Además, está muy cómodo y contento. La ciudad es muy acogedora, sobre todo con los argentinos. Y él habla maravillas de todos en el club. La única duda es cómo hará Baskonia para afrontar los problemas económicos que ha dejado la pandemia”, razona Marcelo.

Luca ante Barcelona, durante la final. (Gentileza Liga Endesa)

Por lo pronto, Luca disfruta. Y vive su sueño. “Ni en los sueños pensé que iba a llegar a esto. La vida es buena, te lo juro”, dice. Pero, claro, conociendo su historia, está claro que él ha sabido ganarse la bondad de su vida…