La foto 51 y el hallazgo de la doble hélice

La saga del ADN y Rosalind Franklin 

En la década de 1950, cuando investigaba la estructura del ADN, Rosalind Franklin era una desconocida, y fue ninguneada a la hora del reconocimiento público. Sus colegas cercanos, en cambio, valoraban su trabajo y no se privaron de usar sus descubrimientos. Sin embargo, con el paso del tiempo, la fama de Rosalind Franklin ha crecido y hoy nadie discute sus méritos.

Rosalind, como química, tuvo un papel destacado en la carrera para descifrar la estructura molecular del ADN (Ácido Desoxirribonucleico). El ADN codifica la información que controla nuestra herencia biológica, de ahí la importancia del problema.

En Inglaterra, en el King's College de Londres y la Universidad de Cambridge estaban los dos grupos principales que estudiaban el ADN. En King's College los investigadores principales eran Maurice Wilkins y Rosalind Franklin. Pero no llegaron a formar equipo, sus diferencias personales y profesionales envenenaron la colaboración. En Cambridge, en cambio,  había un equipo eficaz formado por un joven norteamericano, James Watson, ambicioso e irreverente, y Francis Crick, un inglés un poco mayor con una energía y entusiasmo contagioso.

Los dos grupos colaboraban y competían, en proporciones variables y según el momento. La forma de abordar el problema era diferente en los dos laboratorios.

Crick y Watson se concentraron en usar datos ajenos y construir modelos matemáticos y materiales. Usaban piezas que encajaban como creían que debían encajar las proteínas del ADN, una especie de mecanno que podían ir armando para buscar estructuras. Los modelos de Watson-Crick eran una primera aproximación útil, pero ellos dependían de los datos duros provistos por los Rayos-X para resolver el problema. Por su parte, Wilkins y Franklin usaban los Rayos X como herramienta principal.

Rosalind estudió Química en Londres y en 1951, a los 31 años,  se incorporó a King's College. Venía de un post doctorado en París, donde se especializó en Rayos-X y fue brillante en todos sus trabajos. Provenía de una familia acomodada y culta donde incentivaron su vocación científica. Wilkins tenía 35 años, había trabajado en física y en biología, y en King's College ya había obtenido imágenes del ADN, antes de la llegada de Franklin. Pero la imagen no es todo. La información es indirecta y la estructura debe ser decodificada en un cálculo matemático complejo. Hoy la parte más tediosa del cálculo lo hace una computadora, pero en 1951 las pocas computadoras que existían se usaban para otras cosas.

Cuando Rosalind Franklin llegó a King's, en 1951, encontró un flamante equipo de Rayos-X adquirido por Wilkins. El conflicto entre ellos apareció desde el comienzo. Wilkins entendía que Franklin iba a ser su ayudante, una simple auxiliar. Pero Rosalind con un post doctorado a cuestas, pensaba que tenía pleno derecho a su propia línea de investigación. Al contratarla, le habían dado a entender que la investigación del ADN iba a ser suya. El jefe del laboratorio generó el malentendido, pero nunca lo aclaró. Y la personalidad de cada uno agravó el problema. Franklin era frontal, directa, y no se callaba nada. Wilkins era tímido, odiaba la confrontación y tenía el hábito inglés de los sobrentendidos y las medias palabras.

En Cambridge, Crick y Watson, aunque cada uno tenía su ego, se entendían bien. Watson era un joven biólogo de 24 años, nacido y doctorado en Estados Unidos. Crick, de 35 años había empezado por la física pero se había doctorado en biología recientemente.

Para 1953 ambos equipos habían avanzado, compartiendo discusiones científicas y algunos datos. Franklin y un estudiante de doctorado obtuvieron una imagen de Rayos-X, numerada como “foto 51”, hoy famosa. El estudiante se la mostró a Wilkins, y Wilkins a Watson, sin conocimiento de Franklin. Para Watson fue un momento eureka. Se dio cuenta de que estaba más clara que nunca la estructura tipo hélice del ADN. Corrió a Cambridge y con Crick se encerraron en el laboratorio, desarrollando febrilmente su modelo. Cortaron toda comunicación con Franklin, pero también con Wilkins y el grupo de King´s. Querían ganar la carrera ellos solos y lo consiguieron.

Encontraron que el ADN tiene forma de doble hélice, y esto ayudaba a entender que la estructura pudiera duplicarse, y que sirviera como una especie de “programa” químico que codificaba la información genética. Los detalles de cómo se hace esto son muy complejos y hasta hoy son tema de frontera en investigación biológica.

Watson y Crick armaron un modelo a escala definitivo e invitaron a Rosalind y Wilkins a Cambridge a verlo. Los cuatro se convencieron de que el modelo era correcto, y acordaron en un pacto de caballeros (y damas) enviar tres trabajos a la prestigiosa revista “Nature”. Se publicaron de manera simultánea, el de Watson-Crick, el de Wilkins con dos colaboradores y el tercero de Franklin y su alumno.

Rosalind, harta de su estatus laboral conflictivo, se mudó a Birbeck College y abandonó el ADN. Continuó una carrera exitosa, estudiando los virus, pero en 1958 un cáncer de útero cortó su vida prematuramente, a los 38 años.

Cuatro años después, en 1962, Crick, Watson y Wilkins compartieron el premio Nobel de Medicina por su descubrimiento. Sólo Wilkins mencionó a Rosalind al recibir el premio, aunque sin resaltar el papel clave que había jugado en la investigación.

Watson, por su parte, publicó en 1968 un libro, “La doble hélice” lleno de chismografía, desenfadado y muy crítico de Rosalind. En un apéndice, sin embargo, admite que lo que cuenta es su impresión de aquel entonces, al calor de la lucha, que cambió después cuando conoció mejor a Franklin. El libro fue un éxito de ventas y, como paradoja, llevó a otros a defender el rol de Rosalind Franklin, haciéndola salir del anonimato.

Tras el reconocimiento de sus sus contribuciones a la ciencia, su prestigio ha ido creciendo y es por eso que hoy se honra su memoria en las fundaciones e instituciones científicas que llevan su nombre. Su muerte temprana no le permitió disfrutar de este bien merecido reconocimiento.

Javier Luzuriaga es soci@ de Página/12 y físico jubilado del Centro Atómico Bariloche- Instituto Balseiro.

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