El presidente de Brasil se convirtió en un Calígula posmoderno

Bolsonaro veta ayudas en medio de la pandemia

El mandatario deja sin efecto la asistencia de emergencia a los sectores más vulnerables: los pueblos originarios y las comunidades quilombolas
Imagen: EFE


Jair Bolsonaro anunció su gripezinha en el día de San Fermín, un 7 de julio. Lejos de Pamplona y en un Brasil devastado por la pandemia. La tragedia taurina quedó suspendida por el coronavirus pero hay otra que sigue y tiene rostro humano. Se extiende por el mundo desde el 11 de marzo cuando la OMS anunció la envergadura de esta peste. El presidente de Brasil se propuso que corriera sin freno por las calles de su país. Empujó hacia el matadero a decenas de miles de personas – si se permite la alegoría – con una deliberada dosis que combina el patetismo y una política criminal. Ahora vetó varios artículos de una ley que asistía a los sectores más vulnerables: los pueblos originarios y las comunidades quilombolas que tienen los índices más altos de mortalidad por covid-19.

El jefe de Estado ignoró a la ciencia, subestimó a los científicos y se convirtió con el paso de los meses en un Calígula posmoderno. Aquel emperador romano que se vestía de dios, atacaba al Senado y llamaba traidores a quienes ocupaban sus curules o -según cuentan sus biógrafos-, el que mandó a levantar una estatua suya en Jerusalén. El militar cuyo segundo nombre es Messias – nada parece casual – nunca llegó a dar este último paso. Apenas logró bautizarse en el río Jordán con el pastor evangélico Everaldo Dias Pereira que lo acompañó en una ceremonia religiosa en mayo de 2016. Los dos vestían una toga, como aquel personaje imperial que amaba a su caballo Incitato y lo elevó a la categoría de cónsul.

El problema más grave de Bolsonaro no es que utilizara la toga, ni su histrionismo malsano, ni siquiera su campaña contra el uso del barbijo que desdeñó hasta que se contagió la covid-19. El problema son las cifras, las estadísticas frías que mandó a ocultar, como si fueran a completar una planilla de Excel en la oficina del burócrata militar al que designó como ministro de Salud: el general Eduardo Pazuello.

Son cifras de muertos o contagiados que a Brasil lo ubican en un podio que nadie quisiera ocupar: segundo detrás de Estados Unidos. El 1.668.589 de infectados que suma el país vecino, así contabilizado no alcanza a describir ni completar la desgracia humanitaria. Representa en porcentaje casi el 15 por ciento de las personas que en el mundo estuvieron o se mantienen enfermos por el virus. Y si se toman en cuenta los muertos, Brasil con 66.741 – según el mapa de la Universidad Johns Jopkins de EEUU- tiene casi el 12 por ciento de las víctimas fatales del planeta. Son cifras que aumentan con la velocidad vertiginosa e indetenible de un cuentakilómetros.

Hay un concepto que acerca bastante a Bolsonaro con el emperador romano. Lo dijo en el marco de su seguidilla de imprecaciones contra la covid-19: “Sin pánico o histeria, como vengo diciendo desde el principio, venceremos al virus y estaremos orgullosos de estar viviendo en este nuevo Brasil, que tiene todo para ser una gran nación”. Calígula caía en esos delirios de grandeza, convencido de su dimensión divina. El presidente confesó el lunes que no temía preocuparse por su “condición de atleta”. Pero el virus lo hizo tambalear. Reconoció que sintió “cansancio, fiebre y dolor muscular”. Si dio positivo fue porque su propia decisión como jefe de Estado lo hizo topar con la peste. La buscó de múltiples formas, como cuando montó a caballo en una manifestación a su favor y en contra del Supremo Tribunal Federal a principios de junio en Brasilia. Fue acaso la postal más parecida a Calígula cabalgando sobre su caballo Incitato.

Bolsonaro olvida el costo en vidas de su política negacionista. Pero además somete a los sectores más postergados del pueblo brasileño a calamidades adicionales durante la pandemia. Como el emperador romano que gobernó desde el año 37 al 41 (DC) cuando la emprendía contra el Senado, el presidente acaba de vetar una ley aprobada por ambas cámaras del Congreso que está destinada a los pueblos originarios, comunidades quilombolas y otras minorías étnicas.

La norma los define como “grupos en situaciones de extrema vulnerabilidad” y que corren riesgo de sufrir emergencias de salud pública. La noticia se conoció este martes cuando salió publicada en el Diario Oficial de la Unión, el equivalente al boletín oficial de Argentina. El militar que reivindicó la tortura cuando era diputado federal en el mismo parlamento que hoy desaprueba, vetó varios artículos de la ley que los diputados aprobaron el 21 de mayo y los senadores el 16 de junio.

Para justificar su oposición a lo que se convalidó en el Congreso, el gobierno argumentó que el texto legislativo originaba gastos obligatorios sin demostrar “el impacto presupuestario y financiero respectivo, que sería inconstitucional”. Esos fondos estaban destinados a asistir a aquellas comunidades olvidadas que según la organización Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (APIB) – y que representa tan solo a una parte – a principios de julio tenían unos 10.300 contagiados de coronavirus y 408 muertos entre distintas comunidades índígenas. El diario Globo informó que eran bastante más que los 6.800 infectados y 158 fallecidos que había reportado la Secretaría Especial de Salud Indígena (Sesai) al 1° de julio.

Los artículos vetados por Bolsonaro alcanzaron a la obligación del gobierno de proporcionar a los pueblos originarios y comunidades quilombolas – habitadas por negros, mestizos y pardos - “acceso al agua potable”; “distribución gratuita de materiales de higiene, limpieza y desinfección para las aldeas”; “el suministro de camas de emergencia en hospitales y unidades de cuidados intensivos”; la compra de “ventiladores y máquinas de oxigenación de la sangre” y la liberación de “fondos de emergencia para la salud indígena; la instalación de internet y distribución de canastas de alimentos básicos en los pueblos”, entre otras cuestiones que menciona la ley y reprodujo Globo.

La tasa de mortalidad por covid-19 entre los pueblos originarios es casi el doble de la que afecta a la población en general.

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