Fiestas patrias

Imagen: Guadalupe Lombardo

Desde chica, siempre tuve fascinación por las fiestas patrias. Me gustaba la historia argentina, hablaban de cosas que yo entendía, de historias fascinantes. Las actividades del festejo patrio se preparaban con mucha anticipación. El 9 de Julio venía casi enseguida del 25 de Mayo y el 20 de Junio, pero tenía su sello propio. Yo pensaba que si le habían puesto ese nombre a esa avenida tan inmensa que cruzaba la ciudad era por algo. Independizarse de los españoles no era poca cosa, ser libres e independientes de la monarquía. Elegir la libertad es hacerse cargo. Yo percibía esa energía de rotas cadenas y me fascinaba. Lo que debe haber sido vivir en esa época. ¡Qué intensidad! Los hombres con esas calzas, las botas hasta la rodilla, el saco largo con las solapas levantadas, el pañuelo en catarata, patillas, sombrerito en la mano. Las mujeres, qué divinos esos vestidos de telas increíbles, con muchos volados y puntillas en las mangas, los guantes hasta el codo, los cuellitos, ¡los peinados! Me pierden esas peinetas de carey. ¿Cuánto tardaban en vestirse y en peinarse? ¡Como para salir corriendo al Chino! Pensaba en todo eso mientras hacíamos el acto. Y después... ¡El locro! ¡Empanadas calientes! 

Yo tenía la sensación de que la gente era mas feliz en las fiestas patrias. Recuerdo esperarlas con mucho entusiasmo. Confieso que no me gustaba mucho la escuela primaria, pero esas fechas compensaban todo. ¡Las amaba! 

Ese día todo era lindo y especial, hasta el desayuno con chocolate caliente que hacíamos poniendo las barritas en la leche hirviendo. Y todo acompañado con tostadas crujientes de pan de panadería con manteca y mucho dulce de leche. Mi guardapolvo blanco e inmaculado esperaba en una percha su día especial. Bien planchado y con una hermosa escarapela hecha por mí. Y no era la misma que la del 20 ni la del 25, noooo. Yo hacía una escarapela nueva cada año y para cada fecha. La del 9 de Julio era la más grande: triple voladito. Me había pasado una tarde entera haciendo escarapelas para toda la familia, para los vecinos y para los compañeritos que se habían olvidado la suya. Me llenaba el bolsillo del delantal con todas y en una almohadita pinchaba varios alfileres. No iba a permitir que nadie estuviera sin escarapela cuando cantáramos el Himno Nacional. ¡Qué emoción tan grande la unión de voces en el patio helado de la escuela! El corazón me latía fuerte. “Oíd el ruido de rooootas cadeeenas… “ 

Me emocionaba ver mi escuela decorada de celeste y blanco el día del acto. Venía la familia a verte, había un público enorme que estaba esperando la representación que habíamos ensayado durante semanas. Nos cambiábamos, nos poníamos el vestuario, el salón de actos se convertía en un teatro, los baldosones encerados, los vidrios brillantes. La maestra de música sentada al piano con sus partituras, la directora anunciando el acto por un micrófono que acoplaba que era un contento. Los compañeros y las maestras alentando a los más tímidos, no era mi caso, yo siempre fui una descarada. A mí tenían que bajarme del escenario. Y todo comenzaba a llenarse de personajes de la época: damitas antiguas, caballeritos y mazamorreras. Me gustaba ver el contraste que se generaba. Público y actores. Mundo real y ficción. Era un plató cinematográfico. “Coronados de gloria… vivaaaaaamos…” 

Yo creo que fue mi primer contacto con lo artístico, con la actuación más concretamente. Representar una escena, un momento importante de la historia de nuestro pais. Supongo que ahí entendi la diferencia entre realidad y ficción. Porque lo que representábamos era la historia, una recreacción de lo que había ocurrido, los personajes habían existido, ya estaba todo inventado, sólo había que revivirlo. 

Revivir los momentos, recrearlos. Esa era la diferencia entre los cuentos infantiles y la realidad histórica de un país. Me llenaba de respeto, mi cabeza volaba con esos personajes. Esos debates politicos tan lejanos para mí y que hoy son mi pasión. De grande incorporé estas fechas como acontecimientos importantes para la familia. Y cuando nacieron mis hijos más todavía. Hoy son una tradicíon familiar que todos disfrutamos. Los dias previos ya empezamos a hacer planes y listas con las cosas que hay que comprar. Mis hijos participan con mucho entusiasmo. Y aprovechamos para repasar la historia. Hacen preguntas, les cuento sobre los actos de mi infancia y les fascina. Escuchamos folklore, les enseño a bailar chacarera, zamba. La cancion favorita de mi hija es: “Zamba Para Olvidarte “. 

La casa comienza a llenarse de celeste y blanco. Lo disfrutamos como un gran cumpleaños porque decimos que es el cumpleaños de todos, un cumpleaños patrio. Con ese espíritu sacamos la bandera que guardo en un lugar especial y entre todos la dejamos estiradita y orgullosa desplegada en nuestro balcón. Y después el locro, cada ingrediente, todo a una olla enorme que nos une en la cocina. A eso le sumamos el pan casero, las empanadas con carne cortada a cuchillo un excelente vino mendocino. Cuando ponemos el mantel y armamos la mesa siento que es una mesa grande a la que deberímos sentarnos todos más allá de nuestra diferencias. Y brindar por nuestra Patria. Nos la pasamos hablando de grietas, de diferencias. Los políticos buscando cualquier bajeza con tal de ensuciar al oponente dejando en evidencia su falta de valores y casi siempre olvidando lo más importante: al pueblo. Yo creo firmemente en que el amor a la Patria es lo único que puede unir las diferencias. Prueben en sus casas, van a ver qué bien le hace a la familia, a la de cada uno, a la Familia Argentina honrar nuestro pasado y resignificar el presente. 

Para que nos una siempre el amor y nunca el espanto. 

Es mi deseo para el Gran Pueblo Argentino.

 ¡Salud!

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