Podestá y la transformación de la Iglesia

Gerónimo Podestá, entre Cortázar y Mugica.Gerónimo Podestá, entre Cortázar y Mugica.Gerónimo Podestá, entre Cortázar y Mugica.Gerónimo Podestá, entre Cortázar y Mugica.Gerónimo Podestá, entre Cortázar y Mugica.
Gerónimo Podestá, entre Cortázar y Mugica. 

El Cardenal me reprochó que los fieles de la diócesis me llamasen El obispo Frazada. Entendí que para él no fuera gracioso que un obispo, dentro de sus medias moradas, ande por los inquilinatos distribuyendo cobijas a los que tienen frío.

(Leopoldo Marechal, Megafón o la guerra)

El 8 de agosto, monseñor Jerónimo Podestá hubiera cumplido cien años y seguramente, con Francisco en el trono de Pedro, habría festejado su cumpleaños con esperanza. Hijo de una familia acomodada de Buenos Aires, Podestá se ordenó sacerdote en 1946. Al regresar de Europa, donde se doctoró en Derecho Canónico, fue profesor en el Seminario de La Plata y en 1963, designado obispo de Avellaneda.

Por formación y origen social, su destino parecía conducirlo a una segura carrera eclesiástica en el sector más tradicional de la Iglesia. Pero su camino fue otro: optar por los pobres y dar testimonio de vida en tiempos duros, menos fértiles, hasta sus últimas horas. Ni él mismo imaginó de qué manera la historia lo convertiría en un profeta de los debates y transformaciones que sacudieron a la Iglesia Católica posconciliar.

Las lecturas de Maritain, Teilhard, Mounier, Rahner, Kûng le habían permitido a Podestá desarrollar una visión abierta, humanista, de la historia y de la fe. También influyó de manera decisiva en su pensamiento el encuentro, durante su participación en el Concilio Vaticano II, con la figura descollante y visionaria del obispo de Recife, Helder Camara, con quien estableció, luego, una larga amistad. Cuando Paulo VI produce la Encíclica Populorum Progessio, que proponía reformas audaces, estructurales, de inmediato, Podestá se transformó en su apasionado difusor.

Los años sesenta y setenta estaban sacudiendo el escenario político y social latinoamericano y la Iglesia no era ajena a esos temblores, estimulados por los debates del Concilio Vaticano II. Sin embargo, los sectores tradicionalistas y más conservadores seguían considerando incompatibles las ideas de la tradición ilustrada, políticamente liberales y democráticas, con el catolicismo. Se atrincheraban en la ortodoxia preconciliar, en las condenas del Syllabus de Pío IX, y consideraban a los cambios del Concilio como otro eslabón en el proceso de laicización y secularización originados en el Renacimiento y en la Reforma protestante, ideas que --consideraban-- luego habían provocado la Revolución francesa, la Revolución Rusa y, en estos cielos, la revolución cubana. Esos gérmenes, pensaban, se habían infiltrado en el interior de la Iglesia y la carcomían desde adentro. Para el catolicismo tradicionalista argentino, monseñor Podestá era una de las puntas de lanza de esa penetración progresista.

La revista Así, tal vez la más popular en los años sesenta, lo bautizó con una nota de tapa: “El obispo enamorado” por la relación que estableció -- siendo obispo de Avellaneda-- con su secretaria Clelia Luro, separada y madre de seis hijas. Un vínculo que escandalizó a la jerarquía católica, a la sociedad pacata y con demasiado olor a incienso de la época, y sirvió de excusa para apartarlo del cargo.

Era evidente que la actitud de Podestá no respondía a la de un obispo tradicional. Ni en sus gestos cotidianos ni en su compromiso social. Sorprendía verlo manejar su autito por las calles de tierra de Berisso, barriadas obreras que lo habían acercado al peronismo y sus reivindicaciones sociales, así como habilitar en su diócesis, en el Hogar Stanford de Quilmes, las primeras reuniones del futuro Movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo, y dar apoyo y protección a la experiencia de los “curas obreros”, que se instalaron en Avellaneda. Pero fue la difusión de la Encíclica lo que hizo que el general Onganía lo declarara “el principal enemigo de la Revolución Argentina”, de su dictadura.

La amistad con Helder Cámara, el recuerdo de su abuelo Raimundo Wilmart, socialista anticlerical y activo participante de la Primera Internacional, y, finalmente, la inesperada e inoportuna aparición del amor por Clelia, alteraron la brújula de su vida e hicieron de su prédica y figura un revulsivo para la Iglesia más conservadora de su tiempo. Un camino que pagó con la soledad y el aislamiento a que lo sometieron su familia y la mayoría de los obispos, la suspensión “ad divinis” que le aplicó Pablo VI, las amenazas de la triple A y el exilio a partir de 1974.

En el año 1971, Carlos Sacheri, filósofo tomista, desde el nacionalismo católico, publicó La Iglesia Clandestina denunciando que “en nuestro país, el tercermundismo constituye la versión, no única pero sí principal, de la organización progresista internacional. Poniendo en ejecución sus doctrinas, su organización y su metodología esencialmente clandestinas, el Tercermundismo configura una ‘Iglesia paralela’ que intenta instrumentar todo lo cristiano al servicio de una revolución social de inspiración marxista”. Estas ideas, que muestran el nivel crítico del enfrentamiento interno en la Iglesia, dieron justificación y sustento ideológico al terrorismo de Estado que, en complicidad con sectores de la jerarquía eclesiástica, persiguió, exilió, torturó, asesinó y despareció a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos.

Ya casi anciano, como presidente de la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados, Jerónimo seguía atendiendo a quienes pedían consejo o comprensión, desde su caserón en la calle Gaona, con Clelia, su compañera de lucha, rodeado de plantas, hijas, nietas y nietos. Seguía soñando con otra Iglesia, sostenía que la Iglesia tiene que borrarse la opresión del pecado: “¡Qué la Iglesia termine de denostar a la carne! No se puede construir un futuro sobre la noción de pecado. Hay que construirlo sobre la noción del bien, del amor, de la libertad”. Jerónimo imaginaba una Iglesia horizontal, ecuménica, fraternal, que termine con la visión negativa del sexo y el celibato obligatorio, que integre a la mujer y que considere “que la norma definitiva y primera del obrar es la propia conciencia.

Podestá supo ver los cambios que se estaban produciendo en el mundo y bregaba por una Iglesia que supiera leer los signos de los tiempos. “No siempre podemos delimitar lo que llamaríamos las encrucijadas de la historia”, decía en 1967. “En un mundo cada vez más dinámico, quien tenga verdadero sentido de la dignidad humana será responsable frente a la historia del desarrollo integral de la humanidad”. Nunca tan actual.

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