Elegir entre confianza incierta o rechazo total

Imagen: Kala Moreno Parra

 Habría dos dimensiones de las noticias argentinas de estos últimos días, que sin embargo pueden unificarse en cierto aspecto.

Una dimensión remite al paisaje ya habitual, pero agravado, de cifras de contagios y muertos que empalman con la desolación económica y con cuánto el Gobierno sabrá seguir piloteando presente y panorama.

Jujuy, a donde el guapo de utilería Gerardo Morales supo convocar como sede del retorno futbolístico porque allí se había sabido superar el drama pandémico, está en colapso sanitario y pide ayuda nacional.

De paso o urgente: ¿cuánto necesitaría Jujuy, ya mismo, del formidable entramado de protección sanitaria y social que desarrolló la Tupac, y que su capanga gobernante destruyó a efectos estrictos del odio blanco?

El conurbano bonaerense, paradigma inverso porque las autoridades provinciales previnieron en forma constante sobre el peligro que acecha, está tanto o más complicado.

La otra anchura es el acuerdo con la sección aparentemente más complicada de los acreedores aparentemente sólo externos, mientras resta la tenida con el FMI que es, aparentemente, el nuevo amigo con derechos especiales.

La primera dimensión, el virus, es una premura que rige la totalidad del ánimo colectivo.

La segunda, ese tramo de la deuda renegociada que sería trascendental porque tira la pelota hacia adelante a fines de un mientras tanto más cómodo, le interesa a unas minorías dirigenciales y politizadas que todavía tienen (tenemos) ánimo para prestarle atención.

Si es por la primera, sigue tratándose de que el Gobierno administre, lo mejor posible o probable hasta que aparezca el antídoto, las problemáticas y desgracias de infectados y fallecidos.

No existe otra opción, se lo diga directa o analgésicamente.

El ministro de Salud bonaerense, Alberto Gollan, adelantó e ilustró que sin vacuna es inimaginable la temporada de verano en su acepción turística y, sobre todo, playera.

Lo destruyeron.

Le endilgan adjetivos y figuras de denuesto múltiples, pero sin un solo argumento serio en contrario.

¿Con quién se enojan? ¿Con el mensajero de lo obvio? Y aun cuando hubiere vacuna, ¿a qué zombie se le ocurre que bastará lo que falta hasta el verano para su aplicación segura y masiva?

Debería agradecerse a Gollan que haya sido tan módico en la prevención de un vaticinio elemental.

Su segundo, el sanitarista Nicolás Kreplak, sufrió linchamiento mediático similar por haber admitido, el 15 de junio pasado, que “compraba” un certificado garantizador de cuarentena hasta mediados de septiembre.

¿Quién tuvo razón? Kreplak, sin la más remota duda. Se está en medio o al borde del récord de contagiados, y de la saturación no de camas --que también-- sino de falta de terapistas especializados.

Todos comprarían, hoy, lo que Kreplak quería comprar hace dos meses, cuando le saltaron a la yugular. ¿Quién lo reconoce? Nadie. O bien, nadie si uno se deja llevar por los cantos de sirena de la militancia del rencor.

En la dimensión de la otra noticia, se producen tres tipos de protagonistas. De diferente alcance.

Algunos festejan prácticamente sin más ni más la pericia demostrada por el Gobierno en la conducción negociadora con los bonistas.

Algunos izquierdoides narcisistas, eternos contribuyentes al éxito del fracaso, insisten ¿melancólicos de qué? con un Gobierno de pantalones bajados. Dicen, entre otros escasos señalamientos, que cabe investigar el origen de la deuda (vale, desde ya) pero como si, incluso si hubiera fallo favorable a la nulidad de lo actuado, eso fuese oponible a la contraída con el Fondo Monetario. O con los bonistas.

La mayoría, dicho con criterio de simple ojímetro, sencillamente espera que el liderazgo de este espacio gubernamental encuentre una salida potable.

El decisivo social no se detiene en aspectos técnicos, claro que atendibles.

¿Acaso los bonos renegociados con los fondos de inversión extranjeros no incluyen a bonistas locales? ¿El mejicano David Martínez, socio de los dueños de Grupo Clarín en Telecom, no encabeza el fondo Fintech? ¿BlackRock y Paolo Rocca no tienen nada que ver? ¿El Fondo Monetario aceptará alegremente darle una mano a Argentina y, por arte de magia amistosa y vaticana, dejará de requerirle ajuste fiscal a través de reformas jubilatorias y laborales? (ya se sabe, o debería saberse de sobra, de qué se habla cuando se lo hace de ajuste fiscal. Nunca se ajustan quienes más tienen).

¿Qué hacemos con esas contradicciones?

¿Cómo se resuelve esa dialéctica?

¿Nos concentramos en antítesis o en coincidencias básicas?

¿Qué une a la dimensión noticiosa del virus y la del arreglo con los bonistas, para poner el ejemplo que parece traído de los pelos?

¿Qué junta cómo plantarse frente a ambos temas y, mañana, ante cualesquiera otros que surgieren, siempre y cuando estén claros el aliado y el enemigo?

Los nuclea si hay entusiasmo, o expectativa prioritaria, para confiar en la incierta creatividad que el Gobierno tenga o vaya a tener. O si solamente prima rechazo por el rechazo mismo.

Con todos sus errores de comunicación, que lo son por falta de intensidad y por repetitividad cansadora de crítica al macrismo en sus medios de comunicación afines, el Gobierno está haciendo mucho más que lo que transmite.

No es únicamente que Martín Guzmán --y primero Alberto/Cristina Fernández-- les tapó la boca a quienes no pararon de intentar crucificarlo como un tarado que gracias si servía de ayudante de cátedra, incapaz de enfrentarse a los lobos de Wall Street.

Hasta comienzos de la semana pasada y según la opinión violetamente unánime de la cátedra, de sus economistas chamanes que viven equivocando profecías y de sus comunicadores carentes de estatura hasta para reconocer errores siquiera por demagogia, Guzmán era --con suerte-- el 4 de Sacachispas.

De repente, como apuntó Alejandro Bercovich, son todos guzmanistas de la primera hora.

Es que hay cuestiones como el relanzamiento del Procrear; la ampliación de la moratoria impositiva; la asistencia al abajo de todo y aun a sectores medios; la obra pública como dinamizador perentorio, que no son mensurados como, de mínima, se debería.

O sí, pero sin posibilidades de expresión pública porque los sensibles más auténticos, ésos que colmarían las calles y no pueden porque saben que no deben, son colectiva e infinitamente más responsables que quienes las ganan para embanderarse con los estafadores de Vicentin como resguardo de la Patria. Y con la patria judicial como talón de lo que ni siquiera conocen, por fuera de lo que les cuentan sus Pirinchos.

En fin. Miren hasta dónde llega lo que la derecha le hizo a este país que, aunque sea, debe festejarse pagar mucho menos, y a plazo más largo, apenas una parte de la fiesta orgiástica que se pegó el Gobierno más siniestro de nuestra historia democrática.

Qué alentador sería poder creer que, al menos, esto habrá servido para que un segmento importante de los argentinos haya aprendido la lección de no confiarle el voto, nunca más, a quienes desde su propio prontuario enseñan --de manera explícita, encima-- cuáles intereses representan.

Y qué necesario es decir que muy difícilmente sea así.

El odio o el resentimiento de clase, como categorías ideológicas, suelen anteponerse al raciocinio político.

No debe ser un registro paralizante, sino justamente todo lo contrario.

 


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