Las depiladoras volvieron a trabajar después de 4 meses

Cavado profundo y barbijo

Patricia Caballero es una de las tantas depiladoras de barrio que durante la pandemia debió reinventarse de mil maneras para sobrevivir.  Ahora que volvió a abrir, el protocolo le implica más trabajo que el habitual pero se recuperó un espacio al que van sus vecinas no sólo a sacarse los pelos sino que es un lugar de encuentro y contención, donde abunda la charla y la complicidad.
Imagen: Estefanía Santoro

Cualquiera que pase por la puerta de Cangallo 5115 en Villa Dominico, localidad del partido de Avellaneda puede sentir olor a cera caliente. Patricia Caballero fue pionera en implementar en su barrio el sistema de depilación español. En un pequeño cuarto de su casa arrancó en 1988 y para sus vecinas fue toda una novedad. Salían bien lampiñas, eso sí; un tanto doloridas pero fascinadas: ya no tenían que usar la “maquinita”. Era una época donde internet no existía, Patricia alcanzó popularidad con las recomendaciones de boca en boca y al año siguiente comenzaron a llegar mujeres de otros barrios.

Antes de la pandemia, el pequeño consultorio de Patricia era un desfile constante de mujeres de todas las edades, también travestis y trans. Llegaba a atender a más de 10 clientas por día. De lunes a sábados, a las 8 de la mañana la cera ya estaba derretida y el mate siempre listo. Patricia solo paraba un rato para comer. Quien escribe puede dar fe de todo lo que aquí se cuente, por haber sido su clienta durante 13 años, un vínculo que inmediatamente dejó de ser solo un intercambio de dinero por un servicio y se convirtió en una amistad. La misma que forjó Patricia con la mayoría de las chicas que pasaron por el cuarto de Cangallo.

“Acá vienen a depilarse, pero también nos reímos, lloramos, me cuentan que se separaron, se enamoraron, se recibieron, se casaron. También que se embarazaron y no podían seguir o no querían y yo buscando como loca entre amigas para que puedan acceder a una interrupción. También atendí chicas que me contaban que sus maridos o novios las golpeaban, algunas muy jovencitas que no se animaban a decírselo a sus padres, entonces yo hablaba con ellos. Como es un barrio es un trato muy familiar, muchas se conocieron acá mismo en mi consultorio y se hicieron amigas. Es una relación muy intensa la que hay acá entre la gente porque nos hacemos amigas, nos ayudamos”, cuenta.

Mientras prepara toallas recién sacadas del tender en el living de su casa, Patricia recuerda un episodio de hace 30 años atrás: “No me lo olvido más, yo era muy joven, tenía 20 años y ya había nacido mi primer hijo, era muy chiquito. La clienta salió de mi casa, un tipo la vino a buscar en una moto y la arrastró de los pelos. Me avisó un vecino que lo vio, salí con un palo y le empecé a pegar para que la suelte, reaccioné así. En ese momento al igual que ahora se siente mucho la ausencia del Estado con las chicas que sufren violencia de sus parejas, no saben a quién recurrir, la policía viene, pero no las ayuda. Hasta que la piba no aparece muerta nadie hace nada”, cuenta.

Los inicios

“Tengo clientas que vinieron en la panza de la mamá y hoy me traen a sus hijas, las vi nacer, crecer y convertirse en madres, ahora hacemos terapia juntas. Porque acá se charla de todo, es casi como un consultorio de psicología”, cuenta Patricia, con una sonrisa de oreja a oreja. Empezó a depilar en el centro de estética que tenía su tía en Belgrano apenas terminó el secundario, su familia necesitaba que colabore con la economía de la casa porque la plata no alcanzaba. “Mi papá era metalúrgico y mi mamá era sirvienta, ambos venidos del interior. Mi viejo, un militante comunista que sufrió persecución.” Patricia soñaba con estudiar abogacía y arrancó los estudios, se casó joven y a los pocos meses quedó embarazada. El trabajo y la maternidad no fueron compatibles con los horarios de cursada y tuvo que abandonar la carrera.

“Cuando nació Maxi, mi hijo más chico lo llevaba a mi trabajo porque no tenía con quien dejarlo, tenía muchas horas de viaje y mi tía me ayudaba con la crianza, mientras yo atendía en su centro de estética”. Años después Maxi empezó el jardín y Patricia tuvo que modificar su rutina de trabajo, dos veces por semana comenzó a depilar en su casa, el resto de los días de la semana seguía yendo a Belgrano.

Desde que el gobierno estableció el aislamiento social, preventivo y obligatorio las economías de las personas que poseen emprendimientos propios como Patricia se vieron seriamente afectadas. Su consultorio estuvo cuatro meses cerrado. El primer mes cuenta que se sostuvo con unos pocos ahorros que tenía y después comenzó a ingeniársela de diversas maneras para subsistir, vendió champú, medias, cremas y ella misma las entregaba a domicilio.

Un día de junio recibió un llamado de una clienta que estaba por parir y quería depilarse, al día siguiente otro de una mujer mayor que necesitaba masajes para calmar sus dolores. Su prima licenciada en Seguridad e Higiene le armó un protocolo especial para brindar sus servicios a domicilio. Compró material descartable para cubrir su cuerpo y su camilla, barbijo, máscara facial, lavandina, alcohol, cloruro de benzalconio, sanitizantes y unas pantuflas para cambiarse el calzado antes de ingresar a las casas de las clientas. Cargó todo eso en su auto y de a poco volvió a tener algo de ingreso, “cobrando lo mismo porque si aumentaba no me podían pagar”, asegura.

“Antes de la pandemia venían a depilarse muchas chicas trans, travestis y trabajadoras sexuales, siempre me contaban que a los grandes centros de estéticas no van porque son muy maltratadas y discriminadas, las miran con asco, les dicen que no. Acá son una más, como debería ser. A todas ellas se les cortó el trabajo entonces dejaron de venir y las que hacían otras cosas, por ejemplo, una de las chicas trans que coloca pestañas y uñas, sigue viniendo, pero menos porque también le bajó mucho el trabajo. Si a nosotras nos afecta a ellas más. Las trabajadoras sexuales me cuentan que deben los alquileres, piden plata prestada a sus amigos, venden las poquitas cosas que tienen hasta su propia ropa, están en una situación muy extrema”, asegura.

Patricia es hipertensa, por lo tanto, población de riesgo y además tiene a su cuidado a su mamá de 85 años, “no puedo cometer ningún error porque si entra el virus a mi casa hace un desastre”, cuenta. Una de sus amigas que es nutricionista le armó una dieta con todos los alimentos que debe comer para tener las defensas altas porque: “nosotras las emprendedoras no podemos parar, sino, esto nos lleva puesta, derrotados nunca, rendirse jamás”, remata citando al Che.

Protocolo

Recién la semana pasada pudo volver a abrir la sala, ahora da turnos programados y con intervalos de tiempo para esterilizar el lugar. Cada vez que se va una clienta desinfecta el cerero, la camilla y la funda de la camilla con cloruro de benzalconio, cambia las toallas, pasa un trapo con sanitizante y hecha alcohol diluido 70/30 en agua en todo el gabinete. “Así voy trabajando, con chaquetas y barbijos descartables, me lavo las manos a cada ratito y extraño horrores el mate con las chicas, pero estoy aprendiendo a convivir con el virus.”

Durante la pandemia los insumos que utiliza Patricia para trabajar aumentaron un casi el doble: “El alcohol, el nueve de marzo lo pagué 68 pesos la botella de medio litro, hoy está 150 y la cera, una de buena calidad que estaba 500 ahora está 950 y no lo puedo trasladar al precio de la depilación porque si aumento la gente no viene, entonces cada vez gano menos, pero tengo que sostener el trabajo. A eso hay que agregarle que gasto más en jabón para el lavado, lavandina, desinfectante, sanitizantes y cubre camillas descartables. Mi ganancia bajó un 60 por ciento, antes tenía 10 clientas por día y ahora tengo tres y como la gente no tiene plata, recurre a la maquinita.”

Durante los meses que estuvo la sala cerrada Patricia no pudo pagar la luz, ni el impuesto municipal, ni rentas. No pudo acceder al IFE porque al no contar con efectivo los insumos de la depilación debió pagarlos con la tarjeta y esos consumos la dejaron afuera de la ayuda social. Hace poco consiguió trabajo en una peluquería en Dock Sud, donde va algunos días de la semana y continúa vendiendo medias y cosméticos. “Para nosotras está muy difícil y yo no pago alquiler. Otras depiladoras están desesperadas, las que pagaban alquiler muchas cerraron y están vendiendo sus máquinas, las liquidan, una que salía 40 mil, la venden a 10 mil. Es muy triste porque ya no pueden sostenerse.”

Martina, la hija más chica de Patricia se quedó sin trabajo en marzo, ahora consiguió un ingreso mínimo dando clases particulares. Ana, la hija del medio, tenía su propio micro emprendimiento, hacia candy bar para cumpleaños, pero con la pandemia no pudo continuar. Tiene dos hijxs, accedió al IFE, pero no le alcanza, hoy vende ropa y coloca uñas postizas.

Ahora que, de a poco, en la sala de depilación de Patricia se vuelve a sentir la cera derretida, también vuelven las charlas con sus clientas: “Es muy gracioso ver a las chicas en calzones, pero con tapaboca y también compartimos un poco de risas y chistes para descontracturar todo. Ellas se descargan mucho acá. Trato de hablarles de otras cosas que no sea la pandemia y cuando se van me dicen ‘gracias me hizo de bien venir’ y les contesto que por ahora la consulta terapéutica es gratis, cuenta largando una carcajada y agrega: “Cuando te encontras con tus pares, te desahogas y te reís te hace bien. Una vez una amiga me dijo que mi casa era como un nido, un lugar para ir todas, ellas lo sienten así y yo también. Nos contenemos, es un lugar donde todas pertenecemos”.

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