La negativa del macrismo en descentralizar la ciudad, pese a lo prometido una y otra vez, es cada vez más clara. Como se dijo en este suplemento, hasta los comuneros aliados, del ARI/CC le están pidiendo que cumpla con la ley de Comunas. Pero esto significaría repartir presupuestos y sobre todo crear nuevos interlocutores en obras públicas, aunque sean pequeñas. Y el Plan Jefas y Jefes de Empresas Constructoras es también una caja electoral que hay que mantener bajo control, no sea cosa... Por algo Horacio Rodríguez Larreta creó una entidad de Atención a la Comunidad cuando era jefe de Gabinete del actual presidente, y la creó cerquita suyo. Esa entidad hacía obras sobrevaluadas siempre “por pedido de los vecinos” y justo a tiempo para las elecciones. 

Con lo que el anuncio de esta semana a través de los diarios oficialistas de una partida especial de presupuesto de 500 millones para hacer obras cuyo destino será votado por los vecinos tiene que ser leído en este contexto y tomado con gruesas pinzas. En la superficie es una idea bastante pensada y hasta justa en cierto sentido. La plata es para el programa BA elige y reparte los quinientos millones entre las quince comunas en proporción a su población y a su ingreso promedio. Así, Recoleta va recibir menos que nadie y la Comuna 8 va recibir más que cualquiera, 41 millones. Es curioso como esto refleja el cariño con que el PRO ve a la Comuna 2, tan paqueta, todo el tiempo: para hacerle obras no hace falta un plebiscito.

Pero en fin, la cosa es que los vecinos pueden registrarse –hay que identificarse– y proponer una obra de cualquier tipo y cariz. Las únicas condiciones son que la propuesta pueda ser controlada por el Ejecutivo sino pasar por la Legislatura y que no le genere gastos a futuro. Nada de pedir expropiar un edificio para hacer una plaza, que eso requiere una ley, y nada de pedir escuelas, que eso genera salarios y gastos futuros.

El macrismo anunció que va a analizar las propuestas durante el invierno y las va filtrar por “factibilidad”. Ya elegidas, se las someterá aun voto por comuna, no vinculante, y las que ganen serán incluidas en partidas especiales del Presupuesto 2018.

Larreta, entrevistado por los medios amigos, se entusiasmó y hasta habló de ampliar el programa a futuro, porque es “un cambio de paradigma” que permite “la participación de los vecinos”. Es curioso, porque esa exactamente era la idea con la Ley de Comunas, que los vecinos participasen directamente en el gobierno de sus comunas concebidas como sub gobiernos a escala barrial. Esta democracia directa, con comuneros y concejos barriales, iba a manejar presupuestos pequeños para hacer este tipo de obra directamente. Si fuera necesario, se iban a votar en el ámbito de la comuna, sino se decidían por consenso.

Que es lo que propone Larreta pero sin perder el control, con la angurria del que quiere centralizar todos los contratos. No sea cosa de que se multipliquen los peajes.

Contracara

Como para hacer contraste, un caso norteamericano. Este invierno tan raro fue de conmemoración en la ciudad de Chicago de un gesto de liderazgo y lucidez municipal que merece un homenaje desde acá. Y que permite ver la diferencia entre ser un estadista y simplemente querer ser presidente. En 1996, la Ciudad de los Vientos se encontró con que su Concejo Deliberante se había “olvidado” de renovar el flojísimo régimen de preservación patrimonial que mal que mal protegía edificios históricos de primera agua. Como intentó hacer el macrismo aquí, el sistema de catalogación era provisional, ambiguo y rico en contrasentidos, y además había un permanente guiño de que en cualquier momento se caía.

Como finalmente se cayó el primer día de 1996, los habitantes del Condado de Cook, que incluye a Chicago y sus suburbios, se vieron venir una ola de demoliciones. Y qué demoliciones: obras de Frank Lloyd Wright, Louis Sullivan y Ludwig Mies van der Rohe, y piezas como la sede del Chicago Tribune o el Edificio Wrigley, además de infinidad de edificios menos famosos pero bellos, sobre todo en el Centro. Los vecinos no estaban exagerando en sus temores, porque en 1972 habían visto un acto de barbarie estremecedor, la demolición del palacio de la Bolsa local, de Sullivan. Para dar una idea de lo que fue el lugar, su salón principal fue desarmado y remontado con cuidado arqueológico en el Instituto de Artes de Chicago, el notable museo de bellas artes local. Recorrerlo y pensar en lo que debió ser el resto del edificio da ganas de llorar de pena.

Pero aquí pasó algo que al macrismo le resulta inconcebible: intervino el intendente. Este no era cualquier intendente y no era un político cualquiera que soñaba con ser presidente. Era Richard M. Daley, hijo del intendente más famoso en la historia de la ciudad y el que sacó al enorme electorado irlandés local de la anomia. Los Daley tienen algo refrescante, ya que consideran un honor ser políticos locales, gobernar una de las ciudades más grandes y famosas de Estados Unidos. Como Teddy Kollek en Jerusalén, los Daley se sienten en un trono cuando gobiernan su ciudad y no la consideran apenas un trampolín para otras cosas mejores.

Con lo que Daley mandó a parar, se puso a firmar decretos para que no se demoliera nada y le hizo tragar a su Concejo Deliberante un régimen de catalogación en serio. Y, astucia mayor, creó un sistema de aliciente impositivos para los que reciclaran y pusieran en valor edificios señeros, lo que incluye al dueño de un ranch house de Wright o al inversor que se interesa en un rascacielos de oficinas. El sistema obró milagros y sólo en su zona central, la famosa “milla de oro”, se invirtieron 1900 millones de dólares en revitalizar bellezas. El Edificio Wrigley reluce, impecable y carísimo, y es tan famoso que los Descepticons lo usan para montar su máquina destructora y derrotar a los Transformers buenos. También se salvaron y son propiedades de primera edificios como la sede de la London Guarantee & Accident, una aseguradora que hoy es un paquete hotel, y la ex sede del Chicago Tribune.

La ciudad hizo lo suyo restaurando los hermosos puentes del centro y piezas como la sede de la compañía de aguas, y creando parques y senderos a lo largo del río y el lago. También hubo una política de buenas veredas y faroles en estilo tradicional, señalización que no sea amarilla y te tutee, buen gusto, un mercado al aire libre con comidas y... Chicago ganó decenas de miles de turistas hasta bajo la nieve. Fue un gran negocio para todos los involucrados que generó un enorme valor agregado para el patrimonio.

Y pensar que todo comenzó tan porteñamente, con un vivo que demolió un pequeño edificio en una zona supuestamente protegida. Como todo el sistema estaba diseñado en la ambigüedad, la zona había sido aprobada por la Comisión de Patrimonio pero nunca había sido votada por el Concejo Deliberante. El Departamento de Construcciones de Chicago le dio al especulador un permiso para demoler y construir otra cosa, pese a que el intendente Daley había dicho públicamente que se oponía a perder esa pieza patrimonial. El intendente se enojó y forzó un voto para que se protegieran 29 catalogaciones de edificios individuales, zonas de preservación y entornos. Y le introdujo una verdadera venganza, un mecanismo por el cual si la comisión de patrimonio de la ciudad -que es autónoma del gobierno- propone una catalogación, el Concejo Deliberante tiene que votar por rechazarla y no por aprobarla. Si no hay voto, el bien queda protegido.

Veinte años después, esta muestra de altura política transformó a Chicago en un inesperado punto turístico y una meca de convenciones, un lugar al que mucha gente quiere ir. El régimen de ventajas impositivas hizo que muchos propietarios pidieran que les cataloguen sus edificios, de modo de venderlos mejor a inversores que los quieran reciclar. La ciudad tiene maravillas como la vieja Asociación Atlética, un palacio veneciano increíblemente hermoso, que acaba de resucitar como un hotel de muchas, muchas estrellas. Y hasta el estadio Wrigley fue restaurado con minucia histórica, gracias a un régimen que permite excepciones de todo tipo para edificios que estén en el Registro Nacional, lo que nosotros llamaríamos Monumentos Históricos. Un ejemplo es la excepción a los metros de estacionamiento que debe tener hoy un estadio.

¿Qué tal si alguien por aquí viera las cosas de esta manera? Hay otras maneras de hacer crecer la ciudad y generar valor que dándole el gusto en todas a los especuladores.

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