Hubo un tiempo, inocente, en que se creía que los reyes no eran simplemente símbolos nacionales, dueños por sangre de un poder político o garantores de una sociedad tradicional.
La culpa de su vida viajera la tuvieron los ferrocarriles, pasión y especialidad de su padre piamontés que se vino a la Argentina del Centenario a tender vías y mantenerlas.
El que ande comiendo papas fritas en Pekín, arroz en México y chocolates en Suiza estará disfrutando de los frutos de la primera globalización.
Ahi estaba, medio ajado en una mesa de saldo, con una tapa mal hecha de libro autopublicado. Adentro, sellos de una escuela de Berazategui, que alguna vez lo tuvo en su biblioteca.
De todas las primeras naciones que los blancos han despreciado, ninguna fue tan pero tan despreciada como las que habitan en las selvas.