La relación entre el Rock y la Policía, a propósito del levantamiento de la Bonaerense

Nos volveremos a ver

No dejó de ser impresionante volver a ver a la murga Los Mimosos de La Federal con sus bombos y banderas sobre la calle Maipú, semanas atrás, en el rodeo de la Quinta de Olivos. La murga –está en YouTube- había tenido sus quince segundos de fama en TV, hace poco más de 20 años, en Todos x 2 pesos. Desde el punto de vista artístico, le sumó la estridencia metálica de las disruptivas sirenas de los patrulleros, un aporte sonoro proveniente si se quiere de la música experimental, de la electroacústica, del ruidismo o quien sabe de qué manifestación vanguardista. La relación entre la policía y la música es tan vasta como imposible de abordar. Va desde el exilio platense del revolucionario bandoneonista y compositor Eduardo Rovira que, para tener una platita fija, supo ingresar a la Banda de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, hasta la última cumbia del primer cordón industrial.

En la Argentina el género que más interacción ha tenido con la institución policial es, seguramente, el rock. Existen muchos estudios académicos sobre la relación entre el rock argentino y la última dictadura y, un par de años antes, la Triple A: hubo persecuciones, amenazas, torturas, alguna bomba en algún concierto e, incluso, indiferencia e intentos de seducción por parte del poder. Ahora que ya se integró a la cultura oficial, hay que recordar que en sus tiempos constitutivos el rock estuvo en contra del “sistema”, más allá de las formas de gobierno. Pero el trato cotidiano del rock fue con la policía. En cada averiguación de antecedentes, cada razzia, compartían el territorio de la noche. Desde el “coiffeur de seccional” que rapaba al hippie hasta las penurias de Walter Bulacio en un calabozo de Núñez, la policía fue el verdadero tormento del rock argentino: en dictadura, en dictablanda, en democracia plena, en democracia restringida. Con mayor o menor nivel de independencia y control, se sabe que el núcleo duro de la policía permanece inalterable más allá de los sistemas de gobierno, casi como une estado paralelo.

Desde sus años iniciáticos, a mediados de los 60, el rock hablaba de su realidad y en esa fotografía hecha de música y versos estaba, azul y radiante, la policía. Todas las historias pioneras aparecen atravesadas por el “accionar de los uniformados”, de Tanguito a Pajarito Zaguri pasando por Miguel Abuelo. La pluma siempre política de Miguel Cantilo refirió desde el minuto cero a ese karma uniformado: a ritmo de fox trot con “Los perros homicidas” y, un par de años después, con un rock and roll que desde su furia enmarca la contundencia de la letra: “Apremios ilegales”. En el invierno de 1969 Manal grabó la versión acústica de un tema de escalofriante cotidianidad que sintetiza esa sensación de indefensión: “Blues de la amenaza nocturna”, que habla del colectivo 99, del barrio de Flores y de “huir antes que me den”. Al toque su guitarrista, Claudio Gabis, se despachó con un tema que conversa con el de su ya ex banda. Era 1972 y Gabis publicó con La Pesada “Blues del terror azul”, un tema que llegó a recitar Mufercho en los primeros conciertos de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota en Buenos Aires, en 1978.

Sería extenuante la cita de ejemplos: desde “Loco, no te sobra una moneda” de Charly García (“Tengo speed en las piernas / Tengo miedo de la ley /Y un palazo en la nuca/ Y que me trague la tierra”), a lo largo de la década del 70 el rock se volvió conceptualmente sólido y creció con ese estigma represivo naturalizado. El rechazo era de piel: muchos de los músicos de esa generación ante el avance del post punk contaban que, en un principio, no podían entender por caso cómo una banda se podía llamar The Police. Los ‘80 trajeron aire fresco: nuevas bandas, sonidos, pilchas y peinados. La policía también se adaptó: Los Mimosos de la Federal podrían haber cantado junto con Serú Girán “mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar”. Estaban ahí, omnipresentes. Si el sujeto a humillar antes había sido el hippie, ahora era el punk. O mejor dicho: sumaba al punk. Mientras las tribus se peleaban entre sí, en un ejercicio inclusivo la poli daba a todos duro y parejo.

Ya sea al punk cheto como al de los arrabales, la persecución se profundizó y la grey que se espejaba en la traza de los Pistols o los Ramones se atrincheró frente a esa amenaza nocturna. Amplia y lúcidamente Los Violadores definieron el estado de cosas con el himno “Represión”. Muchos años después, Flema lanzó “Nunca seré policía” que, en estos tiempos de tironeos entre Nación, Provincia y CABA, para que no queden dudas de los alcances territoriales, decía “Nunca seré policía / de Provincia ni de Capital”. Hay muchos temas: de 2 Minutos, de Attaque 77, el emblemático “yuta yuta yuta, yuta hija de puta” de Comando Suicida… Mi preferido es “Gente que no”, obra de Jorge Serrano, hit de Todos Tus Muertos: el tema empieza con el sonido de una sirena de patrullero y termina con el de un escupitajo. La interpretación de Fidel Nadal es extraordinaria: “¿Qué carajo estás haciendo con tu vida? / ¿Qué carajo vas a hacer con vos? / ¿Querés ser policía, querés ser policía, querés ser policía?... / ¡Yo no!”.

En el primer año de democracia, mientras Alfonsín iba quedando sitiado por una derecha abroquelada en el poder militar, el económico, el sindical y el eclesiástico, se empezó a hablar de “mano de obra desocupada”, una ingeniosa figura para definir a los marginados de los dispositivos de la represión. Era un mejunje de militares, agentes de inteligencia, policías. Por ese año, Pipo Cipollati escribió una formidable, sardónica canción: “Pensé que se trataba de cieguitos”. Sobre el final del texto, después de una secuencia de paseo de sábado por la noche, detención en un Falcon verde y tres días de interrogatorios en la comisaria, la policía libera al protagonista con una advertencia: “Nos volveremos a ver”.

Esa sensación de que pocas cosas habían cambiado perdura en canciones como “Nos siguen pegando abajo”, de Charly García. El tema fue abordado desde todas las aristas. En tiempos de menemismo empezó a hablarse de los excesos con otra metáfora: gatillo facil. De “Pistolas” de Los Piojos a “Sheriff” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, se cristalizó en el rock pensante la idea del Conurbano como un gran paredón de fusilamiento de pobres en nombre de la defensa de la propiedad privada. Un coto de caza.

La parada del rock la va copando el trap, con su lírica afilada. Los tiempos cambian, son otras métricas, otros ritmos. Los que no cambian son Los Mimosos de La Federal. Ahí están: porteños, provincianos, con sus pulcros uniformes azules, bombos, banderas, gorras. Parecen invencibles. Como buena murga, en Olivos cantó su melancólica retirada y dejó en el aire la promesa de volver. 

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