La "barbarie civilizada" contra la cultura popular

Resulta frecuente hallar en libros y/o artículos que abordan el tema del ataque al acervo cultural de una nación la alusión a los regímenes autoritarios nazi-fascistas del siglo XX, como el encabezado por Hitler en Alemania o el de Jorge Rafael Videla en Argentina. Sin embargo, poco o nada se dice de otro gobierno de facto argentino (1955-1958), que no escatimó guiños complacientes a los "civilizados" de turno para que ocasionaran atropellos de dispar naturaleza al gobierno democrático depuesto.

Aunque siempre hay que tener presente que las crónicas periodísticas cobran vigencia al recuperar las acciones violentas (en este caso, hacia los símbolos, bibliografía, cartelería y demás objetos que identifican al peronismo), esta circunstancia me motiva a recuperar rasgos de intolerancia pocas veces experimentada en el país.

Aún perduraban los ecos de las amenazas de bombardear la destilería de La Plata por parte de la Armada nacional, razón más que suficiente para explicar la precipitada dimisión del presidente Juan Domingo Perón, cuando se desató una locura generalizada, en sintonía con el aberrante y descalificante bombardeo del 16 de junio a la Casa Rosada y sus adyacencias con el luctuoso resultado de 309 muertos y miles de heridos.

En efecto, éste otro sector del "pueblo" argentino --concepto ambivalente--, se arrogaba también dicho calificativo cuando vivaba al presidente de facto en la Plaza (nuestra plaza) de Mayo al grito de “¡libertad!, ¡libertad!” Y, como se observa, es tan arbitrario el uso del término que Clarín, el día que asumió Eduardo Lonardi, se ufanaba de ser el representante de ese "pueblo" que había colmado la Plaza, sin vacilar siquiera por haber sido un eslabón más del gobierno peronista. Decisión que, en palabras de Martín Sivak, le permitía acceder sin mayores obstáculos a su cuota en Papel Prensa. Y, por lo tanto, autoproclamarse en mil ocasiones vocero de ese “otro” pueblo.

Hugo Gambini, --autor antiperonista-- refirió que una vez difundida por radio la renuncia del Presidente Perón, la Ciudad de Buenos Aires estalló en un festejo colectivo al grito de “¡Viva la libertad!”. Al día siguiente, cuando los bustos y retratos de los líderes Eva y Juan Perón habían sido descolgados y pisoteados por la gente, el dirigente cegetista Di Pietro emitió un comunicado exhortando a los trabajadores a tener calma ante “algunos grupos provocadores que pretendían alterar el orden” en directa alusión a “quienes bajaban carteles de los edificios y hacían fogatas en la calle, quemando la abundante folletería peronista, editada por la Subsecretaría de Informaciones” orientada por Raúl Apold.

Por supuesto que las “exteriorizaciones democráticas de la ciudadanía” se produjeron con similares características en todo el país. En La Plata, por caso, sus dos principales matutinos --que pertenecían a la cadena de medios que acompañaban al gobierno destituido-- publicaron detalladas crónicas de las movilizaciones.

El Día, el 22 de septiembre, tituló: “La población de La Plata se volcó en las calles en jornada jubilosa plena de resonancias argentinas”. En tanto, El Argentino elegiría: “Fue celebrada la nueva situación con manifestaciones callejeras de profundo fervor cívico por la ciudadanía de nuestra ciudad”. Veamos las particularidades de este curioso civismo republicano. El cronista apuntaba contagiado por lo que había presenciado: “Los integrantes de la columna lucían en la solapa la escarapela de Belgrano y eran portadores de algunos carteles y estribillos intencionados [...] varios manifestantes trataron de arrancar los carteles expuestos en la Escuela Superior Peronista --donde funcionaba la sucursal de La Prensa-- lográndolo en parte, y otros pegados en las paredes relativos a la obra de gobierno del expresidente [...] la manifestación resultaba imponente por su fervor cívico y adhesión a la nueva situación. Cuando llegaron a 7 y 51 se detuvieron y frente al mástil de la Legislatura entonaron la canción nacional”.

 A juzgar por esta minuciosa narración, en la actualidad estos grupos mantienen similares características jactándose de la representación democrática y republicana del país. El diario continuaba narrando: “en la zona de los Tribunales --13 entre 48 y 49-- algunos de sus componentes procedieron a desprender y derribar un cartel alusivo al Plan Quinquenal […] una cuadra más adelante, la esquina de 13 y 50, arrancaron la chapa de bronce que designaba esa arteria, con el nombre de Eva Perón”.

 Es extraño casi no encontrar en la copiosa literatura que estudia este período referencias a este “particular fervor cívico”.

Julio Godio, otro testimonio revelador e insospechado de peronista, traza una interesante semblanza. Siendo en septiembre de 1955 un adolescente de 16 años, observa en la capital de la provincia de Buenos Aires cómo los triunfadores del momento actúan en la ciudad universitaria: “Mientras en los barrios proletarios de Berisso, Ensenada y de la propia ciudad platense reinaba el desconcierto, el centro de La Plata comenzó a ser recorrido por radicales, conservadores, socialistas y ‘democráticos’ de última hora. Recuerdo también un hecho. Por la calle 7 marchaba una manifestación. Se agitaban banderas argentinas y uruguayas. Se gritaba ‘Libertad, libertad’. La homogénea masa pequeño-burguesa marchaba hacia la Biblioteca de la Universidad, donde luego serían quemados libros peronistas y documentación oficial”. Cabe precisar que la totalidad de los materiales incinerados pertenecían a la “Sala Justicialista”.

Por lo demás, este singular espectador aporta con total nitidez ciertos rasgos configuradores de aquellos “tiempos de barbarie civilizada” y que, lamentablemente, imperarían e imperan en nuestro país. Hoy se manifiestan, por caso, con la quema de barbijos.

Sin duda, el hecho más impactante es aquel que muestra a los “representantes de la libertad” marchando a quemar libros, actitud propia de agentes de la barbarie totalitaria y no de autoproclamados representantes de la institucionalidad y la república. Esta acción curiosamente es omitida, por cierta historiografía, más propensa a ver rasgos autoritarios en el gobierno justicialista de 1946-1955 y no en estos “libertadores”, que llevaron a cabo acciones ígneas similares a las que habían realizado el nazismo en Alemania y luego la dictadura procesista en la Argentina.

El autor es historiador y director de la Biblioteca de la  Cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires.

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