El ministro de Economía, Martín Guzmán y el jefe de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, almorzaron en la privada de la cartera, en una postal con más contenido simbólico que práctico: en su momento más complejo en lo que va de la función, el ministro charló dos horas sobre la recuperación y los números del Presupuesto con una de las tres patas del Frente de Todos. Completó así el círculo de avales que tiene como figura central al presidente Alberto Fernández y a la titular del Senado, Cristina Fernández de Kirchner. 

El pollo con papas y los canelones con salsa blanca que compartieron no son más que una anécdota que refleja la maduración del conflicto de un ministro que llegó del exterior como un técnico y aprendió rápido lo que nunca asimilaron quienes ocuparon su silla durante el gobierno de Cambiemos: que en las coaliciones de gobierno el equilibrio está en las terminales políticas y no en una planilla de Excell. 

El pupilo del Nobel Joseph Stiglitz parece haber dejado por un rato la academia para construir fortaleza aún en las difíciles. El almuerzo con Massa es el tercer hecho fuerte de las últimas horas, que se suma a las charlas casi diarias con Fernández y los encuentros sotto voce, por decisión de ambos, con CFK. 

Guzmán viene de capear la tormenta del desorden comunicacional de las medidas cambiarias el mismo día de presentación del Presupuesto. Y de escuchar rumores sobre su puesto. Los primeros se filtraron el viernes anterior, en plena fiebre del dólar. El otro, justo cuando los mozos de Hacienda les servían agua sin gas a él y a Massa. Algún experto en operaciones en momentos históricos de corridas hasta bromeó con la falta de timing. El primer rumor se disparó mientras Guzmán estaba reunido con la Comisión de Presupuesto y acababa de charlar con Fernández; y el último mientras comía con Massa para hablar del futuro. Vicios incurables del sector financiero.

“Vamos a salir de esto y es el camino. Apunta a recuperar la economía”, lo respaldó Massa a Guzmán en ese almuerzo hablando de la ley de leyes. “Esto es pragmatismo, pragmatismo peronista”, bromeó una fuente cercana a ambos que habló con PáginaI12. Naturalmente, esa foto tiene una significación superior, que es reflejar a Todos como una unidad sin flancos débiles, cuando los sectores opositores salieron al ruedo a pegarle al gobierno en la agenda económica, hasta ahora una rareza. El proceso de maduración del conflicto por parte de Guzmán parece, además, incluir humor. Como la mirada a los memes sobre la “sarasa”, la frase que pronunció la semana pasada en el Congreso para referirse a la espera de un material, que también generó intentos de utilización de la oposición.

Antes de serlo, el ministro de Economía viajó a Argentina esporádicamente. Además, de charlas, se reunió con políticos y dirigentes del peronismo. Visitó en varias ocasiones el Consejo Nacional del PJ de la calle Matheu y el instituto de formación Gestar. “No es casualidad que él piense la política en esta línea”, contaron en su entorno, para avisar que ya venía comprendiendo que, en Argentina, los ministros de Economía deben pesar en partes iguales las cuestiones numéricas y las de relación política.

Si hubiera que numerar los respaldos al ministro, la cuarta pata sería el Fondo Monetario Internacional (FMI). En plena volatilidad de los mercados, el vocero del organismo, Gerry Rice, comunicó esta semana que en octubre desembarcarán en la Argentina en una misión “de escucha”. Compartirán con el ministro un análisis del plan económico de Alberto Fernández, y a raíz de esos datos se empezará a negociar el penúltimo capítulo de la deuda (resta el Club de París).

Ese gesto fue visto como una confirmación de que el plan del gobierno no está a la deriva. Con la titular del Fondo, Kristalina Georgieva, Guzmán también hizo política cuando se cerró el acuerdo con los bonistas privados. Allí logró su apoyo público, en tándem con gestiones del Presidente, la vice y el titular de Diputados. Un círculo que parece tornarse habitual.