Film de terror neogótico dirigido por la británica Romola Garai

"Amuleto": encierro y misterio

La actriz devenida directora recurre a los rasgos de estilo del "giallo" de los años '70 para ofrecer una relectura feminista del mito vampírico.
Imelda Staunton y Carla Juri frente a vitrales muy setentosos. Imelda Staunton y Carla Juri frente a vitrales muy setentosos. Imelda Staunton y Carla Juri frente a vitrales muy setentosos. Imelda Staunton y Carla Juri frente a vitrales muy setentosos. Imelda Staunton y Carla Juri frente a vitrales muy setentosos. 
Imelda Staunton y Carla Juri frente a vitrales muy setentosos.  

Amuleto        6 puntos

Amulet; Reino Unido, 2020.

Dirección y guion: Romola Garai.

Duración: 89 minutos.

Intérpretes: Carla Juri, Alec Secareanu, Imelda Staunton, Anah Ruddin,

Angeliki Papoulia.

Estreno en las plataformas Google Play y iTunes.

Hace un buen rato que el cine de terror dirigido por mujeres dejó de ser la excepción a una regla nunca escrita. El caso de la británica Romola Garai (Expiación, Vanity Fair), actriz que debuta ahora como guionista y realizadora, es ciertamente ambicioso: se trata de un relato neogótico con tonalidades setentosas en el cual se entrelazan las heridas de guerra, los secretos encerrados bajo llave y una relectura feminista del mito vampírico. El aparente prólogo de Amuleto no es tal y se impone como una de las dos temporalidades de la película, sobre la cual el montaje regresa de manera regular, a la manera de un ovillo que se va desenredando. Allí se relata el encuentro de Tomas (Alec Secareanu), soldado de un país europeo nunca mencionado, con una mujer que intenta cruzar la frontera de manera ilegal para poder reencontrarse con su hija. Tiempo después, ya como inmigrante en el Reino Unido, el joven se topa con una monja bondadosa que, más temprano que tarde, revelará tener intenciones ocultas debajo del hábito (Imelda Staunton es la encargada de darle vida a este personaje, con una doble vida muy diferente a la de su rol consagratorio en El secreto de Vera Drake).

Tomas sufre de pesadillas auto flagelantes y, en un intento por evitarle males peores, la hermana Claire consigue una vivienda temporal en una vieja casona desvencijada, a cambio de algunos arreglos edilicios indispensables. En el lugar viven la joven Magda (Carla Juri) y su misteriosa madre, cuya avanzada enfermedad le impide salir de su cuarto, origen de constantes gritos de dolor. El planteo gótico de encierro y misterio de tintes espeluznantes, con esa casa que parece congelada en el tiempo, está servido en bandeja. Sin abandonar nunca una estructura genérica reconocible, Amuleto se suma a la creciente tendencia del horror autoral, con un pie en las convenciones y otro en la creación personal e idiosincrática. Garai registra los vitrales rococó y salientes arquitectónicos con unos filtros soft y encuadres en escorzo que remiten sin escalas al terror europeo de décadas pasadas –en particular al subgénero conocido como giallo– y elige crear y sostener los climas antes que lanzarse a los sustos y golpes de efecto, aunque un temprano encuentro con un extraño ser alado anticipa algunas de las sangrías por venir.

Amuleto comienza a mostrar los dientes de su agenda política cuando uno de los múltiples flashbacks desnuda una faceta de Paul desconocida, un acto de violencia imprevisible dada la constitución psicológica asignada por el guion hasta ese momento. Algunos minutos antes del hecho, el personaje escupe un “creía que si te liberaba tendría el derecho a ser feliz nuevamente”, línea de diálogo firmada con sangre melodramática y tenor patriarcal. De allí en más, las revelaciones que ya habían comenzado a impactar la pantalla –la madre, allí arriba, no comparte en su totalidad la fisiología humana– derivan en un efecto dominó de explicaciones y resoluciones, hasta el encuentro final con fuerzas maternales de estructura mitológica y formas lisérgicas. La inversión del vampirismo es completa, el empalamiento reemplazado por la más dolorosa y eterna de las gestaciones, un infierno en vida sin final a la vista. Más allá de su cualidad de metáfora harto evidente, Amuleto no dejar de ser un desvío de los terrores más convencionales. Y eso, tropezones y caídas incluidas, es de agradecer.


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