Cuando el futuro llegue, irá por Lucas Varela. Razones le sobran: el dibujante lleva varios libros “anticipando” en sus historietas no solo los múltiples rostros con que el porvenir amenaza a la humanidad, sino también qué propósitos tiene sobre ella y en qué la convertirá. Varela al banquillo de los acusados: “Toda la información la saqué del fondo del agujero negro que es mi imaginación, más bien, es como una madriguera de conejo”. Eso dice que le explicará al futuro cuando lo interrogue. Mientras tanto, lo espera en Burdeos, Francia, país donde reside desde hace ocho años, con una nueva revelación: El humano, una de sus últimas visiones dibujadas, acaso la más apocalíptica de todas, con guión de Diego Argimbau.

Las revelaciones de Varela comenzaron a ser notorias luego de su primera década de nacimiento ocurrida en Vicente López, tiempo en que su familia lo observaba dibujar durante largas horas sus propios inventos (muchos caballeros arturianos y Don Quijotes). Más tarde llegará su fascinación por Uderzo, tras intensas lecturas de Astérix, hasta que un día a mediados de 1983 se encontró con La feria de los inmortales, la gran historieta de Enki Bilal, publicada en la revista Humor: “Esa página donde Horus le fabrica una pierna al protagonista con un trozo de viga de tren fue un antes y un después para mí”. Para Varela esa manera de narrar que tenía frente a sus ojos era el formato ideal para “dar a conocer lo que ocurría en mi cabeza, porque en esas páginas, en esa lucha bien bizarra, me di cuenta que la historieta era un camino por el que yo podía caminar”.

Más tarde ensayó nuevas secuencias espiando a Yves Chaland, Mike Mignola, Chris Ware, Hergé, y Moebius: “Pero mis copias siempre fueron imperceptibles: un estilo de línea, una gestualidad, una onda. Una copia tiene un valor criminal, es cierto, pero también de aprendizaje”. Ingresó a la carrera de Diseño Gráfico con un objetivo: aprender todo lo posible para llevar al papel las imágenes desordenadas que le dictaba su imaginación. Robots desconcertados, monstruos de piel fluorescente aburridos o deprimidos, muñecos maldecidos que por la noche comienzan a hablar y una variada zoología de seres deformes (gusanos sonrientes, chanchos alados, gorilas con cuernos, tucanes con dientes, etc.) que deambulaban por lugares de pesadillas.

Una tapa de Fierro de Lucas Varela

Por aquellos años, las visiones de Varela giraban alrededor de un eje que aún hoy sigue vigente: sus personajes siempre despiertan en un terreno desconocido, ya sea en un planeta peligroso o en un baño con alimañas sonrientes, ya sea en una habitación de mil ventanas o dentro del cuerpo de otra persona. Infierno o paraíso, Varela no los distingue. Para él, en todo lugar germina la semilla de la imaginación. Primera de sus advertencias.

La historieta es el lenguaje del sueño. Y Varela empezó a hablarlo ya en fanzines como Poco loco (1989), y más tarde en tiras y páginas sueltas de la revista Comiqueando (a mediados de los 90). Cuando sintió que el diccionario sobraba, se lanzó a hacer su Kapop, revista autoeditada junto al guionista Roberto Barreiro, con quien realizará tiempo después la serie Los hermanos Segelin. En aquel primer número de Kapop en junio de 1998 con tapa a color (la calidad de la impresión fue gracias a su padre, que estaba vinculado al mundo del papel y las imprentas), Varela denunció al tiempo venidero por primera vez: un robot enardecido despedazaba a un ratón también mecánico y de lata. El futuro se alimenta de futuro, segunda advertencia.

Entonces llegaron las voces de los catalogadores seriales que referían que su dibujo pertenecía a la línea belga: “No creo tener un estilo franco-belga y menos para los franceses. La línea clara está, la cual es un estilo que se identifica con la escuela de Hergé. Pero el estilo franco-belga tiene que ver más bien con la escuela de Franquin, otro autor más expresivo, que con la frialdad maravillosa del autor de Tintín. Lo mío creo que va muy por el margen de los cánones de línea clara. Sobre todo, por la mezcla de influencias la cual podemos a llegar a tener algunos autores que venimos de un lugar descentralizado como Argentina”. Saber desde dónde se dibuja ha sido una de las caracteristicas de la obra de Varela, quien conscientemente supo alejarse del canto de las sirenas publicitarias tan afectas la línea clara.

El primer número de su revista Kapop, 1998

Aquella publicación --Kapop, que cerró, como tantas cosas, en el 2001-- fue su carta de presentación para su sustento diario: trabajó durante cuatro meses en una agencia de publicidad de Dante Gullo (“el ambiente de trabajo era muy cordial, aunque él era una persona intimidante”) y luego ingresó a Clarín, donde terminó dedicándose a las infografías, con las que ganó un premio importante otorgado por la SND Society Of Newspaper Design, trabajo que fue republicado hace poco en un libro de Taschen. “Podría haber seguido en una carrera ascendente en este rubro pero no era lo que quería hacer. Así que en el 2002, aprovechando la megacrisis argentina, dejé mi trabajo y me dediqué a hacer historietas e ilustración”. Pero también Kapop y su voluntad de nuevos desafíos lo llevaron a tener la llave para abrir una de las tantas puertitas del estudio de Carlos Trillo. “Un maestro absoluto. Una figura muy inspiradora para mí. Con él aprendí a sostenerme en pie viajando colgado de los zapatos de un gigante. Me hubiese gustado haber hecho algo más con él. Algo con un poco más de madurez artística, de la cual carecía cuando trabajamos juntos. Qué generoso fue conmigo”.

Junto a Trillo, el dibujante hizo historietas infantiles como El cuerno escarlata (2005), y Ele (firmaba como Mr. Zombi), hasta que el guionista le propuso en 2006 una historia de largo aliento: El síndrome Guastavino, relato donde fondo, nudo y escenario es la Argentina de la dictadura. Apuntar a la sordidez humana en un contexto de violencia estatal ya había sido blanco de Trillo años antes en Sarna, agregándole ahora la perversión sexual de un empelado ministerial, cobarde y sádico, hijo de un capitán torturador. En 2007 la historia comenzó a salir seriada en la segunda etapa de la Fierro, al año siguiente se editó en Francia (La herencia de un coronel, según Delcourt) y acá se hizo libro en 2009 a través de Reservoir Books.

“Es una historia por momentos repulsiva y difícil de deglutir. Llega a zonas oscuras particulares a las que tal vez yo eludiría hoy en día, porque yo soy indagador de una oscuridad más bien lúdica y jovial”. La diferencia de oscuridades que marca Varela (para Trillo la sexualidad es siempre pecado y enfermedad psíquica, mientras que para el dibujante siempre es liberación) no solo es discursiva. Paralelamente a ese trabajo con el guionista, Varela fue delineando su mundo en ilustraciones y aventuras breves para toda clase de revistas y medios, y obviamente también para Fierro, donde desarrolló acaso su primer personaje-oráculo, que había comenzado en la revista TXT: Paolo Pinoccio, muñeco capaz de albergar en su corazón de caoba todos los pecados de la humanidad juntos, característica que lo hacía despreciable en todos los círculos del infierno. Cuando Pinoccio lograba huir del pozo, al pozo lo devolvían. “Paolo sufre de despertares angustiantes ya que cada vez que vuelve en sí se encuentra en el infierno. Un bajón para él pero qué lugar maravilloso para la imaginación”. ¿Qué anuncia el muñeco inescrupuloso, publicado en parte en su álbum Matabicho (2009), y completo también ese año en España y en Francia? Que el futuro, por más jodido que parezca, no deja de ser una joda del presente. Tercera advertencia de Varela.

El síndrome Gusravino, de Trillo-Varela

El dibujante siempre se quejó de que se asociara su mundo a ciertos aspectos clínicos de la imaginación propios del universo narrativo de Trillo. Aun hoy reniega de eso, sin embargo regresó en 2010 a trabajar con el guionista en Sasha despierta, donde la oscuridad pasa por la TV y el llamado género snuff con una vuelta de tuerca sobre el siempre efectivo juego de los dobles. Más allá de que Varela la considera una obra fallida, Sasha marca otro momento clave del dibujante: un boleto a Francia. “Vine por una residencia artística en la Mansión de los Autores de la ciudad de Angulema”, explica. “Antes de instalarme en Burdeos, estuve ahí cuatro años: fue donde hicimos el primer trabajo con Diego Agrimbau”. Se refiere a esa maravilla llamada Diagnóstico (2013), seis historias donde la historieta identifica y ejemplifica los trastornos mentales y sensoriales de los personajes. Otra vez Varela frente a los juegos de la oscuridad de la mente, optando no solo un dibujo de anticipación sino por escenarios de textura onírica. Nueva advertencia: el tiempo futuro se presiente. Luego llega el Varela del silencio, acaso el más Varela de todos, el del ritmo visual, el gran narrador mudo con El día más largo del futuro (2015), unas 120 páginas de puras visiones desoladoras sobre la sociedad venidera y donde el aislamiento fagocitado por la hipertecnología conduce a la idea de final sin salida. El futuro deprime.

Y quizá por esa razón es que Varela en lugar de seguir mirando hacia adelante, decidió hacerlo hacia el pasado, hacia el origen, hacia la semilla de la creación. Y eso es El humano, su nuevo libro con Diego Agrimabu.“Es un trabajo que nació cuatro años atrás, cuando Lucas andaba medio desencantado con la historieta”, revela el guionista. “Cuando le conté la trama, me dijo que la iba a hacer entera, sin contrato editorial. Y que si no se vendía iba a dejar de hacer historieta, porque estaba cansado de ganar poco y que con la ilustración ganaba más”, explica Agrimbau, que habla de una época en que Varela ya había pasado a trabajar para una agencia de ilustración inglesa, enviando dibujos para medios como The Financial Times, Time Out o The Observer. “Pensé: ¡a ver si por culpa de no vender este libro, Lucas deja de hacer historieta!”.

Autoretrato ilustrado

Con El humano vuelven no sólo no sólo las obsesiones del dibujante por recrear un mundo perdido (un mundo imposible de vivir) sino su capacidad de narrar largas secuencias de luchas para advertir al fin con cierta amargura que Eluard tenía razón al decir “Hay otros mundos, pero están en este”. Aclaración: es loable anotar en este trabajo la generosidad de Diego Agrimbau como guionista para acoplarse y desacoplarse de las visiones del dibujante sin interrumpirlo nunca con sus propias pesadillas. El guión sigue al dibujo, y lo deja correr, como debe ser. El humano es la narración de un intento por rehacer a la humanidad tras haber sido eliminada y expulsada de la tierra luego de una devastación. Aquí otra vez algo llega del cielo, algo se despierta (Alpha, la robot, y más tarde el científico Robert) y sus miradas contaminan el presente con sus deseos de futuro: recrear la sociedad perdida.

Varela no ha dejado de hacer historietas: El humano salió en Francia, España y ahora lo hará en Argentina a través del sello Hotel de las Ideas. Y hay más: acaba de terminar un libro con Hervé Bourhis, guionista francés, llamado Le labo (El Laboratorio), que saldrá publicado por Dargaud a fin de año, una comedia costumbrista en torno a un laboratorio de tecnología, ambientada en los años setenta. “Tuve que aprender cómo era entonces la vida cotidiana en un país con unas circunstancias muy diferentes a las nuestras. Fue muy curioso hacer este proyecto porque para nosotros es una época sinónimo de horror, no de comedia. Así que tuve que aprender las idiosincrasias los franceses en esta época, las cuales me resultaron familiares pero donde la falta de la sombra infame de la dictadura las hacían completamente diferentes”. Ahora la novedad es que Varela se encuentra dedicado a terminar una nueva aventura de Paolo Pinoccio en el infierno. “Con un despertar, así como deben comenzar las buenas historias”.

El humano está anunciado para mediados de este mes. Aún está disponible en pre-venta a través de la web de Hotel de las Ideas: hoteldelasideastienda.com.ar/producto/el-humano