Poe, en la Feria del Libro

Se sienta a la compu. Mueve el mouse y desaparece el protector de pantalla que guarda las imágenes de sus anhelos inalcanzables dejando ver la partida ya comenzada del Solitario Spider que, ingenuo, él ejerce para escaparle al Alzheimer. Mueve un 5 de corazones debajo del 6. Llena el vaso y bebe. Annabel Lee ha dejado de ser su adorada secretaria y su ayuda-todo-terreno porque él le dijo que tenía necesidad extrema de ella y él ya no aguantaba más. Annabel, casi actriz de teleteatro (le faltó apoyar la mano en la frente), dijo: Jamás imaginé llegar a esto, fui una tonta; luego desenchufó el disco duro extraíble, lo metió en el bolso y se fue lagrimeando. El se quedó en babia como buen perdedor: ¿Qué hice? Me convirtió en un perverso porque después de ocho años le dije la verdad. ¿Me cree un dibujo, un cartón recortado, no se ha dado cuenta de que soy un ser humano de carne con debilidades? ¿Acaso alguna vez no tuvimos un roce que no supe fructificar? ¿No es ella uno de mis mejores poemas? ¿Cuando necesitó ayuda no estuve al pie? ¿Acaso no la invité a que me acompañara a Moscú para recibir el Premio-Lenin? En la misma cama exigí, por supuesto. Y sí, se ofendió; y mía fue la culpa. Poe bebe. Camina alrededor del estudio. Relee el papel donde anota las urgencias como le aconsejó el médico: llamar al banco para que le extiendan el límite de sus tarjetas y poder comprar el pasaje en cuotas; ir al supermercado; ir de nuevo a Anses donde lo volvieron loco: ¡Tiene que sacar turno en su computadora!, le escupió el de anteojos negros. Se defendió pero el otro ganó: ¡Llame al 130; y que pase el próximo! Soretes. Nosotros y ellos. Debería escribir un cuento en el que la gente pueda transmitirles una onda eléctrica a los empleados públicos y hacerlos explotar como en las películas de terror; pum, y que se estrellen en el techo como huevos fritos. Se sirve otro vaso. Poe mira el cuervo embalsamado que le mandó el productor y director de cine Roger Corman con un mensaje eufórico al enterarse de que Poe hará un recital siguiendo las huellas de Malcovich, Al Paccino, Depardieu y de Aznavour con sus 93 años… ¡Bienvenido a la jungla!, le escribió Corman en el mail. Pero cuando Poe le sugirió muy tenue alguna propina de las mil películas que hizo con sus cuentos, el otro lo frenó sin piedad: ¡Yo te puse nuevamente en el mercado, gracias a mí saliste del olvido, lo mismo que hizo el cine mudo al desempolvar el Moby Dick de Melville… Silencio de radio, y agregó: ¡Tendrías que prenderme velas gordas!, en vez de ser tan materialista... Aún avergonzado, Poe elige un CD y el estudio se invade con el preludio del primer acto de Tristán e Isolda. Sirve el resto de vino y ve que el vaso se llena de esplendor. Habrá que hacer un esfuerzo y salir a comprar otra botella. Varias, para evitar estas incomodidades. También hace falta algo de comer. Mete la mano en el bolsillo y cuenta los billetes. Se podría vender el placar y la cómoda que ya no se necesitan. Sí, el domingo el camioncito de compra-ventas rondará el barrio. No lo dejaré escapar. Sacude el mouse. Busca poder colocar alguna carta en el Solitario-Spider pero reconoce que está ahogado. Apaga la compu. Quizás Annabel Lee no se sintió bien representada en el poema… Es posible que él haya cometido algún error que ahora se le escapa… Todo es posible… Muchas veces, creído, con ínfulas, uno se suelta feo sin medir consecuencias, y mete la pata. ¡Ah, sí!... Ahora que lo pienso, cuando le dije que su lugar estaba en mi cama, así de una, casi como una orden, pude haberle caído grueso y poco romántico… Ah, también dije la palabra “joder”… Claro… No siempre uno se da cuenta del peso que tienen las palabras… Clarísimo. ¡Tu lugar está en mi cama y no jodas más!... Vaya… Es como decirle al condenado: Rápido al paredón que tengo que fusilarlo de una buena vez… Para todo debe existir estilo y amabilidad. Poe se siente humillado, pero en el fondo sabe que, aún cuando ha sido muy poco caballero, su grosería fue una excusa que ella supo aprovechar para desligarse de él… ¿O no?... ¿Habrá otra oportunidad?... Justo ahora que él había arreglado su nuevo departamento pensando en ella… Suena el teléfono. Atiende. Es el viejo editor que había prometido llamarlo. Ha cumplido y Poe se pone contento. El editor le pregunta si está al tanto de los últimos crímenes cometidos y las manifestaciones de género. Poe se muestra en falta y el editor le cuenta de cuchillos que asesinan mujeres y asesinos que se tiran bajo los trenes furiosos y otro delincuente que en venganza regala bananas con tarántulas escondidas que aparecen sorpresivas cuando la amada infiel pela y muerde. Quiero que escribas estos relatos y los agregues a los que ya me dijiste que has escrito. Los quiero ya porque los pondré en la Feria del libro. Y si nos va bien buscaré un roquero que le ponga música a tus poemas. En una de esas tenemos la suerte de que te ganes un Premio Nobel. Poe sugiere débil: ¿podría tener un anticipo?... El editor es terminante: ¿Vos estás en pedo? Están cerrando fábricas, hay desocupación, y ¿vos querés un anticipo?, no me jodás… Poe siente la palabra “jodás” como un cachetazo, así lo debió sentir Annabel Lee… El editor se despide y cortan. Poe debe salir porque sus contratiempos se están transformando en desvaríos. Bebe lo que ha quedado en el vaso. Sale y cierra la puerta con siete llaves. Piensa que antes de comprar vino, mejor es buscarla a ella y disculparse y pedirle el disco-duro que se llevó en el que están sus últimos cuentos y relatos porque si no tendrá que volver a escribir los cuentos de memoria… Otra cosa que podría hacer es dedicarle el libro que urgente le pide el viejo editor, y en la presentación en la Feria del Libro sentarla a su lado. Quizás Annabel Lee se conmueva… Poe se entusiasma, endereza la espalda y camina con ganas, repitiendo sus versos universales: “Jamás brilla la luna, sin que yo sueñe con la hermosa Annabel Lee”…