Se cumplen 190 años del nacimiento de Emily Dickinson (1830-1886)

Diario de una inmortal

Una de las más grandes poetas estadounidenses y un aniversario que revuelve las preguntas alrededor de su nombre: ¿por qué vivió encerrada durante más de 15 años, primero en su casa y después en su cuarto, autoconfinada? Algunes piensan que para dedicarse a su vocación literaria, otres que es una consecuencia del estrés postraumático causado por los abusos de su padre y su hermano y cada vez cobra mas fuerza otra teoría: la imposibilidad de vivir libremente su amor con una mujer.

Las únicas noticias que conozco / son las del Boletín Diario / de la Inmortalidad, escribía la poeta menos mediática de su época, Emily Dickinson (1830-1886), en el poema 827. El suceso externo, la “actualidad”, cabe en un solo acto: una joven de la burguesía de Amherst, en Massachusetts, vivió veinticinco años recluida en la casa familiar, en su cuarto, una vida secreta dedicada a la poesía. De aquel “suceso”, nació un conjunto de 1789 poemas encontrados por su hermana en una caja guardada en el fondo de un armario, de un modo similar al de Pessoa, que dejó toda una vida de trabajo inédito dentro de un cofre de madera en forma de cúpula (25574 líneas, unos 60 manuscritos y páginas mecanografiadas), con la diferencia de que el poeta era entonces relativamente reconocido por sus pares y había publicado unos pocos libros.

Excepto por la publicación de un puñado de poemas dispersos publicados en forma anónima entre 1858 y 1868 en el Springfield Republican de Samuel Bowles, alterados sin el consentimiento de su autora por una puntuación más convencional y títulos formales, toda la obra de Dickinson es póstuma. Como explica una de sus traductoras, Claire Malroux, no solo la poeta evitó publicar en vida, sino que su creación se resistía al Libro y a la clasificación que éste exige: "[…] se limitó a introducir una apariencia de orden en las páginas que acumulaba, primero cosiéndolas para formar Cuadernos (Fascicles), luego ensamblándolas en Legajos (Sets) durante un período de tiempo equivalente, y finalmente dejando de clasificarlas en los diez años que le quedaban de vida, como si hubiera terminado con cualquier intento de separar la actividad poética de la vida.”

Cuatro años después de la muerte de Emily Dickinson, su sobrina Martha Bianchi y la editora y escritora Mabel Loomis Todd editaron una selección de poemas, vehiculando sin buscarlo la imagen de una inocente, pálida y delicada joven abocada a la existencia contemplativa, al elogio de la naturaleza y de la pureza del alma. Hubo que esperar hasta la década de 1950 la publicación de ediciones completas, incluida su extensa correspondencia, fruto de un laborioso trabajo editorial, para descifrar una de las obras más radicales de la historia de la poesía. Una labor acompañada por el impulso de la crítica literaria feminista en los 70, que permitió invertir la visión fragmentada que se tenía de la poeta al ahondar en los aspectos más incandescentes de su creación.

Ahora se conoce su rebelión contra el fervor religioso del Seminario Femenino de Mount Holyoke, una institución en la que pasó diez meses a la edad de 17 años, antes de decidir volver a su casa por razones no esclarecidas. Emily Dickinson nació en el período previo a la Guerra de Secesión, en un momento en que fuertes corrientes ideológicas y políticas se enfrentaban en la alta y media burguesía estadounidense. Muchos miembros de la familia Dickinson se habían unido oficialmente a la iglesia cristiana en 1845, durante el “Segundo Gran Despertar”, movimiento de renovación espiritual protestante caracterizado por una actividad evangelizadora cristiana sin precedentes y por grandes oleadas de conversiones.


El cuarto propio de Emily

Emily decide por su parte no hacer declaración de fe y no participar en el renacimiento del puritanismo religioso de su época. En una carta dirigida al crítico Thomas W. Higginson en abril de 1862, escribe: “Usted pregunta por mis compañeros: Las Colinas – Señor - y el Atardecer - y un Perro - tan grande como yo, que mi Padre compró para mí – Valen más que los Seres - porque saben – pero son mudos - y el ruido en el Estanque, al Mediodía - supera mi Piano. Tengo un Hermano y una Hermana - A mi Madre no le interesa el pensamiento - y mi Padre está demasiado ocupado con sus Legajos - para darse cuenta de lo que hacemos - Él me compra muchos Libros - pero me suplica que no los lea – porque teme que me sacudan la Mente. Todos son religiosos – excepto yo - y cada mañana, se dirigen a un Eclipse - a quien llaman su “Padre”. Pero temo que mi historia lo fatigue – Me gustaría aprender - ¿Pudiera Usted decirme cómo crecer - o eso no es transferible - como la Melodía - o la Brujería?”

Nunca puso fecha a sus poemas. Desde su confinamiento voluntario, al amparo de las miradas y de las presiones externas, entró en otra temporalidad. “Un gesto religioso, pero un desafío a la religión”, según Claire Malroux. ¿Cuál es ese gesto? “El suspiro que de un solo impulso todo lo abandona y lo recupera. Pero hay que abandonarlo todo. "Todo — es el precio de Todo”, escribe la autora Flora Bonfanti en un hermoso texto dedicado a los poemas de Dickinson. Si el Dios al que le reza su familia es un eclipse, estos poemas también están atravesados por eclipses, aunque los suyos nazcan de un lúcido e imposible diálogo con la frontera entre eternidad y muerte. 

Pueden predecirse - los Eclipses -
Y controlarlos la Ciencia 
Mas, si de repente, uno apareciera
Dejaría de funcionar el Reloj de Jehová.

Para ella, que no quiso aprender a leer la hora hasta los quince años, el reloj dejó de funcionar cuando asumió decididamente su vocación de poeta, a partir de 1860. Enclaustrada en su cuarto propio, hasta el vértigo experimenta las contradicciones que cercan la condición humana, y asume con ardor y sarcasmo su precariedad. 

¡Yo no soy Nadie! ¿Quién eres tú? 
¿Tampoco eres Nadie tú? 
Ya somos dos - ¡Pero no lo digas! 
Ya sabes, luego se percatarían. 
¡Qué terrible ser Alguien! 
¡Qué público decir tu nombre 
Cual Rana ‑ todo el santo día 
Para que un Tronco se asombre!


Retrato de los hermanos Dickinson en 1840, Emily es la de la izquierda


Aquel enclaustramiento fue durante mucho tiempo un misterio sin resolver. ¿Qué acontecimiento en la vida de Emily la hirió tan dolorosamente para que decidiera, siendo aun joven, encerrarse en forma tan radical? Desde la década de 1990, toda un área de la exégesis feminista y de la investigación clínica encontró en su obra el testimonio de una sobreviviente del incesto. Esta hipótesis se apoya en rigurosas decodificaciones de su poesía, de su léxico, encontrando síntomas de estrés postraumático. Varias evidencias del tema de la violación y de sus efectos, que muy pocos hasta ese momento habían querido ver, tanto en su poesía como en su correspondencia. 

"Tengo un terror desde septiembre, no podía decírselo a nadie; y por eso canto, como lo hace el chico cerca del cementerio, porque tengo miedo”, escribe la propia Emily en una carta de 1862. Entre lxs pocxs traductorxs que hayan tenido la valentía de asumir esa parte, se encuentran Ana Mañeru y María Milagros Rivera, que en el prólogo y el epílogo de la traducción de la obra completa dirigida por ellas, escriben: “El ejemplo más extremo de todos los vividos en esta etapa de traducción ha sido el de tenernos que abrir, porque los poemas se han impuesto y nos lo han impuesto, a la vida de una mujer que sale ilesa mediante su escritura, y no solo sale ilesa sino que salva la genialidad que, desde niña, sabía que estaba en ella, del delito del incesto (de su padre Edward Dickinson y de su hermano Austin Dickinson).” La psiquiatra Judith Lewis Hermann sostenía en su libro pionero Father-Daughter Incest (1981): "La mayoría de las víctimas de incesto fueron niñas abusadas por su padre […] un común y predecible abuso del poder patriarcal". Mutilada – fui yo – pero no por Azar –, escribe Dickinson en el poema 841.

Bajo la breve oscuridad de los eclipses se alza el léxico que fue creando paso a paso a lo largo de sus viajes inmóviles. Poemas breves y elípticos, con puntuación extraña, síncopas, oxímoros, imágenes oníricas, alegorías. Las palabras de Emily Dickinson han recorrido mares encantados, nieves heladas, andado descalzas por jardines donde una abeja aguarda el regreso de la luz. Con ellas, la poeta atravesó estados extremos, de pérdida de la identidad y descubrimiento de la nada, de vigilia y de lucha solitaria en tierras intolerables.

Meditaciones poéticas

Mantenía sin embargo una correspondencia con las personas a las que atesoraba, y las había, en particular con su cuñada Susan Gilbert, a la que amaba intensamente y con la que no pudo vivir una plena relación. Sue, que en ocasiones tuvo una compenetración con el proceso poético de Dickinson que el crítico literario Higginson no alcanzaría. En 1852, Emily le escribe a Susan: “Las campanas están tañendo, Susie, al norte, al este, al sur y con tu propio pueblo, y los que aman a Dios están aguardando para ir a la asamblea; no vayas, Susie, no vayas a su reunión, mas ¡ven conmigo en esta mañana a la iglesia de nuestros corazones, donde las campanas siempre tocan a vuelo y donde el predicador cuyo nombre es Amor—intercederá por nosotras! Todos menos yo irán, al lugar de siempre, para oír el sermón de siempre; la inclemencia de la tormenta muy amablemente me ha detenido; y mientras estoy aquí Susie, sola con los vientos y contigo, me siento rey más que nunca, porque sé que ni siquiera el hombre más delgado podrá insinuarse en este retiro, este dulce Sabbat nuestro.”

La obra y la correspondencia de la poeta son inseparables, la mayor parte de sus cartas se leen como largas meditaciones poéticas. En ellas se ve cómo día a día una joven de la buena sociedad a la que se le pide que sea sensata, guarde silencio y no lea mucho más que la Biblia, desarrolla una voluntad de acero y, a pesar de la fragilidad psíquica que conlleva una experiencia extrema de la violencia sexual, logra construirse un destino para sí misma dejando un inagotable misterio que resolver para las generaciones futuras. Un destino que desafía al propio destino: "El Sr. S. dio un sermón sobre la predestinación, pero no respeto las "doctrinas" y no lo escuché", le escribe a Susan en 1850.

Más allá de las doctrinas veía su inmovilidad de faro: "Como si se hendiera el Mar / Y nos mostrara otro Mar más allá - / Y ese - otro más - y los Tres / No fueran más que una presunción - // De Series de Mares - / Nunca visitados por Playas - / Siendo ellos mismos Márgenes de otros Mares - / Como Ellos - así es la Eternidad"

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