Yo maté a un hombre

Hace mucho dejé de creer en que cuando uno muere es recibido por un señor barbudo al que debemos rendirle cuentas por las macanas hechas en la vida. Sin embargo cada tanto tengo un sueño, en el que el señor barbudo me recibe y saca a relucir la vez en que yo maté a un hombre. Es una culpa que me ciñe el pecho. Lo más triste es que es una culpa que podría haber evitado, si no hubiera contraído esa patología que padece una persona entre millones. Sólo que lo mío fue consciente. De otro modo aquella muerte no debiera preocuparme.

Fue a fines de diciembre del año mil novecientos setenta. Yo era un mocoso atrevido, sexto grado de la escuela primaria. En esa época había empezado a rechazar la ropa que me compraba mi vieja. Sentía que era un adolescente y quería elegir mis prendas. Tipo cinco de la tarde llegué a la tienda de Cacho a comprar un vaquero. Él era un hombre gordo, pelado, que tenía una pequeña tienda en el barrio. Cacho no tenía problemas en que dejemos todo pata para arriba buscando lo que nos gustara. Parecía tener una frase apropiada para cada cliente. Te pega con los ojos, lo hicieron para vos, era algo de lo que nos decía para que nos fuéramos felices. Además nos daba fiado. Y, como si eso fuera poco, Cacho, al igual que yo, era fanático de Boca y después de comprar nos quedábamos hablando de fútbol. En esa época me la pasaba leyendo El Gráfico, la revista Goles y escuchando programas deportivos. Si se trataba de Boca mis conocimientos era microscópicos. Esa era la causa por la que Cacho se demorara hablando conmigo. Esa tarde de verano, la tarde que cada tanto sueño aterrado, era un miércoles. A la noche se jugaba la final del campeonato. Boca contra Central en cancha de River.

Mientras yo revolvía una montaña de vaqueros apilados sobre una mesa, Cacho hablaba sobre el partido con un hombre que, supuse, era un viajante. Estaba claro que el hombre era canaya, porque hablaba de Rosario Central con un énfasis que no entendí hasta muchos años después, cuando a veces me detengo a escuchar mi propia voz. Hablaban respetándose aunque se cargaban con ironía, tratándose con esa distancia inequívoca de quienes no pueden ocultar tener algo que los separe. Como lo dije, yo era un mocoso atrevido y no aguanté. Fui recorriendo la mesa, como distraído, hasta que me topé con ellos. Una vez que estuve muy cerca dije algo sin importancia, relativa al partido, y me quedé en el lugar. Por la manera de mirarme se notaba que había sido aceptado a esa conversación. Cacho me conocía y el supuesto viajante estaba lejos de imaginarse que ese pibito lo llevaría a encontrar la muerte en una tienda de pueblo, una tarde de verano. Como para sumarme a la conversación dije algo acerca de la formación de Boca. Ellos agregaron alguna opinión aprobatoria, más que nada para hacerme sentir cómodo. Después hubo un rato en que hablamos todos superpuestos, sin escuchar al otro. Parecía que cada uno era dueño de alguna verdad irreprochable de lo que ocurriría esa noche en la cancha. Enseguida nos quedamos en silencio. Durante ese breve lapso en que estuvimos callados y mirando como retorcía sus dedos cada vez que escuchaba algo inconveniente a los intereses de su club, tuve tiempo a reflexionar de que aquel hombre más que un hincha era un fanático de Central y estaba convencido de que esa noche lo vería, por primera vez, campeón.

Yo me sentía un adulto opinando a la par de ellos. Todas mis lecturas sobre fútbol me servían para hablar con propiedad, incluso citando hechos que habían sucedido mucho antes de que yo naciera. Cuando estimé que mis palabras no tenían nada que envidiarle a las dichas por ellos, imitando el parecer de algún periodista, continué ponderando la superioridad de Boca como equipo, tratando a Central de equipo chico. Cacho festejaba todo lo que yo decía, y eso me daba pie para seguir, envalentonado. Utilizando una frase de mi sabia madre, el hombre era el tercero en discordia, y era evidente que estaba cada vez más incómodo. Lo que él podía citar como éxitos de Central, y sus jugadores estrella, eran nada comparado con todo lo que Cacho y yo teníamos para ofrecer de Boca. Parecíamos dos hinchas festejando el campeonato por anticipado, y aquel pobre hombre tomaba ese festejo como un vaticinio de algo que ya hubiera sucedido. Como imaginándose las cargadas que recibiría la mañana siguiente en el bar, en el barrio, y si más no viene, en su propia casa si Central no ganaba. Así lo fuimos demoliendo. Apenas si alcanzaba a meter algún bocadillo, ante nuestras expresiones cargadas de jolgorio. Del tipo “hoy les hacemos tres”, en boca de Cacho o, lisa y llanamente, “hoy le rompemos el traste” en boca mía, respaldadas por unas carcajadas graves que Cacho largaba festejando mis ocurrencias. Lo que me estimulaba para levantar la apuesta. Porque esa tarde me hallaba exultante. Sentía haber sido rozado por una musa especial y ostentaba una inspiración superlativa para inventar frases, cánticos y ofensas, siempre teniendo a Central como destinatario.

Llegado un momento, directamente ignorábamos a ese hombre y con Cacho empezamos a abrazarnos cantando: dale campeoon…dale campeooon…. Mientras, poniendo picardía maligna en mis ojos, yo le destinaba al hombre una seña que a él lo envenenaba. Hacía un círculo con los dedos de una mano, y allí introducía el índice de la otra, moviéndolo con insistencia.

Hasta que aquel hombre cruzó el umbral de la tolerancia. Haciendo sonar sus talones con rabia en el piso hizo unos pasos largos hacia donde yo estaba. Enseguida lo tuve enfrente, apretando los dientes con una especie de zumbido animal, parecido a un destello rabioso de cualquier fiera dispuesta a una lucha. Clavándome una mirada que despedía toda la repugnancia de su odio empezó a exclamar ¡Pendejo de mierda! Lo repetía en un susurro ahogado que le salía por la boca como una lengua de fuego. Me quedé mirándolo, desafiante, y en un acto de absoluto desparpajo hasta largué una carcajada burlona. Pude verle los dedos de las manos crispados, temblorosos. 

La cara se le fue poniendo cada vez más roja, con las venas del cuello como dos culebras a punto de estallar. En ese momento estiró los brazos y alcancé a sentir su fuerza como una tenaza afirmándose en mi cuello. En un acto intuitivo me desprendí haciendo un paso para atrás, pero él se adelantó y volvió a tomarme, con más fuerza que la vez anterior. ¡Pendejo de mierda! Repitió una vez más, sin soltarme. Sentí en esas manos toda la fuerza brutal de alguien víctima de una injusticia. ¡Pendejo de mierda! Insistió y mis ojos ya empezaban a desorbitarse, cuando de pronto despidió un sonido raro. Empezó a temblar como una hoja de la cabeza a los pies con un escalofrío sin ritmo. Tragó una boconada de aire y pareció no poder soltarla. Intentó volver a tomar aire, pero se ahogaba como si estuviera en el fondo de un río. El color de la cara pasó de rojo a violeta. Los labios hacían un movimiento instintivo como queriendo decir algo. Respiró varias veces con un ronquido raro, similar al que hace la bisagra oxidada de una puerta. Las piernas se le fueron doblando lentamente como si fueran de papel mojado. Abrió los ojos enormes, se arrodilló agarrándose el pecho con las dos manos y, mientras Cacho pedía ayuda a los gritos, el hombre abrió la boca de un modo como yo nunca había visto antes, balbuceó un gemido ronco, lo repitió algunas veces de un modo desesperado y horroroso, inclinó la cabeza hacia abajo, lentamente se fue desparramando en el piso a lo largo, hizo un último movimiento instintivo, estirando las piernas con rigidez y murió.

Lo que ahora, de grande, es una culpa que me persigue en los sueños, no es como le explicaré al señor barbudo la muerte de ese hombre, en la tienda de Cacho, esa tarde de verano. Cualquier hombre muere después de todo. Él lo sabe mejor que nadie, y yo era solo un niño. Lo imperdonable, lo único que me va a seguir aterrando mientras viva y que me hace bajar la cabeza cada domingo que estoy en la popular que da al río, es cuando recorro con la vista todos los sectores de la cancha y veo a esas cuarenta mil almas alentando sin parar, y al estadio vibrar como si estuviera por caerse, y de pronto, como poseídos por una energía inhumana se ponen como locos al ver asomarse las camisetas azules y amarillas por la boca del túnel. Ahí, precisamente en ese momento, es cuando se me anuda la voz, debo taparme los ojos, y sin poder evitarlo siento que lo imperdonable es que ese hombre que murió no era un hombre cualquiera, ese hombre era uno de los míos. Era un canaya. 

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ