Se publica "Instrucciones para un funeral"

El tiempo, la brevedad y la forma en los cuentos de David Means

Es considerado uno de los más destacados autores de narrativa breve de la actualidad. Comparado con Raymond Carver, con quien mantiene puntos de contacto, el norteamericano David Means reflexiona sobre la forma narrativa y su relación con el tiempo en los cuentos de Instrucciones para un funeral, su primer libro de cuentos traducido al castellano.

El texto que abre Instrucciones para un funeral se titula "Confesiones" y es una pequeña teoría moral del cuento. Su tono ensayístico funciona como un prólogo o advertencia de lo que vamos a leer a continuación. Con un lenguaje coloquial, cercano, David Means da algunas definiciones de lo que un cuento debería ser, el delicado trabajo que lleva, la capacidad que posee para detener el tiempo, pero también las obligaciones que el cuentista tiene con aquellos a quienes toma como motivo para escribir, particularmente si se trata de su familia, más aún si a esta le tocó vivir privaciones, pérdidas, violencia. La cuestión de la verdad en el relato es analizada en un puñado de líneas, un extracto de una potencia y una agudeza que develan las tres décadas que el autor viene dedicando a pensar en este asunto. Un texto preliminar que también es interesante volver a leer al finalizar el libro, porque muestra hasta qué punto la propuesta narrativa que el escritor hace a lo largo de catorce cuentos, está condensada ahí.

Se trata de la quinta colección de cuentos de David Means (Michigan, 1961), considerado uno de los más importantes autores contemporáneos de narrativa breve. Publica habitualmente en medios como The New Yorker, Esquire o The Paris Review, fue ganador del Los Ángeles Times Book Prize y el O. Henry Award, y finalista del premio Booker con su novela, Histopía. Instrucciones para un funeral es el primer libro de cuentos que se publica de este autor en español --con traducción a cargo de Francisco González López-- por la editorial Sexto piso, que ya había publicado su única novela hasta el momento.

Los relatos de este libro podrían dividirse en dos, los escritos en primera persona que tienen como narrador a un personaje muy parecido a su autor –un escritor que vive en los alrededores de Nueva York, a orillas del caudaloso río Hudson, cuidando a su hijo pequeño— y los que se diversifican en distintos sujetos y quien narra se vuelve un poco más lejano y omnisciente. Los primeros siete cuentos, del primer tipo, presentan un hecho puntual y lo rodean de pensamientos que detienen, modelan, resignifican y estallan en distintas direcciones aquello que se cuenta. Uno de ellos es "La silla", donde un niño corre a toda velocidad en dirección a un acantilado y su padre repasa mentalmente una serie de hechos del presente, del pasado y del futuro mientras va tras él, intentando no asustarlo y llegar al precipicio primero. Hay una inminencia de la muerte, una amenaza que tensiona el texto desde adentro y no solo en este cuento. En "A puñetazo limpio. Sacramento, agosto de 1950", el procedimiento es similar. Una pelea en el fondo de un bar, entre un campesino bravo y un bonito chico rico, es desglosado en el tiempo y en el espacio por el primero de los contrincantes, durante el mismo período que dura la pelea. Es un cuento perfecto, con un tema clásico, pero el modo en que está tratado difumina sus bordes, llevándolo a un extremo casi metafísico. Esa misma pelea ocurre y es recordada a la vez, en distintas épocas y su significado va cambiando, hasta convertirse en el hecho mítico, la razón de la vida de su protagonista.

A partir del relato que da título a todo el volumen, los sujetos cambian: en un caso es un agente inmobiliario dejando unas ridículas y tristes notas para después de su muerte, en otro son dos buscavidas que viajan en auto hasta un monumento en Nueva México, en otro son dos vagabundos que juegan a la lotería, en otro un grupo variopinto de adictos en recuperación, en otro un psiquiatra y un paciente en un manicomio y así. Los personajes son en su mayoría seres golpeados, o que en el momento del relato están procesando un golpe, lo que suele llamarse en la cultura norteamericana "perdedores", pero que en estos textos son mostrados con una complejidad que los acerca, no los convierte en piezas de un museo de lo marginal, sino en personajes que viven en el mismo mundo que el nuestro, un lugar mayormente hostil. Hay quien compara a David Means con Raymond Carver y algo de eso hay. El anteúltimo cuento es un homenaje a ese autor, con una deriva imaginaria acerca de las últimas horas de su vida, conjugándolo con las de las últimas horas de Kurt Cobain. Es un cuento que el mismo escritor califica de fallido, pero quizás ese extraño intento de unir las muertes de dos hombres lastimados y que tantas cosas bellas dejaron, sea el mejor modo de reivindicar algo así como un fracaso.

Diversas problemáticas recorren las páginas, todas de peso, todas alcanzarían para escribir una novela completa: la infidelidad en un matrimonio de muchos años, la traición de una amistad iniciada en la infancia, el ejercicio de la paternidad, la circularidad de las adicciones, el odio de clase. Son narraciones intrincadas, singulares, epifánicas, que requieren de una lectura atenta, y que devuelven como contrapartida la fascinación, porque es en su hechura, en sus procedimientos, donde se encuentra su gracia. Además de Carver, a quién más vivamente recuerdan estos relatos es a la Flannery O'Connor de Un hombre bueno es difícil de encontrar. Esos retratos crudos, desangelados, donde toda una sociedad y una ética aparecen condensadas en unas pocas páginas. De todos modos, la prosa de Means es única. Es bueno recordar aquí lo que el autor escribe en el cuento inicial, "Confesiones", acerca de su oficio con la narrativa breve: “Es sencillamente imposible sintetizar o describir el contenido de los relatos, lo único que puedo asegurar es que yo intento, cuando menos, respetar lo que cada relato quiere, no sólo lo que quiere ser, también lo que quiere decir y la forma de decirlo.” Sus cuentos son imposibles de sintetizar porque más allá de toda trama está la forma, la originalidad radical con la que están engarzadas cada una de las piezas en juego.

Y quizás el rasgo distintivo sea el modo que el autor tiene de llevar a un extremo los usos de la temporalidad. Es prodigiosa la manera en que los saltos abruptos, los giros, nos llevan a un extremo al otro de una vida. Cada cuento tiene en su interior un pequeño aleph donde todo ocurre a la vez, produciendo una reflexión sobre la naturaleza del tiempo, más allá de lo que se proponga contar. También en "Confesiones", Means dice: “Eres consciente – al menos yo lo soy– de que la eternidad lo va a devorar todo a su debido tiempo y que cualquier huella que dejes acabará por desaparecer, porque ser consciente de ello es una parte esencial de tu trabajo: la sensación de arrancar un gajito de tiempo, de detenerlo, de hacer que se quede quieto.” No cabe duda de que Means consigue usar a su favor esa capacidad de la literatura. Como un demiurgo, un prestidigitador de las palabras, logra que esa fuerza que tarde o temprano va a convertirnos en polvo, se detenga un momento y nos ilumine con la belleza de las revelaciones, antes de que el movimiento continúe.

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