El regreso de un clásico de la escena

Osqui Guzmán, "El Bululú" y el teatro como máquina de coser memoria

Este domingo el espectáculo popularizado por el actor vuelve al CC 25 de Mayo, a una década de su estreno y por cuatro únicas funciones.  
Osqui Guzmán. Osqui Guzmán. Osqui Guzmán. Osqui Guzmán. Osqui Guzmán. 
Osqui Guzmán.  

Cuando Osqui Guzmán escuchó por primera vez la voz del actor español José María Vilches tenía 18 años y estaba en un cuartito de chapa y madera en la casa paterna del barrio de La Boca. Había entrado al Conservatorio de Arte Dramático y, a la par, hacía teatro callejero. Su primer director tenía cierto rechazo por la academia, así que le dio un casete con una grabación de El Bululú y le dijo: “Escuchá esto; es mejor que cualquier clase de teatro”.

Osqui lo escuchó en un grabador de periodista que tenía su papá y, en diálogo con Página/12, recuerda: “Fue tal la fascinación que me produjo esa voz, los textos extrañísimos, graciosos y poéticos, los vaivenes emocionales del público mientras él recitaba, que me atrapó de manera muy natural. Rebobinaba la cinta una y otra vez, lo escuchaba mientras cosía en la máquina y terminé aprendiéndolo de memoria; a veces recitaba por lo bajo viajando en colectivo y cuando me daba cuenta toda la gente estaba mirándome. Evidentemente él era mi maestro y yo su alumno sin que lo supiéramos”. Este domingo a las 20.30 El Bululú. Antología endiablada vuelve al CC 25 de Mayo (Av. Triunvirato 4444), a una década de su estreno y por cuatro únicas funciones (http://www.alternativateatral.com/obra17231-el-bululu-antologia-endiablada).

Guzmán se desempeña con gran ductilidad en teatro, cine y televisión, obtuvo numerosos reconocimientos y su formación es muy ecléctica: estudió en el conservatorio mientras hacía teatro callejero en La Ribera –interpretó gallegos, tanos, judíos y compadritos en sainetes de los años ’30–, se entrenó en las técnicas de Étienne Decroux, Jacques Lecoq y los lenguajes de la Commedia dell'Arte, asistió a matches de improvisación en el Rojas, formó parte del histórico Sucesos Argentinos, fundó su propio grupo (Qué rompimos!) y en 1995 inició la murga de Palermo, Atrevidos Por Costumbre.

En sus trabajos resulta evidente el cruce de esos mundos, y El Bululú no es la excepción: “El cóctel de improvisador y murguero fue dinamita en ese momento, un gran descubrimiento. Yo acababa de terminar el conservatorio y fue lo más importante que me pasó después de eso; la academia recibió un cachetazo del pueblo y pude conectar ambas cosas. Utilicé todas las herramientas de la improvisación en la murga y pude comprender el lenguaje popular, la conexión que existe con el que mira sin ningún interés de compra-venta: no pagaron entrada, pueden irse cuando quieren y sin embargo están ahí; entienden perfectamente que vos los necesitás y que ellos necesitan algo de lo que vos estás dando. Esto no se enseña en una escuela sino que se aprende con la experiencia, en contacto con los lenguajes populares”.

Después de escuchar aquel casete, Osqui pasaba horas leyendo antologías españolas en las librerías de calle Corrientes: “Evidentemente todo es una recopilación de una recopilación de cosas hechas y escritas a lo largo del tiempo. Cuando estrené la obra en el Teatro Cervantes habían pasado casi 20 años pero tenía los textos grabados en mi memoria como un tesoro escondido”. Años después de la primera escucha, Leticia González de Lellis (su esposa) imprimió los textos, armó una carpeta y le sugirió que presentara el proyecto en el Cervantes. “Leti me decía que pensara en esa máquina de coser mientras escuchaba a Vilches, pero yo no lo consideraba importante porque para mí era una historia muy cercana, la herencia cultural de mi familia. Ella empezó a escribir y me fascinó la mezcla que generó en pocas líneas, entonces decidimos escribir un párrafo cada uno. Cuando empezamos a indagar en esa herencia, algo entramado profundamente a la vida cotidiana era el trabajo porque mi familia es trabajadora. Mi mamá se levantaba y lo primero que hacía era prender la máquina de coser, después preparaba el mate. La máquina estaba siempre activa y ella decía que antes del trabajo estaba el trabajador. Gracias a Leti pude ver esas conexiones”.

Después fueron a hablar con Mauricio Kartun, quien les recomendó El teatro como máquina de la memoria de Marvin Carlson. “Ahí planteamos la hipótesis del teatro como máquina de coser memoria, porque a lo largo del tiempo uno elige qué retazos guardar: aparecía mi familia, el trabajo, Bolivia, la colonización, la matanza del actor educado en técnicas colonizantes europeas. Pensar el teatro como máquina de memoria es hablar del fantasma que el público crea, en este caso El Bululú. Cuando decidí hacer esta versión, muchos fueron a renovar ese fantasma”, explica. En El Bululú. Antología endiablada está la cultura boliviana de sus padres, la cultura española del Siglo de Oro, su cultura argentina y rioplatense e incluso la cultura oriental en su gusto por el kung-fu, el haiku o los proverbios.

Empezaste a estudiar teatro porque amabas el kung-fu y sentiste curiosidad por una materia llamada “Acrobacia, violencia en escena y esgrima”. ¿Qué tomaste de la cultura oriental?

– El poder de síntesis. Es una sabiduría milenaria que antecede a la filosofía y se basa en una observación constante de los estados de la naturaleza. No es algo que pueda estudiarse como ciencia porque no es exacta, entonces hay que recurrir a la síntesis: los proverbios, el haiku, esas tres líneas demoledoras. Cuando trasladás esto al teatro, el gesto del actor adquiere potencia poética. Esto lo descubrí gracias a Kartun, yo era un inconsciente total hasta que lo conocí. A través de su pensamiento, él ordenó mi trabajo con devoluciones siempre amorosas, afectivas y tajantes sobre lo que yo hacía. Me hizo entender cómo podía relacionar todos los elementos que traía.

¿Quién es el bululú en la historia del teatro?

– El bululú es una especie de antihéroe. Si vas a la historia, se lo describe como un vagabundo que iba de pueblo en pueblo: se presentaba ante el cura, le decía que quería hacer una comedia y él lo acompañaba a la cantina, lo presentaba como un buen hombre y anunciaba que iba a hacer su acto por monedas y un poco de comida. Lo curioso es que hacía las voces de todos los personajes de la obra, se quedaba a dormir ahí y al día siguiente se iba a otro pueblo. El bululú era un comediante de los caminos, una compañía de teatro de un solo actor. Con la prohibición de las compañías en la Edad Media, empiezan a reducirse y viajan para que la policía no los agarre.

Sos un actor que nada muy bien en la comedia. ¿Qué poder tiene la risa?

– Para mí es mucho más potente que el drama. El drama puede ser hipócrita; la risa no. En el teatro es raro que te rías forzadamente, pero si un drama no te gusta podés guardar silencio sin irte de la sala. Con la risa no hay manera porque es franca, una risotada o una mueca hace estallar en el espectador su propia inteligencia. El comediante y el espectador comparten un mismo código. Recuerdo una anécdota de un humorista cordobés que hacía muy bien de borracho: un día vino un hombre, le dijo que había ido a ver el espectáculo con su familia y se dio cuenta de su alcoholismo, entonces decidió ir a Alcohólicos Anónimos y se recuperó, dejó de tomar. Se vio reflejado a sí mismo y no le gustó. Pudo ver el drama en la comedia.

Osqui celebra la vuelta a las salas y aclara que, en su caso, es viable porque se trata de un unipersonal: “Cuando veíamos que nuestra actividad no era esencial muchos pensábamos: ‘Para mí sí es esencial’. Puede no ser esencial para la vida, pero es imprescindible para la existencia. Hoy tenemos la posibilidad de reaprender el sentido comunitario de la protección. Vamos a ir al teatro con el terror amarrado al coraje, sabiendo que tenemos que cuidarnos. La ciudad de Buenos Aires, hervidero de artistas y espacios, es hoy el lugar más sensible; de los teatros pequeños surgimos todos nosotros, y creo que hoy necesitan que el Gobierno de la Ciudad piense medidas específicas, porque muchos cerraron y otros corren ese riesgo”.

El actor está conmocionado por la muerte de Diego Maradona, y cuenta que formó parte de Sueño bendito, la serie sobre el Diez producida por Amazon donde interpreta a Galíndez, masajista de la Selección y amigo personal de Diego: “Ahí conocimos algunas anécdotas, decisiones que tuvo que tomar a lo largo de su vida, y siempre nos preguntábamos cómo se puede vivir bajo tanta presión. Cuando recibí la noticia estaba en la plaza con mi hijita, volví a casa y lloramos con Leti. La sensación es que llorar no alcanza. Yo no soy muy futbolero; era de Boca porque me crié en el barrio y mi papá era del club, pero cuando lo vi a Diego entendí que el fútbol era algo sagrado”.

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