Las memorias de una de las secretarias privadas del líder chileno

“Allende estaría muy decepcionado de la política chilena”

La socióloga Patricia Espejo por primera vez expone sus memorias del período. Dolorosas, críticas del contexto y absolutamente leales al histórico presidente que hace 50 años asumió el poder, el texto es un documento sobre un hombre que sigue siendo un modelo de liderazgo.
Imagen: Télam

Desde Santiago

En noviembre de 1970, Salvador Allende asumió como presidente en Chile iniciando la llamada “vía chilena al socialismo” o una revolución democrática “con empanada y vino tinto”. Fue interrumpida tres años después con un golpe militar teledirigido desde Estados Unidos por el gobierno de Richard Nixon, como recientes documentos desclasificados confirman una vez más. Días antes del comienzo de esta etapa, la socióloga Patricia Espejo Brain recibió una llamada de Beatriz “Tati” Allende, médica e hija del presidente para que se integrara el gobierno como secretaria. Juntas trabajaban en la cátedra de salud pública de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, en el Hospital del Tórax. Sin más ceremonia, llegó a La Moneda junto a Blanca Mediano, también socióloga, para formar parte de la Secretaría Privada. Lo primero que hizo fue comenzar a llamar a los sindicatos y movimientos de mujeres para invitarlos a la primera cena que el presidente ofrecería celebrando la llegada al gobierno.

Así comienza Allende Inédito  (Aguilar, 2020) las memorias de una mujer que reconoce en su departamento frente a la Plaza Ñuñoa, que mientras las escribía —en jornadas que llegaban a durar 18 horas— debía detenerse a tomar agua porque sentía que se iba a poner a llorar. “Recordar me produjo una sensación de mucha tristeza y nostalgia por el presidente y el equipo. Pero también por la forma de ser de esa época, la entrega y solidaridad. Esas cosas se me ahondaron aun más. Fue doloroso”.

El libro está dividido en doce capítulos que avanzan por la “interna” de la UP, la estresante gira de Fidel Castro (que se extendió casi un mes, superando lo contemplado), la soledad de un presidente en un Chile intervenido por la derecha, Estados Unidos y las propias disputas sobre el uso de la violencia de los partidos de su coalición, el Golpe de 1973, el exilio inmediato en Cuba y —esto es importante— el Estallido Social de octubre de 2019 que, entre otras cosas, se materializó en un plebiscito donde se aprobó cambiar la Constitución de 1980 establecida por Pinochet en Dictadura. “A pesar de todo soy optimista. El liderazgo del Doctor —siempre le dije así— es como si hubiera despertado en estas nuevas generaciones que salen a la calle. En esos chicos yo si que confío”.

EL ATENTADO QUE NO FUE

Espejo combina magistralmente la contingencia política del momento con anécdotas entrañables del presidente chileno como su pasión por los westerns o el buen vestir, con hitos que ella vivió en primera persona como en julio de 1971 cuando se nacionalizó el cobre y Allende encargó a Jorge Arrate, entonces presidente de la Corporación del Cobre, que avisara al embajador de Estados Unidos que no se pagaría indemnización. “Yo me tapaba la boca entre nervios y felicidad. Y el Doctor se asomaba por una puerta y cuando le corta le dice: ¡Bravo! ¡Hoy el sueldo de Chile es el cobre!”.

También revela el ritual de sus siestas de exactos diez minutos tras el almuerzo, donde se acostaba con pijama en un sofá cama instalado por Miriam Contreras, la “Payita”, su secretaría privada. Una vez, no contestó a la puerta, lo que asustó al equipo. Allende lanzó “una enorme carcajada” y les dijo: “Se asustaron, pero no se preocupen, hay Chicho para rato”. Tati, que ocupa gran espacio y aprecio en estas memorias, se enojó, recuerda la autora, ante su sentido de humor que funcionaba como una forma de aliviar un período donde la amenaza de un atentado siempre estuvo presente.

“Todas las semanas encontrábamos micrófonos escondidos. Y hay algo que no aparece en el libro: el intento de asesinato el 20 de agosto de 1973 ¡Una primicia!”, exclama Espejo. “El Doctor viajó a Chillán para un homenaje a O`Higgins y lo hizo en helicóptero. Todos le dijimos que no, porque viajando ahí no existe la posibilidad de defenderse. Pero dijo que tenía que ir rápido a dar un discurso y luego volver. Un informante nos llamó por teléfono avisándonos del atentado para cuando regresara. Piensa que en esa época no había servicios de inteligencia. Eran amigos, momios (gente de derecha), conocidos. La Paya nos avisó cuando volvíamos del almuerzo y logramos a puro teléfono ubicarlo a través de una red de contactos y decirle que no se vaya en helicóptero. De Santiago fueron autos del GAP (Grupo de Amigos Personales) del presidente a buscarlo”.

“NADIE SABÍA NI DISPARAR”

—Usted es crítica del apoyo de los partidos de la Unidad Popular a su gobierno.

—Las discrepancias comenzaron rápidamente. El presidente se reunía cada quince días con los presidentes del partido en un salón grande de La Moneda, pero éstos empezaron a mandar a sustitutos. Era algo bien desagradable porque eso impedía tomar decisiones rápidas ya que nos decían: “oh, es que tengo que consultarlo con el partido”. Con el que tuvo más relaciones políticas fue con el PC y el PS. Con estos últimos tuvo grandes problemas. Y era su propio partido. Por otro lado, el MAPU se fue dividiendo y el doctor ya no tomaba mucho en cuenta esas rencillas.

—¿No había tiempo?

—¡Todos los días teníamos la posibilidad del golpe!

La secretaria cuenta que con quien Allende tuvo muchos problemas fue con Carlos Altamirano, secretario general del PS fallecido en 2019. El personaje, celebre por sus discursos y posición radicalizada, encabezaba la lista de los más buscados por la dictadura inmediatamente después de ocurrido el golpe. Incluso llegó a decir en un libro de entrevistas con la periodista Patricia Politzer en 1990: “En el Chile de hoy, el sentido común establece, de manera definitiva, que Altamirano es el responsable del golpe militar y del fracaso de la Unidad Popular, y no hay nadie que esté dispuesto a meditar al respecto, porque mientras yo sea el gran culpable, todos los demás pueden dormir tranquilos”.

"Conversé bastante con él antes de morirse. Estaba bastante lúcido. Yo le dije: Nunca te he echado la culpa, pero andabas llamando a combatir armado y no había ni pistolas. Pienso que fue poco riguroso ya que hablaba de llevar adelante una revolución mas hacia la ultraizquierda y no hacía hincapié en que el proyecto de Allende y de la UP era una revolución democrática, a la chilena, con “empanada y vino tinto”. Los llamados de Altamirano (PS) de Garretón (MAPU) y también del MIR hicieron que la derecha y la DC actuaran con mayor fuerza para abortar el proyecto de Allende. El PC fue mas cauteloso y mas comprometido con la UP".

—En el libro usted cuenta que nadie sabía disparar.

El Doctor no lo habría permitido. Muchos de los que lucharon el día del golpe no sabían disparar, eran médicos y tampoco había armas. Solo un pequeño grupo del Gap pudo combatir y algunas de las armas eran de carabineros (Guardia de Palacio) que las abandonaron cuando se plegaron al golpe.

Espejo, que tras el Golpe se exilió en Cuba y luego en Venezuela, regresando a Chile en 2002 (lo que da para otro libro) aun se estremece de recordar cómo Fidel Castro respetó la vía pacífica de Allende al punto de no entregar armas desde Cuba a Chile sin su consentimiento. “Me sigue sorprendiendo cuando la derecha habla de que habían diez mil guerrilleros cubanos y la izquierda no se defiende. ¡No hay ninguna prueba concreta de eso!”.

—Usted habla de dos grandes desilusiones. La del viaje a Rusia, pero la más grande, la muerte de Zoila Rosa Ovalle, su “Mama Rosa”.

—Vamos por orden. El Doctor viajó a Rusia confiado en el peso que supuestamente tenía el PC en ese país. Aunque reconozco que ese partido fue el más serio de todo, quizá pecamos de ingenuos porque la URSS no ofreció ayuda. Y ahí vimos que era el final. No teníamos como salir adelante. Sobre su “Mama Rosa”. Ella fue quien lo crió. Su mama de leche, quien lo amamantó porque eso se usaba en ese tiempo. El Doctor estaba muy afectado por las personas humildes, afectuosas y con necesidades. Él siempre estuvo pendiente de su situación y cuando enfermó iba a verla todos los días al hospital. Estaba cayéndose el gobierno, el país y él lo dejó todo por verla. Nunca lo vi más triste que cuando ella falleció.

—Y se puso la capa de doctor, que usaba siempre para los momentos importantes.

El había ejercido la medicina durante unos años. Dado su perfil político solo lo habían contratado para realizar autopsias en el Hospital Van Buren de Valparaíso. Allí, decía, había aprendido lo que era la pobreza y el dolor del ser humano.En esos tiempos los médicos usaban una capa azul cuando cubrían turnos de noche o hacía frio, para él la medicina había marcado su vida y la capa era un recuerdo de esos años. Recordé que en momentos difíciles se la volvía a a poner, tal vez sentía más de cerca a su pueblo y de lo difícil que era lograr avanzar en búsqueda de la dignidad que pretendía alcanzar para Chile. Nosotros, sabíamos que algo complicado estaba pasando, cuando se ponía su capa, era como su protección amigable, cercana que lo abrazaba.

El golpe la encontró bajando hacia La Moneda, tras recibir informaciones inquietantes sobre la sublevación de la marina. El centro estaba militarizado. Dice que sentía que ya no podía hacer nada. Sus amigos, familia, el Doctor daban vuelta en su cabeza. El sueño había terminado, de momento al menos.

El libro está disponible en: https://www.megustaleer.cl/libros/allende-indito/MCL-008427

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