Frente de tormenta

EL CUENTO POR SU AUTOR

Impredecibles son los caminos que conducen a la escritura de un cuento. Puede ser un sueño, lo que uno recuerda o reinventa de ese sueño, puede ser el rescate de un episodio de la infancia que había sido absolutamente olvidado, puede ser, como ocurrió en este caso, la inesperada interrupción de un viaje a las sierras de Córdoba. Mi mujer y yo habíamos decidido pasar unos días en La Falda, en La Cumbrecita o en Villa Giardino, no lo recuerde con exactitud. Sí recuerdo que sucedió en marzo, en una medianoche de marzo. El ómnibus que nos llevaría a las sierras estaba en el andén de salida, cumplimos con el protocolo de los pasajes y nos acomodamos en nuestros asientos, dispuestos a emprender un viaje directo: habíamos contratado un servicio sin escalas intermedias. Por aquellos años, las tablets y los teléfonos celulares pertenecían al espacio de la ciencia ficción. El juego de cartas, acaso el ajedrez, una revista o un libro constituían las posibilidades para entretener ese largo trayecto. La otra opción era apagar la luz y dormir, yo elegí apagar la luz. Antes de entrar en la ruta, comenzó a llover a cántaros. Me despertó mi mujer, tuve la fantasía de que habíamos llegado, comprobé que seguía lloviendo y supe que, por un desperfecto en el motor del ómnibus, haríamos una obligada escala en un bar del camino, cerca de San Nicolás. El denominado bar era un deplorable galpón, con un impreciso número de mesas y un largo mostrador en el fondo. En aquellos tiempos fumar no era un delito, la pipa podía ser un consuelo frente a tanto infortunio, la palpé en el bolsillo de mi campera y en ese momento recordé que al tabaco lo había guardado en la valija que, por supuesto, estaba en la bodega del ómnibus. Fui hasta el mostrador. Entre los atados de cigarrillos y las bolsas de tabaco para liar, destacaba un paquete de Dólar, lo compré como quien compra un paquete de Balkan Sobraine. Cargué la pipa, la encendí, comencé a fumarla y entonces vi que los pasajeros del ómnibus varado habían ocupado la totalidad de las mesas, algunos conversaban, otros intentaban un sueño liviano y unos pocos, en silencio, miraban hacia la puerta. Cuatro o cinco parroquianos, acompañados por una copita de grapa o de ginebra, se habían instalado junto al mostrador, supuestamente les habían cedido sus mesas a los imprevistos visitantes. El grito de los chicos, que corrían de una a otra punta, y el llanto de un par de bebés completaban el escenario y daban el clima adecuado para un cuento digno de esa madrugada de lluvia torrencial. Cedí mi asiento y el de mi mujer a Juan y a Julia, a partir de ese momento fueron ellos quienes bajaron del ómnibus, entraron en aquel bar de la ruta y le dieron sentido a “Frente de tormenta”.  


FRENTE DE TORMENTA

Juan miró por la ventanilla. Unos focos tímidos intentaban dar algo de luz. La gente hablaba en voz baja; la risa de alguien se mezcló con el murmullo del pasaje y el traqueteo del motor.

─Sigue lloviendo ─dijo Juan sin quitar los ojos de la ventanilla.

─Parece que no fuera a parar nunca ─dijo Julia.

Giró la cabeza, tuvo que imaginar la cara de Julia. En el interior del ómnibus no habían encendido las luces.

─Hace calor ─dijo.

─Apagaron el aire acondicionado ─dijo Julia y se abanicó con una revista.

─¿Qué hora es?

─Cuatro y media de la mañana ─dijo Julia, sin mirar el reloj.

─¿Por qué no dormías?

─Sabés que no puedo cuando viajo. No puedo dormir en los ómnibus.

Juan pensó decirle que no, que no lo sabía, pero comprendió que iba a ser una discusión inútil.

─¿Por eso me despertaste?

Las luces del ómnibus se encendieron. Julia tenía la vista fija en el respaldo del asiento delantero.

─Avisaron que íbamos a parar diez minutos -dijo.

─Pero éste era un servicio expreso.

Era ─dijo Julia─. Vamos, bajemos. La gente está bajando.

─¿Desde cuándo te interesa la gente? ─preguntó Juan y volvió a mirar por la ventanilla─. Sigue lloviendo.

─Vamos ─insistió Julia, estaba de pie en el pasillo─, ya bajaron todos.

─¿Dónde estamos? ─quiso saber Juan, sin dejar de mirar por la ventanilla.

─¡Qué sé yo! ¡Preguntás cada cosa!

Juan clavó la vista en Julia. Así de pie se veía más alta de lo que realmente era; además él estaba sentado, casi encastrado en esa butaca estrecha. Se sintió mal, refregó sus ojos y se desperezó.

─Era un servicio expreso ─repitió, pero ahora en tono resignado. Se puso detrás de Julia que ya caminaba hacia la puerta.

─Nos va a hacer bien tomar algo caliente ─dijo Julia.

Era uno de esos bares terribles que suele haber en mitad de las rutas. La entrada estaba protegida por un alero que resistía tenazmente la lluvia torrencial. Había que atravesar una vereda, mitad barro y mitad cemento. Un herrumbrado felpudo de fierro recibía a los visitantes; parecía haber estado en la entrada desde siempre, como si en ese sitio nunca hubiese dejado de llover. Julia le dio poca importancia, deslizó un par de veces la suela de sus botas y entró en el bar. Juan, en cambio, estuvo un rato largo sobre el felpudo, moviendo morosamente los píes hacia uno y otro lado y observando el paisaje. Poco o nada podía ver: frente al bar había otros dos ómnibus y un coche, el resto era oscuridad total. Imaginó algunos árboles, y a pocos metros pudo distinguir una luz que titilaba; quizá había un galpón o un taller mecánico, en esos sitios suele haber talleres mecánicos. Entró en el bar y buscó en vano a alguien que tuviese aspecto de mecánico. Los pasajeros habían ocupado casi todas las mesas. Julia lo esperaba en una del rincón.

─Poca luz ─dijo mientras se sentaba.

Seis lámparas colgaban del techo. Las pantallas alguna vez habían sido rojas. Ahora tenían el color de la grasa, salpicadas por cientos de insectos muertos. Juan otra vez pensó en el taller mecánico. En las paredes colgaban estandartes del Mundial del 78 y del Mundial del 82. Había diferentes fotos de Maradona y de otros jugadores que Juan no alcanzó a distinguir.

─Por lo que hay que ver ─dijo Julia.

─¿Qué? ─preguntó Juan.

─Digo que la luz no importa, por lo que hay que ver.

Juan la miró a los ojos. Las horas de viaje no le habían restado belleza, continuaba siendo una mujer inquietante. Nunca se lo había dicho, tampoco recordaba haberle dicho que la quería. Estuvo a punto de preguntárselo.

─¿Dónde estamos? ─preguntó.

─En San Nicolás ─dijo Julia y ante la sorpresa de Juan, agregó─: me lo acaba de decir el mozo.

─¿Qué pediste?

─Un café con leche.

─Yo también quiero uno.

En la mesa de al lado tres mujeres y dos hombres rodeaban a un chico de no más de cinco años. El chico tenía un walkie-talkie en la mano y lo observaba con terror y asombro. Una de las mujeres le estaba aconsejando que lo llevara hasta la oreja, el chico dudaba en aceptar el consejo; finalmente accedió.

─¿Querés comer algo? ─preguntó Julia.

Juan negó con la cabeza y siguió la imaginaria línea del walkie-talkie, sabía que la otra punta tenía que estar en algún lugar del salón. La descubrió al final del mostrador, junto a los baños. Un hombre flaco, de pantalones vaqueros y remera negra, semioculto y sonriente hablaba por el auricular. Juan volvió rápida la vista hacia el chico, seguramente estaba oyendo al hombre flaco porque el chico también sonreía, aunque de su cara no había desaparecido ni el terror ni el asombro. Juan recordó la vez que él y Jorge fabricaron un walkie-talkie casero, con dos latas de tomate y un largo hilo; se habían puesto a cincuenta metros, pero no oyeron una sola palabra. ¿Por dónde andaría Jorge?

─Se te enfría ─dijo Julia.

Juan agradeció con una sonrisa y bebió un largo trago.

─¿Qué pensabas? ─preguntó Julia.

─En los ciegos ─dijo Juan─. ¿Cómo soñarán los ciegos?

─Mirá las cosas que se te ocurren. Como nosotros.

─Te hablo de los ciegos de nacimiento. Esos que nunca vieron nada, ¿qué se les aparecerá en los sueños?

─Pensás cada cosa, qué importa lo que se les aparece, si ellos no lo ven.

Juan acabó el café con leche y por largo rato miró el fondo de la taza.

─Córdoba fue una locura ─dijo Julia.

─¿Una locura?

─Sí, tendríamos que haber elegido otro sitio, hacia afuera, no hacia adentro.

─Así nos confunden con turistas ─dijo Juan y volvió a mirar el fondo de la taza.

─Si íbamos a Uruguay o a Misiones también podían confundirnos con turistas. Después podríamos haber cruzado a Paraguay o a Brasil, y de paso conocíamos las cataratas; dicen que son muy lindas.

─Con este tiempo, no.

─Allá no llueve, tonto.

─No lo digo por la lluvia. Lo digo por el calor, Misiones es insoportable en verano.

─Prometeme que en invierno me vas a llevar a las cataratas ─dijo Julia y puso su mano sobre la mano a Juan.

─Te lo prometo ─dijo Juan y acarició la mano de Julia.

─¿Por qué elegiste Córdoba?

─Porque ahí es donde menos nos buscarán. Poe lo explica en “La carta robada”.

Julia soltó la mano de Juan.

─¿Poe? Seguramente es uno de tus inteligentes amigos. Así nos fue por hacerles caso a tus inteligentes amigos.

Juan asintió con movimientos de cabeza.

─No para de llover ─dijo.

─Que noche para estar en otro sitio ─susurró Julia y se puso de pie-. Voy hasta el baño, no te vayas a escapar, eh.

Juan le hizo un mohín y vio cómo Julia se alejaba hacia los baños. Tenía un cuerpo magnífico y lo sabía mover con habilidad, pero era lo único que tenía. Antes de que Julia llegara a la puerta del baño ya había decidido abandonarla. Ella no podía denunciarlo, estaba tan complicada como él o acaso más. Descubrir eso le provocó una sonrisa. Se puso de pie y caminó hacia la puerta. Se paró bajo el alero. Llovía con mayor fuerza y ya no se distinguía el cemento de la vereda: el barro lo había cubierto totalmente. Sin embargo, ahora se veía con más claridad. No existían ni los árboles ni el galpón ni el taller mecánico, sólo tierra yerma, negra e infinita. El coche y uno de los ómnibus se habían marchado.

─Hay un frente de tormenta ─oyó Juan y supo que a su lado había un hombre.

─Frente de tormenta ─repitió.

─Y para colmo el problema del ómnibus ─dijo el hombre.

─¿Qué problema?

─Algo en el distribuidor ─dijo el hombre, avanzó unos pasos, sacó la mano por fuera del alero y dejó que la lluvia se la empapara─. Y esto no hay caso de que pare ─observó largo rato la mano y regresó al bar.

Juan miró hacia su mesa, no había nadie. En la mesa vecina el chico del walkie-talkie se había estirado a lo largo del banco, parecía dormir; los grandes jugaban a las cartas. El piso del bar estaba mojado en su casi totalidad, como si la lluvia de a poco lo fuera invadiendo. Descubrió a Julia junto al mostrador, hablaba con dos mujeres y un hombre. Pensó ir hacia allí, pero decidió volver a su mesa. El chico dormía, los walkie-talkies descansaban en la punta del banco. A las cartas sólo estaban jugando los tres hombres y una de las mujeres; las otras dos observaban en silencio.

─Hay problemas con el ómnibus.

La voz de Julia le hizo volver la cabeza.

─Lo sé -dijo.

─¿Qué dirá ahora tu amigo?

─¿Qué amigo?

─El de la carta. ¿Cómo se llama?, el que te aconsejó venir a Córdoba.

─¿Poe?

─Ese ─dijo Julia y se sentó─. Dame un cigarrillo.

─Son negros.

─Sabés que no aguanto los negros. Voy a comprar. Acá tienen que vender.

Juan iba a decir que no, que no conocía los cigarrillos que a ella le gustaban, pero sólo dijo:

─Dejá, voy yo. ¿Qué marca te traigo?

─Parliament o Marlboro, o cualquier cosa que sea rubia.

Juan caminó un par de pasos, se detuvo como si hubiese olvidado algo y regresó a la mesa.

─¿Qué pasa con el ómnibus? -preguntó.

─No se sabe bien. Dicen que tiene un tornillo roto.

─¿Y por un tornillo tanto quilombo?

─Son los frenos, o algo por el estilo. Andá por los cigarrillos, me muero por fumar.

Así de pie, desde donde estaba, Juan podía ver el nacimiento de los senos de Julia. La deseó. Se inclinó para decírselo.

─Voy por tus cigarrillos -dijo y se alejó rumbo al mostrador.

Se había formado diferentes corrillos. Todos hablaban del desperfecto del ómnibus; parecían pequeños grupos de protesta. Juan se fijó en un hombre calvo, de barba semicana y anteojitos redondos. Tenía el aspecto de un profesor iracundo y amonestaba a una mujer que seguramente era su esposa. Esto no puede ser, decía el profesor, se están burlando de nosotros. Siempre se burlan de nosotros. La mujer asentía con resignados movimientos de cabeza, como alguien acostumbrado a escuchar el mismo discurso a lo largo de muchos años. Juan pasó entre ambos y llegó hasta el mostrador. Pidió cigarrillos rubios. Tenían Parliament y Marlboro, pero compró Derby. Se puso muy cerca del hombre calvo y aprobó en silencio todo lo que éste decía. Así estuvo un buen rato, después volvió a su mesa.

─Era lo único que había ─dijo.

Julia guardó el paquete en la cartera, sin hacer comentarios.

─¿No tenías ganas de fumar?

─Me convidó el señor -dijo Julia y señaló a su costado.

Desde la otra mesa uno de los tres hombres hizo una sonrisa de aprobación. Juan le devolvió la sonrisa.

─El teléfono no funciona ─dijo Julia─. El chofer más joven fue hasta la ruta para pedir ayuda, quería llegar a Rosario. Nadie lo levantó.

─Habrán pensado que era un asesino ─dijo Juan.

Julia rió por el comentario.

─Va para largo ─dijo, lúgubre.

─¿Qué hacemos?

─Esperar, aunque no mucho. Ahí llega la policía.

─No jodas ─dijo Juan y giró la vista hacia la puerta.

Dos policías bajaron de un coche y buscaron refugio en el alero. Antes de entrar al bar uno habrá dicho algo gracioso porque ambos rieron. No parecían destinados a ninguna misión especial.

─No te preocupés, no vienen por nosotros ─dijo Julia.

─No me preocupo ─mintió Juan─. No pueden estar enterados de nada.

─No creas, con la moderna tecnología, hoy en un segundo...

─Cortala —ordenó Juan.

Julia lo miró a los ojos y dibujó una sonrisa cordial.

─Sos un hijo de puta ─susurró.

─¿Ahora qué te pasa?

─Había Parliament y había Marlboro.

─No jodás ─dijo Juan. Sentado de espaldas a la puerta, no quería girar la cabeza─ ¿Qué hacen los policías?

─Están en el mostrador, tomando algo. Eso de que no bebo en horas de servicio sólo pasa en las series americanas. ¿Qué hacemos si vienen para aquí?

─Nada ─dijo Juan y acarició las manos de Julia─, el arma está en la valija. Además, no pueden saber un carajo, son dos tiras de pueblo que llegaron a refugiarse de la lluvia y a garronear la copita.

No parecían más que eso: vestían uniformes sucios y gastados y calzaban zapatos rotos y cubiertos de barro. Habían terminado de beber y ahora hacían bromas con el dueño del bar. Inspiraban más pena que temor.

─Lo mismo pasa con la policía femenina ─dijo Juan.

─¿Qué?

─Las de las series americanas. Parecen finalistas de un concurso de belleza. Al revés que de las de aquí.

Julia lo miró con rabia. Por un instante Juan pensó que eran celos, una idea absurda.

─No sé ─dijo Julia─. No las conozco.

─Ojalá nunca las conozcas ─dijo Juan y le palmeó las manos.

Julia lo transformó en una caricia y dijo:

─Si me toca conocerlas, a vos te van a tocar los chicos de la rama masculina, y esos tocan fuerte. En esto vamos prendido los dos, ¿está claro?

─Como marido y mujer ─dijo Juan.

─Pero sin posibilidad de divorcio. Somos un matrimo­nio chapado a la antigua, que se entienda ─dijo Julia y se puso de pie─. Voy al baño.

Juan le brindó una sonrisa.

─Andá al baño ─dijo─. No queda bien que vomites aquí.

Julia le devolvió la sonrisa.

─Andá a la puta madre que te parió ─dijo casi en un susurro y a paso lento, soberbia, se encaminó hacia los baños.

Llovía con más fuerza. Los pasajeros parecían haber aceptado ese destino. Algunos intentaban dormitar, otros jugaban a las cartas o leían. Reinaba un inquietante silencio. Hasta el iracundo profesor de barba semicana se había callado, tenía los codos sobre la mesa, los brazos levantados, la cabeza apoyada en las manos y la vista sobre un punto fijo; su mujer se entretenía con un crucigrama. Los dos chóferes estaban de pie junto a una de las ventanas del bar, hacia ahí fue Juan.

─¿Falta mucho? ─preguntó.

─No ─dijo uno de los chóferes─, el repuesto está en camino.

─¿En camino?

─Viene desde Rosario. En menos de una hora seguimos viaje.

Agradeció con una sonrisa y volvió a su mesa. Los policías estaban de espaldas al mostrador y recorrían el salón con la mirada. Se sentó de perfil a ellos, más que verlos los intuía. Julia regresó del baño. Se había recogido el pelo.

─Te queda bien ─dijo Juan.

─¿Qué noticias?

─Ninguna. Hay que seguir esperando.

─Voy a averiguar.

─No, no, esperá. Los canas están mirando, después de la copita han resuelto trabajar de policías.

Julia se sentó.

─Estoy podrida ─dijo─ ¿Qué pasa si ahora se les ocurre pedir documentos?

─No seas zonza. Somos gente de bien, turistas en viaje de vacaciones. Pronto se van a ir.

─Vienen hacia aquí.

Lo dijo seria, el rostro inmutable, sin un solo gesto que delatase sorpresa o miedo. Juan pensó que era la misma mueca de días pasados. Aquella vez se había mostrado más segura que él. Sintió que el sudor le cubría la frente, la misma sensación de días pasados. Comenzó a girar el cuerpo.

─¡No te des vuelta! ─susurró Julia─. Están a unos metros.

Lo venció el miedo y se dio vuelta. Vio cómo los dos policías se perdían en el alero, rumbo al coche.

─¡Hija de puta!

Julia rió con fuerza.

─Tenés que ver cómo el susto te cambia la cara ─dijo.

Contuvo las ganas de darle un cachetazo y él también comenzó a reír.

─¡Qué bueno es que la gente joven se ría!

Cortaron la risa. Junto a la mesa una pareja de ancianos los miraba con felicidad.

─¿De luna de miel? ─preguntó el viejito.

Juan reprimió el insulto y construyó una sonrisa que pretendía ser de dicha.

─Más o menos ─dijo.

─¡Qué te importa lo que hagan los jóvenes! ─reprochó la viejita─. No le den importancia, siempre le gusta meterse en la vida de los demás.

El viejito agachó la cabeza, compungido.

─Nuestra segunda luna de miel ─explicó Julia.

─¡Qué romántico! ─dijo la viejita─ ¿Adónde van?

─A Mina Clavero. Ahí estuvimos la primera vez.

Juan se sorprendió de la rapidez de Julia para mentir y hacer verosímil todo lo que decía.

─Nosotros en cambio nunca hicimos luna de miel. ¿Les parece justo eso? Él me lo viene prometiendo año a año ─señaló al viejito que seguía con la cabeza gacha─, pero sé que nunca va a cumplir. ¿Y ahora para qué no?

─¿Son de Córdoba? ─preguntó Juan.

─No, vamos por el casamiento de una de nuestras hijas; la menor. Fue un noviazgo corto. El dice que se casan de apuro ─el viejito levantó la cabeza con el propósito de acotar algo, pero la viejita se lo impidió─, yo en cambio creo que se casan porque se quieren. Ahora no es como antes.

─Julia... ─comenzó a decir el viejito.

─Vamos, vamos ─lo interrumpió la viejita─, a ellos no tiene por qué interesarles nuestra historia —y se lo llevó a la rastra.

La pareja de ancianos se perdió por entre las mesas con la misma discreción conque habían aparecido. Juan y Julia los siguieron con la vista, después se miraron a la cara.

─La hija embarazada se llama igual que vos ─dijo Juan, hizo una larga pausa y agregó─: Seguramente es tan puta como vos.

─Al menos se casa.

─¿Por qué se te ocurrió Mina Clavero?

─Porque ahí pasé mi luna de miel. Tengo hambre.

─Yo también. ¿Alguna vez estuviste casada?

─Y enamorada.

─No mientas ─dijo Juan.

─No miento ─dijo Julia y se puso de pie─. Voy por un sandwich, ¿querés algo?

─De jamón y queso.

No podía imaginarla casada, y menos de luna de miel. Sin embargo, él también alguna vez se había casado y también alguna vez había estado de luna de miel. Era algo muy remoto que no tenía ganas de recordar, menos aún en esa madrugada de tormenta, en ese sitio infame y después de lo que había hecho. Cerró los ojos y sólo oyó el monótono ruido de la lluvia y las voces de los pasajeros que habían aumentado en intensidad. Era peor, así recordaba más. Abrió los ojos y encontró a Julia, de pie, junto a la mesa; tenía las manos vacías.

─¿Y los sandwichs? ─preguntó Juan.

─Nos vamos. El problema ya está solucionado.

Efectivamente, los pasajeros se encolumnaban hacia la puerta, iban en orden, sin prisa, y no les importaba chapotear el agua que se había acumulado en el piso. Juan se puso de pie y comenzó a caminar junto a Julia. Pensó que en Córdoba tendría que eliminarla, no quedaba otra salida. Pensó que Julia estaría pensando lo mismo y con cariño pasó su brazo por sobre el hombro de ella; comenzó a acariciarle dulcemente el cuello. Julia lo había aferrado de la cintura y había apoyado la cabeza sobre el hombro de Juan. Así caminaron hasta el ómnibus, como dos enamorados.


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