Bob Dylan, Neil Young, Shakira y muchos más

¿Por qué los artistas venden sus canciones?

En rápida sucesión, compositores de alto calibre vendieron sus catálogos a una empresa de gestión. Más allá del dinero, ¿qué lleva a un artista a entregar su repertorio? ¿Podría suceder algo similar en la Argentina?
Dylan, Shakira y Young vendieron sus catálogos a Hipgnosis Song Fund.Dylan, Shakira y Young vendieron sus catálogos a Hipgnosis Song Fund.Dylan, Shakira y Young vendieron sus catálogos a Hipgnosis Song Fund.Dylan, Shakira y Young vendieron sus catálogos a Hipgnosis Song Fund.Dylan, Shakira y Young vendieron sus catálogos a Hipgnosis Song Fund.
Dylan, Shakira y Young vendieron sus catálogos a Hipgnosis Song Fund. 

La semana pasada, Shakira sorprendió con la noticia de la venta del cien por cien de los derechos de su música por varios millones de dólares. El anuncio lo hizo Hipgnosis Song Fund, empresa que a partir de ahora comercializará las 145 canciones de la cantante y compositora, entre las que destacan éxitos del calibre de “Hips Don’t Lie”, “She Wolf”, “La tortura”, “Can’t Remember to Forget You”, “Waka Waka” (tema oficial de la Copa Mundial de la FIFA 2010), “Underneath Your Clothes” y “Whenever, Wherever”. Estos dos últimos singles forman parte de su primer álbum interpretado en inglés, Laundry Service, que alcanzó a vender desde 2001, año de su lanzamiento, más de 13 millones de copias. Aunque el trato no incluye el nuevo single que protagonizó, “Girl Like Me”, porque forma parte del disco Translation, del grupo Black Eyed Peas. Sin embargo, el furor de ese corte promocional fue tal que su video superó los 28 millones de reproducciones en YouTube, al tiempo que los fans de la colombiana crearon en la plataforma TikTok un reto viral (#ShakiraChallenge) con su coreografía.

“Es una creadora magnífica que ha conseguido generar impacto tanto en la producción discográfica física como en la del streaming en la mayoría de sus contemporáneos”, dijo Merck Mercuriadis, fundador y CEO de Hipgnosis Song Fund, en un comunicado de prensa. “Este es el resultado de la gran fuerza de su naturaleza y de haber escrito canciones que apasionan increíblemente a todo el público”. La cantante barranquillera, la figura musical latina más vendida de todos los tiempos, también utilizó la misma vía para explicar por qué aceptó la propuesta de la empresa británica de gestión de canciones e inversión en propiedad intelectual de música. “Ser compositora es un logro que considero igual e incluso mayor que ser cantante”, manifestó la artista, quien además aseguró que Hipgnosis será un “gran hogar” para su música. “Cada canción es un reflejo de la persona que era en el momento en que la escribí. Pero una vez que una canción sale al mundo, pertenece no sólo para mí, sino también a quienes la aprecian. Me siento honrada de escribir canciones me hayan dado el privilegio de comunicarme con los demás”.

Si bien se especula con que la venta de su repertorio se debe al fraude fiscal por 14.5 millones de euros en impuestos por la que la acusa el gobierno español, la realidad es que Shakira se convirtió en la más reciente cantante y compositora de primera línea que tomó esta decisión. Siguió así a una lista que incluye a Bob Dylan, Neil Young, Blondie y Lindsay Buckingham (ex cantante de una de las etapas más gloriosas de Fleetwood Mac). El constante crecimiento de estas operaciones se debe, advierten algunos expertos, al parate que experimentaron las giras a partir de la aparición de la pandemia provocada por el covid-19. A pesar de que en cualquier momento regresará lo que en los últimos tiempos se transformó en la gran y mejor fuente de ingreso de los músicos, la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca ocasionará posiblemente el aumento de los impuestos. Al mismo tiempo, la cuarentena propició que los fondos de inversiones se interesaran en poner su dinero en las plataformas de streaming. Si antiguamente surgieron para impulsar y monetizar las novedades, ahora abrieron el espectro hacia los grandes éxitos (formalmente denominados “canciones de repertorio”).

La renovación o la extensión de la calidad de vida de esos clásicos que en la FM porteña suelen sonar en Aspen o en Blue, se revalorizó de manera impresionante. Al punto de que, y esto lo reveló una investigación reciente de The Wall Street Journal, un catálogo musical que antiguamente valía unos 40 mil dólares, en la actualidad podría costar entre 4 y 40 millones. Debido a que la seguridad financiera es la principal prioridad, muchos músicos no se pensaron dos veces seguir atado al sistema predominante en la industria musical anglosajona. Así que, en vez de seguir subsistiendo de las regalías durante los siguientes 25 años, pueden asegurar su futuro y el de su descendencia hoy mismo. Aunque Shakira es la artista más joven de este exclusivo club, el próximamente octogenario Bob Dylan le vendió por estos días su catálogo de 600 canciones (incluidas las de su fabuloso Rough And Rowdy Ways, del año pasado) a Universal Music. No se reveló el precio del acuerdo, pero se estima que la transacción fue de cientos de millones de dólares.

Mientras el Nobel de Literatura de 2016 ultimaba los detalles de su inmediato bienestar, la compañía de inversiones KKR (Kohlberg Kravis Roberts) compró los derechos de 500 canciones escritas por Ryan Tedder, al igual que singles como “Happier”, de Ed Sheeran, “Into It”, de Camila Cabello, “Sucker”, de los Jonas Brothers. En tanto que la firma Primary Wave, con sede en Estados Unidos, se hizo con el catálogo de Stevie Nicks, Leon Russell y Leo Sayer. Esto sin duda establece un punto de inflexión en la manera de comprender el negocio de la música. Lástima que no esté Prince para celebrarlo, pues se pasó buena parte de su trayectoria luchando contra Warner Bros por la propiedad de su música. Si bien fue su disquera desde 1977, con la que publicó éxitos del tamaño de “Purple Rain”, en los '90 empezó a desencontrarse con la bajada de línea de la empresa. Y razón tenía porque ésta llegó a adueñarse hasta de su nombre artístico, y de todo lo que tuviera que ver con él. Por eso llegó a escribirse “esclavo” en la cara.

Antes de que Prince usara como álter ego un símbolo (finalmente recuperó su nombre artístico en los 2000, cuando se venció el contrato con Warner), y de que decidiera apostar por ser un productor independiente tras lo ocurrido, Paul McCartney rompió su vínculo con Michael Jackson cuando se enteró de que había comprado de los derechos de las canciones de los Beatles. Pocos años después de establecer una alianza que legó el hitazo “Say, say, say”, en 1985 el Rey del Pop adquirió el catálogo de ATV Music, que era dueña del de Nothern Songs (la editorial que el ex Wings fundó con John Lennon en los sesenta para registrar sus derechos de autor). Además de las 251 canciones del cuarteto de Liverpool, había temas de Bruce Springsteen, los Rolling Stones y Elvis Presley. Pagó 47 millones de dólares, toda una fortuna en aquel momento. En sus memorias, Moonwalker, Jackson, quien obtuvo semejante cancionero en un híbrido entre ingenuidad y operaciones complejas, intentó aclarar: “Lo que la gente no sabe es que fue el propio Paul quien me introdujo en el mundo de los derechos musicales”.

Con Taylor Swift como la nueva víctima más famosa de la industria musical, después que los masters de sus seis primeros discos fueran vendidos a una empresa privada en contra de su voluntad (en simultáneo a la salida de otro de los grandes trabajos de 2020, Folklore, la cantautora estadounidense estuvo regrabando esos álbumes), muchos artistas jóvenes están pensando qué hacer con sus canciones. Especialmente luego de que Hipgnosis se convirtiera no sólo en una solución, sino también en la empresa asociada a la música a la que mejor le fue mientras el mundo vivía en medio del suspenso y del miedo. Creada en 2018 por Mercuriadis y Nile Rodgers (el mismísimo productor de David Bowie y Madonna, amén de guitarrista de ese Chic redimido por Daft Punk), el emprendimiento desembolsó miles de millones de dólares en los últimos años haciéndose de derechos de la música. Pero no todos los arreglos son iguales. Cada uno se ajusta a las necesidades de su autor.

Por ejemplo, Neil Young, uno de los artistas con los que Hipnosis alcanzó un acuerdo recientemente, recibió 150 millones de dólares (equivale a 15 años de adelanto de pagos) por el 50 por ciento de su catálogo. Una vez que se cerró, Mercuriadis prometió que “Heart of Gold” “nunca sonaría en un comercial de hamburguesas”. ¿Entonces qué harán con ese clásico de su paisano? Ahora que la posee para siempre, se beneficiará de su uso al ubicarla en películas, televisión y marketing, al igual que por los covers que se hagan del tema y las regalías de interpretación. Nada muy diferente a lo que llevaba adelante la antigua editorial, aunque esta vez habrá una cuota de curaduría garantizada. De hecho, el comunicado de la venta, a manera de garantía, expresaba: “Con Neil compartimos la misma integridad, ethos y pasión por estas importantes canciones”. Al parecer, no sólo Rodgers (el rostro corporativo de la empresa) confía en él, lo hicieron igualmente Blondie, Richie Sambora, Barry Manilow, Chrissie Hynde, Lindsey Buckingham, 50 Cent, Skrillex y los demás artistas que le permitieron enarbolar un catálogo con sus canciones favoritas: 57 mil.

Merck Mercuriadis, CEO de Hipgnosis Song Fund.

¿Pero quién es este canadiense de 57 años? No es ningún extraño en la industria. Fue director de marketing de Virgin Records en su país en los '80, para luego involucrarse con el área de managers de la disquera inglesa Sanctuary Records, donde estuvo 20 años. Esto le permitió trabajar con artistas de la talla de Beyoncé, Elton John, Guns N’ Roses, Iron Maiden, Morrissey, Pet Shop Boys, Macy Gray, y Jane's Addiction. En este momento, Mercudiaris se encuentra amasando un imperio de canciones que espera licenciar muy pronto. Ahora su labor se concentra en un 90 por ciento en la adquisición, y en un 10 por ciento en la administración. Si bien este negocio, que le permitirá a los artistas que no haya batallas familiares por los derechos de autor cuando mueran, pareciera no ser muy diferente al de las editoriales tradicionales, el empresario se empeña en repetir una y otra vez que lo suyo es la “gestión de canciones” y la garantía de que el legado del artista será muy bien cuidado. Esto encendió las alarmas porque muchos artistas empezaron a luchar por sus derechos de autor.

A pesar de que por el momento pareciera no interesarle otros mercados por el “carácter emocional de las transacciones”, ¿qué sucedería si Hipgnosis u otra firma de gestión de canciones e inversión en propiedad intelectual de música quisiera sentarse a hacer negocios con Charly García? Sería imposible o al menos complicado. “En el mundo hay dos sistemas jurídicos: el romano y el anglosajón. Del primero se desprende el derecho de autoría y del otro el copyright”, explica el abogado y músico Esteban Agatiello. En Argentina, al igual que la mayoría de los países del mundo, no tenemos copyright sino derecho de autoría. Este considera que hay un derecho moral sobre la obra. O sea, no se puede separar a la obra del autor porque el autor es quien la hizo, y hay un vínculo de identidad. Mientras que el copyright no tiene derecho moral. Sólo tiene derecho patrimonial. ¿Y qué pasa cuando es así? Las canciones se pueden comprar y vender. Alguien las crea, pero las pone en el mercado. La Constitución estadounidense protege al autor. Aunque éste no tiene vínculo con la persona”.

Como estas firmas están en antiguas colonias británicas, aplica el copyright. Entonces los músicos pueden ceder el cien por cien de la obra y venderla. “Estas empresas técnicamente son una editorial musical”, especifica Agatiello, quien ofrecerá este sábado, a las 17, un curso sobre derecho de autoría organizado por el INAMU en su sitio web. “Catálogo es el término que se suele utilizar para hablar de grabaciones, de álbumes o de discografías. Fue donde un músico ejerció como autor y compositor. Y el nombre para las canciones es fonograma”. Si CAPIF se encarga de velar por los derechos de los fonogramas y AADI por el de los intérpretes, SADAIC defiende los derechos de autoría en la Argentina. “Estas sociedades colectivas y leyes están en todo el mundo. Algunos con el copyright y la gran mayoría con el derecho de autoría. Todos tenemos leyes que dicen lo mismo porque firmamos tratados internacionales. Hay más de 250 sociedades colectivas de autores en el mundo. El primer país en cobrar derechos de autoría fue Francia, en 1850, y el primer tratado internacional fue el de Montevideo, en 1881”.

La pandemia dejó en claro que el streaming era un nuevo soporte para capitalizar en la música. Por eso no fue fortuito que SADAIC anunciara en mayo pasado que cobraría el “12 por ciento de los ingresos brutos (netos de IVA), sean percibidos en valores monetarios o por canje, incluyendo precios de acceso, suscripciones y abonos”, lo que derivó en las quejas de varios empresarios. Entre ellos Daniel Grinbank. Sin embargo, la Argentina fue vanguardia en ese rubro. “Eso tiene que ver con la lucha de muchos años", aclara el abogado y músico. “De la misma que se establece el cobro en un boliche o a la radio, se hace con la música difundida en Internet. Spotify, YouTube, Deezer, Claro Música, y Movistar pagan un monto por escucha a SADAIC, que después se distribuye entre autores y compositores: vale le pena destacar que el derecho de autoría se cobra por 70 años, luego de fallecido su autor. Acá y en la mayoría de los países del mundo”. Esto abrió un universo de posibilidad. A tal instancia que ya se plantea el cobro por derechos de autoría de los podcasts.

Sony Music anunció en setiembre que planeaba sacar 100 podcasts en 2020. La mayoría se escuchan a través de Spotify, que logró sacarles peso a las disqueras. A tal punto de que el 70 por ciento de su recaudación proviene de ahí. Pero si lo que reciben los autores y compositores de esas plataformas, al igual que de las otras existentes, es realmente poco, ¿qué pueden esperar los podcasters? Justamente el año pasado, Daniel EK, CEO de Spotify, le achacó la culpa a los artistas de no hacer suficiente dinero. Lo que abre un nuevo capítulo en la lucha por los derechos de autoría. Y es que siguen conformando el eslabón más débil de la cadena. Mientras tanto, por Twitter, Antonio Birabent afirma: “Es más fácil componer una canción que registrarla”. 

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