La editorial que recupera ficciones afro

Mandacarú: la literatura que faltaba

La flamante editorial Mandacarú llega a las librerías para recuperar, traducir y publicar literatura escrita por afrobrasileñxs y argentinxs." ¿Por qué todos son blancos en la televisión, en los carteles y en el arte?", se preguntaba de niño Mohamed Ali. Toda una literatura silenciada y toda una literatura por escribir se proponen revertir esa (des)ilusión cromática. 
 Carolina María de Jesús (Arquivo Nacional do Brasil) Carolina María de Jesús (Arquivo Nacional do Brasil) Carolina María de Jesús (Arquivo Nacional do Brasil) Carolina María de Jesús (Arquivo Nacional do Brasil) Carolina María de Jesús (Arquivo Nacional do Brasil)
 Carolina María de Jesús (Arquivo Nacional do Brasil) 

El video es conocido: en 1971, durante una entrevista para la BBC, Mohamed Ali cuenta que de niñx le preguntaba a la mamá por qué era que los blancos estaban en todas las publicidades, en el arte, en las revistas, en todos los tamaños, en todas sus ocupaciones… "¿Y los negrxs? ¿Por qué no aparecemos?", insistía el pequeño Cassius varios años antes de que los estudios poscoloniales plantaran bandera en la academia norteamericana. ¿Por qué el color negro es la adjetivación para todos los males del mundo?

Los sectores conservadores entienden mejor que nadie las implicancias performativas del lenguaje, ya vimos cómo unas semanas atrás, cuando el gobierno argentino dio a conocer la creación de la Comisión Nacional para el Reconocimiento Histórico de la Comunidad Afroargentina, la contraofensiva no se hizo esperar. La academia más retrógrada salió a opinar -desde los medios masivos- que esta iniciativa es una forma de separatismo, una moda intelectual peligrosa de minorías que desconocen el exitoso “proceso” del mestizaje argentino. Niegan a todas voces el racismo estructural sobre el que este país se edificó, y que al día de hoy sigue ganando espacio en el progresismo blanqueado de nuestra intelectualidad.

Pasó ya medio siglo de la infancia de Cassius pero ni la vida cotidiana ni la semántica de la negritud ha cambiado demasiado. Escribir “literatura negra argentina” en el buscador más políticamente correcto de internet es entendido por los algoritmos como “Literatura policial argentina”. Noticias de ayer: negro criminal bambo. Segundo intento con “literatura afroargentina” y el resultado es una magra lista de estudios sobre la representación de lo afro en la literatura. Ningún nombre propio, ninguna marca de autoría. Primera conclusión: Hay una literatura perdida en nuestras letras, una invisibilización en espejo de lo que sucede con lo afroindígena en cada uno de los estratos de su existencia, dado que por más blanco que este país quiera percibirse, ya en 2005 se registraron 2 millones de afrodescendientes en el país.

La mayor parte de esta población se concentra hoy en las villas, las barriadas populares, los institutos de menores y las cárceles. Es el margen de los márgenes, desde donde, sin embargo, también se escribe, se lee y se publica marginalmente. Un amplio sector de esta población no solo no accede a las universidades ni a sectores influyentes de la cultura, sino que muchxs no conocen ni reconocen su origen. Y esa es parte de la lucha que las organizaciones afroindígeneas vienen dando y que responderá a la eterna pregunta negadora: 

¿Qué pasó con lxs negrxs en Argentina?

A pesar de llevar años viviendo aquí, al escritor afrocubano Marcial Gala, aún le llama la atención la ausencia de rostros mestizos, indígenas y afros en los flyers de las ferias del libro. “Al no haber un acceso a la cultura, a la educación, al no haber una burguesía negra, no hay tampoco deseo de leer lo negro”, dice Gala y remarca el trabajo de Odette Casamayor, profesora de literatura y cultura latinoamericanas en la Universidad de Pennsylvania. Ella sostiene que el mundo editorial iberoamericano es el más reticente a publicar autorxs negrxs de América Latina, mientras que la industria en lengua inglesa lo ha convertido en un suceso de publicaciones y premios. Este año, el impulso que tuvo Black Lives Matter generó una nueva ola de lectorxs, editorxs e influencers que generaron tendencia en las redes (los llamadxs celebrity book clubs como el de Oprah Winfrey o Reese Witherspoon). Hubo también escritorxs que se dedicaron todo el 2020 a leer y recomendar solo a autorxs afro, con la inmediata controversia sobre si estos son gestos de tokenismo o no.

De todos modos, para que este intento de inclusión simbólica pudiera suceder, primero tuvo que haber una masa crítica de literatura afroamericana en lengua inglesa dando vueltas en el mercado editorial. “Si al lector latinoamericanx no se le brinda la oportunidad de leer sobre la experiencia afrolatinoamericana, ¿cómo los libros que la recrean podrán alcanzar un espacio en librerías, festivales y concursos?”, se pregunta Casamayor. ¿Cómo es posible romper ese circuito de retroalimentación que desde la literatura construye y sostiene un imaginario blanco, si no es a través del impulso de una literatura cruzada por la raza? Por eso no solo faltan juradxs y editorxs, como sostiene Casamayor, también hace falta que los gobiernos sostengan políticas de Estado que otorguen recursos y pongan el tema en agenda.

A fines del siglo XIX, lxs intelectualxs y periodistxs afroporteñxs participaban en la construcción del país con la espada, con la pluma y la palabra, escribiendo en defensa de la educación, el trabajo y contra la discriminación que sufrían. Lo hacían a través de una gran cantidad de publicaciones comunitarias, pero también como redactores en los periódicos de mayor tirada de la ciudad. Sin embargo “aquí lo negro hoy está excluido de la cultura” como dice Marcial Gala y recuerda el día en el que obtuvo el premio Ñ Ciudad de Buenos Aires por su obra “Intensos compromisos con la nada”. Al llegar a la puerta del lugar donde se llevaba a cabo el evento, la organización lo frenó advirtiéndole que no podía pasar porque se trataba de una premiación literaria: “La mujer no tenía mala intención, pero asumió que yo era un vendedor ambulante.” La posición consolidada en el imaginario nacional del mazamorrerx, hoy se reedita en la figura del vendedor ambulante senegalés.

Por suerte no todo son blancas noticias.

Así como el racismo local se hace cada día más evidente, por otro lado al trabajo de las organizaciones de afrodescendientxs y de pueblos originarios se le suman nuevas propuestas editoriales que son a su vez proyectos literarios y políticos. Este es el caso de Mandacarú, una editorial concentrada en la traducción de autorxs afrobrasileñxs que viene a trazar un puente fundamental entre Brasil y Argentina, dando a conocer y rescatando obras fundamentales de quienes escriben y escribieron cruzadxs por una conciencia de género, de clase y de raza. Son cuatro sus editoras: Bruna Stamato, Rafaela Vasconcellos, Michelly Aragao y Lucía Tenina. Tres brasileñas y una argentina que investigan (desde la literatura y las ciencias sociales) obras tan marginalizadas como fundamentales para pensar también un feminismo que sea menos blancocéntrico y más interseccional. Entre sus títulos se encuentra Cuarto de desechos y otros relatos de Carolina María de Jesús. Una escritora negra, afavelada, descendiente de esclavos y madre soltera de 3 hijos, que en 1958 llamó la atención de un periodista logrando publicar estos relatos primero como folletín para el periódico paulista Folha da noite, y luego en la prestigiosa editorial Francisco Alves. A pesar de que Cuarto de desechos se convirtió en un best seller y se tradujo en todo el mundo, Carolina María murió pobre y olvidada. 

Otras de las grandes de Mandacarú es Úrsula de María Firmina dos Reis, escrita por la doble perspectiva de mujer y negra de su autora. Es una de las primeras novelas brasileñas y la primera ficción abolicionista del país. María Firmina era maestra, fundó una escuela mixta para estudiantxs blancxs y negrxs pero duró solo dos años porque fue un escándalo en ese momento. Colaboraba en periódicos locales, fue contemporánea a Machado de Asis, estaba dentro de la intelectualidad de la época y sin embargo firmaba sus textos bajo el seudónimo de una maranhense. El 2017 fue el centenario de su muerte y recién entonces se la rescata como literatura afrobrasileña y se la considera una intérprete del país, porque estaba escribiendo contra la esclavitud mientras acontecía, analizándola como base de la política economía del Brasil. No existe un retrato oficial de Maria Firmina y a falta de fotografías, su cara fue reconstruida sobre la figura de una escritora del sur que era blanca. Con Carolina María de Jesús pasó algo similar durante la presentación de su libro en 1960. La obligaron a vestirse de afavelada, con un vestido blanco de esclava y un pañuelo en la cabeza. “Ella amaba los vestidos, era muy elegante, no quería ponerse esa ropa. Por eso la decisión editorial iconográfica de Mandacarú fue desestigmatizar la idea de la mujer periférica enojada y conversando con quienes investigan el tema, decidimos usar una foto en la que se la ve con su enorme sonrisa, viajando”.

Es moneda corriente que todo lo que mueva el margen hacia el centro sea tildado de moda o sea visto como un fenómeno a estudiar. Por eso es importante pensar en la conformación de un verdadero movimiento afroindígena en nuestra literatura que comience por contarse y editarse a sí mismx ya que es fácil borrar con las acciones los discursos que escribimos desde el intelecto. Una de las editoras de Mandacarú recuerda que incluso Ángel Rama, autor precisamente de La ciudad letrada, consideró que Cuarto de desechos de Carolina María de Jesús no llegaba a concursar como literatura. Desde Casa de las Américas la premió con una publicación en la categoría de Testimonios. En 1960, luego de la revolución cubana, Rama abre por primera vez el concurso a este nuevo género dada la enorme cantidad de subalternxs (la tradición no letrada de Latinoamérica) que estaban escribiendo. “El discurso de Rama es muy fuerte, porque él dice: están surgiendo cosas que no son del todo literatura pero que tienen un gran valor testimonial” Habiendo escrito sobre la violencia que se esconde detrás de lo letrado, sin embargo no puede escapar de su propio prejuicio. Y el boom de la literatura latinoamericana es eso, el monumento al pito blanco.”

Estos acontecimientos literarios como Mandacarú, o la reciente Quilombo, una antología de autoría negra de Brasil publicada por Tinta Limón, o la propuesta de la Editorial Empatía, que traduce autorxs africanxs negrxs en su mayoría, pueden ser las bases para un diálogo sostenido y un impulso de nuestra propia trama afroindígena. Libros que llegan para cuestionar quién legitima el lugar de habla, libros que posicionan y trabajan desde la poesía, el ensayo y la ficción las voces de ese vacío histórico al que fueron condenadas. Porque hay una literatura perdida en nuestras letras. Hay una literatura que vive.

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