Doble de mar

EL CUENTO POR SU AUTOR

Siempre me atrajo la homofonía. Palabras distintas que se pronuncian de la misma manera. Algunos ejemplos, mis preferidos (dispuesta a recibir nuevos): abrazar, abrasar; vello, bello; siervo, ciervo; hola, ola; savia, sabia; de algunos hay tres: vaya, valla, baya… Este cuento proviene de una homofonía en francés, idioma que confirmó mi exilio involuntario. A los once años (1977) llegué a Ginebra sin ninguna palabra con la que pudiera pronunciar cualquier cosa que necesitara o deseara. Era muy extraño escuchar sin entender, asentir creyendo entender, negarme, temiendo perder algo. Creo que mi entrada en la adolescencia (en otro país, en otra lengua) se orientó por la escucha de palabras desconocidas. Ahora que dispongo de estas líneas para ubicar algún origen posible de este cuento, me viene un recuerdo completamente olvidado –no hay como escribir para que la memoria suelte la lengua-. Recién llegada a Ginebra, yendo al colegio (estatal e ininteligible para mí), se enredó en mis piernas un cachorro de San Bernardo. Feliz de no tener que decir nada, más que propiciarle caricias, lo alcé en brazos y enseguida llegaron los dueños. Tratando de manifestar mi emoción, recordé unas palabras de las pocas que había anotado en el avión: “joli chiot” (bonito cachorro). Aún desconocía la pronunciación, y lo dije con todas sus letras. Pero así dicho, se convirtió en “bonito inodoro”. Me miraron extrañados, supuse que no cabía metáfora semejante para tan hermoso perrito, pero fue tan solo más tarde que comprendí la diferencia entre palabras que compartían casi todas sus letras (“chiot, chiotte”).

El cuento parte de una homofonía más sugerente: mère, mer (madre, mar). Me parecía que algo se deslizaba entre una palabra y la otra, un secreto de similitud, como un espejo de agua. Me puse a escribir tratando de develarlo, y me encontré con una pregunta: ¿hay madres que delegan en la naturaleza un mensaje que no pudieron dar?


DOBLE DE MAR

Si el mar es la memoria del cielo como le había dicho su padre, ¿qué significaban esas algas entre sus dedos?

Eran viscosas y hedían. Un olor desconocido, salvaje y alejado.

Luego de batallar con ellas las sintió enredarse en su pelo como extensiones de algún aprendizaje. Atemorizada, se regocijó con la sensación nueva y regresó al mar en busca de más retazos. Algo preparaban las olas y ella quería llevarse puesto lo que el mar le daba. Había llegado hasta esas playas remotas caminando lo suficiente para estar sola, sin otro temor que el de su propia búsqueda. No sabía hacia dónde iba, la impulsaba una necesidad de encontrar. Pletórica estaba colmada de deseos que todavía no tenían forma pero que rechazaban la imposición del miedo. Se llenaba con lo bueno, el resto se disputaba afuera. Prefería realizar en el exterior aquello que pudiera dañarla por dentro.

A Pletórica le gustaban las caricias de la vida. Las que propiciaba la naturaleza sin que las personas lo notasen. A los once años había descubierto que los fenómenos de la naturaleza se relacionaban con la intimidad. La lluvia nutría la tierra, pero también abastecía de lágrimas a las penas agotadas. El viento no sólo esparcía las semillas en los campos, limpiaba las nubes del cielo o concatenaba mareas. El viento apaciguaba los cuerpos. No a todos, no al mismo tiempo. Pasaba de uno a otro, como un susurro envolvente. Surtía un efecto inmediato, aunque su accionar fuese anónimo. Al rodear un cuerpo le insuflaba nuevos aires, ampliaba las distancias de su mobiliario interior. Pocos se enteraban de que había sido una ráfaga invisible la que les había estampado una sonrisa en los labios o les había disipado un enojo. Ni siquiera sabían que llevaban puesta una sonrisa o que habían estado enojados.

Pletórica supo lo del viento desde muy niña. Una palabra le había dado la clave, y la idea se le armó en la cabeza. Su tía Goceplus le había contado que en Suiza existía una brisa del buen tiempo que todos esperaban a la que llamaban Bise, “igual que beso en francés”, le aclaró. A partir de entonces, Pletórica favoreció sus encuentros con el viento. Apenas se arremolinaban pelusas o se mecían las hojas de los arbustos, se disponía al beso, permaneciendo inmóvil para advertir su ulular.

Debía remangarse lo que tuviese puesto: una camisa, el sweater o la campera, dejar al descubierto sus antebrazos.

Debía bajarse las medias hasta el talón para exponer sus finos tobillos.

Así, la ráfaga envolvente anidaba en sus desnudeces, provocándole un candor.

Ella sonreía entrecerrando los ojos y el vientecillo se daba por satisfecho. Al rato ya estaba jugueteando con otras penas a flor de piel.

Modificada por aquella brisa, ligeramente fría, Pletórica reanudaba sus movimientos hasta recobrar el sentido de su marcha, feliz del acople involuntario.

Con el mar era distinto. No sabía qué hacer, no entendía sus caricias. Las olas la rozaban como si la estuviesen provocando.

Las olas le resultaban furtivas, desconocidas. Le molestaba ese venir e irse, como llevándose algo. Era un abrazo asfixiante… ¡y efímero! La soltaban de inmediato, sin importarles dónde. Ella se reacomodaba un poco, pero paf, otro revolcón. No era como el viento que estremecía sus mejillas, la libraba a su andar. El mar se quedaba con ella y la empujaba al mismo tiempo. Aturdida por el rugido, atravesaba las olas temiendo que le pidiesen a cambio una audacia imposible.

Hundió el pie en la arena blanda. Una ligera succión le estremeció la planta, sus dedos se acomodaron entre los granos finos hasta que una almeja asomó su filo. Ella sintió un dolor oblicuo, más bien un llamado, y quiso cavar. Se agachó sin que la vieran porque nadie la veía… Trató de ubicar el borde que había hecho contacto con su pie, pero el tiempo de los bivalvos era distinto, sagrado en culturas subterráneas, un segundo significaba la exposición o el hundimiento total.

Ella estaba dispuesta a trabar lucha, sabía que se trataba de una almeja, reconoció la insinuación de su lengua, el tacto abrupto. Ya se había alejado lo suficiente, a esa distancia la almeja era la única señal que le venía de la tierra, la más blanda, la tierra del mar. Ya había pasado las dunas, el horizonte carecía de referencias.

Nadie la vio trazar un círculo alrededor del llamado, ubicarse en el centro, rascarse la cabeza. La almeja debía encontrarse allí. En otras épocas la gente llenaba baldes con ellas, ahogándolas en convivencia última, niños correteando por las costas donde almejas y berberechos parloteaban sin hablar. Cuando Pletórica comenzó a cavar el pozo, percibió la fuerza del fondo, las contracciones eléctricas de la arena. Sus manos crecían en la humedad incitante. ¿Ella también se hundía? ¿Acaso las olas la preferían ahogada como la niña de altamar? Recordó el cuento de su infancia, o de su infancia última, más claramente, el cuento que sepultó su infancia. Se lo había contado su tía Goceplus, la historia del capitán de un barco que perdió a su pequeña en medio del océano, donde ella permaneció sin saber que estaba esperando, viviendo todos los días como si fuesen el mismo, entre fotos añejas y mareas sin avistaje. Hasta que vio pasar un barco y exclamó, desconociendo lo que decía: “Socorro”. Y por haberlo dicho, nadie la escuchó; el barco que pasaba pasó sin advertir su presencia, la sirena que sonó no dejó de sonar, ni siquiera cuando atravesó la calle principal de su pueblo flotante, y ella, viendo que nadie la veía, que su presencia era pura evanescencia frente a la mirada de su padre que andaba tras ella buscándola por todos los mares del mundo, sabiendo imposible hallarla más que en su memoria culposa y nostálgica, ella, la niña de altamar, se retiró de la esperanza.

Cuán sola estaba Pletórica en aquellas playas de la infinitud donde había ido a buscar alguna respuesta. ¿La almeja estaría a cargo de dársela? ¿La lengüeta tenía algo para decirle? Le gustaba su asomo blando, la tentación encriptada. Le dieron ganas de ser almeja para escuchar las olas enterrada en la arena, desarmar los bordes de su cuerpo, sin moldes…

El sol entibió su espalda, la sombra de Pletórica se alargó hacia el mar. Con el cuerpo perpendicular a la playa, parecía un reloj de arena. Su silueta daba la hora. Y era la hora de seguir cavando. Estaba segura de que encontraría a la almeja, necesitaba comprender su llamado.

Pletórica respondía a lo que tocaba y la tocaba. La piel es lo más profundo, le había dicho su tía. Se sentó en su propio mecanismo: la sombra indicaba un tiempo distinto. Dejó de hundir los dedos para mirarse el pie. Alguna marca, un aviso. Su caminata, tan lejos, sin nadie, era para eso, para saber cómo continuar, tenía todos los años revueltos y no sabía cómo seguir siendo, hacia dónde crecer, qué parte de sí misma tenía la misión de proseguir. Pletórica se sentó y levantó la pierna, observó su pie izquierdo con claridad, porque había claridad en su mirada, y encontró la huella de la almeja. Un pequeño tajo, solo visible a esa hora de su cuerpo. Volvió a rascarse la cabeza, y apareció un recuerdo.

A ella le gustaban crudas… Una mujer que devoraba en secreto. Almejas, una tras otra. Pletórica tenía cinco años y las juntaba en un baldecito rojo. Se las llevaba flotando en el agua, las almejas parecían conversar, con la lengua suelta, mientras agonizaban. Chocaban unas con otras, algunas llegaban quebradas. La mujer, en la sombra con un limón partido, aguardaba observando el mar. Algo extraño se desprendía de su mirada acuosa: en lugar de parpadear, diminutas olas salpicaban sus pestañas. ¿Hería la luz sus ojos o era de tristeza que lloraba? A esa distancia Pletórica no la comprendía, pero contaba con las almejas para alegrarla. Se rasgaba los dedos excavando con tal de atisbar el placer que la mujer manifestaba cuando ella le traía el balde. Regocijándose con el bamboleo, escogía las quebradas primero, dejando las lisas para el final. Su deseo se incrementaba con la tenacidad de la almeja. Armada de lonjas de limón, exprimía unas gotas, y en la última contorsión, se tragaba la lengua como si fuera de fuego. Luego sorbía el jugo y le regalaba a Pletórica las conchas vacías. La niña la contemplaba sin reconocer a su madre en aquella mujer devoradora de bivalvos.

Volvió al pozo, ya no de su memoria, sino el presente, el que estaba cavando en busca de la última almeja, olvidada por los caminantes que ni siquiera llegaban a donde Pletórica había ido a buscar… Allí no había más que caracoles rotos.

Ella no se retiraría de la esperanza como la niña de altamar.

De pronto, sintió el filo. Estaba allí, expectante. Evitó asustarla, tampoco quería dañar sus bordes. Removió la arena con suavidad hasta que la almeja comenzó a cavar inversamente a Pletórica, de abajo hacia arriba, ofreciendo su pálida lisura.

El pozo parecía un cráter, la almeja, única habitante del planeta de Pletórica.

Las olas volvieron a desconcertarla, se batían con furia, buscaban alcanzar los límites del pozo. ¿Qué anhelaban? La joven miró al mar y se rascó nuevamente la cabeza. Si el mar era la memoria del cielo, como le había dicho su padre, ¿qué habría olvidado decirle su madre al morir tan pronto?

El viento amigo levantó espuma de olas que se encrestaban. El aire se colmó de iodo y Pletórica aspiró el perfume salvaje, ahora cercano, de las algas en sus dedos.

Se preparaba la mujer que le vendría del agua.

Sin resistencia, la almeja permaneció inmutable sobre la arena oscura.

Pletórica hundió la mano y con la esperanza de hallarse, lanzó el bivalvo al mar.


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