Más allá de que la ceremonia de este domingo de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood será, en términos de producción, una de las más complejas en los 93 años de historia del Oscar, con tres ciudades y cuatro sedes presenciales conectadas virtualmente, el premio más famoso de la industria del cine llega particularmente golpeado a su noche dorada.

Salvo para las plataformas de streaming, que aprovecharon los confinamientos para aumentar exponencialmente sus negocios, la pandemia pegó duró y feo en el mundo del cine, que debió aplazar rodajes y postergar estrenos. Y hasta la ceremonia misma, que se hará casi dos meses después de su fecha habitual, luego de que se amplió también el plazo de inscripción hasta el 28 de febrero (cuando originalmente era el 31 de diciembre), lo que permitió que algunas películas que no encontraban salida presencial u online consiguieran estrenarse, al menos en los Estados Unidos, in extremis.

Esa alteración brutal del calendario cinematográfico que –como en todas las actividades- produjo el virus SARS-CoV-2 trajo aparejadas otras consecuencias. La primera de ellas es que, según la influyente publicación especializada Variety, en un lapidario artículo titulado “The Invisible Oscars: Consumers Largely Unaware of This Year’s Best Picture Nominees” (Los Oscar invisibles: los consumidores en gran medida no son conscientes de los nominados a mejor película de este año), el público en general no tiene idea de qué se vota. Ni le importa.

A diferencia de lo que sucedía cuando una película se estrenaba regularmente en salas y llegaba a un público global con una cierta simultaneidad, la salida por plataformas dispersó la atención de los espectadores, que ahora han pasado a ser lisa y llanamente consumidores pasivos de aquello que el algoritmo les impone frente a sus ojos.

No sólo son muy pocos aquellos que están suscriptos a varias plataformas -lo que ha dado lugar a la denominada “guerra del streaming”- y que por lo tanto tienen acceso legal a la mayoría de las principales películas nominadas. También hay que considerar el hecho de que, tal como están diseñadas estas plataformas, el cine no es ni de cerca el contenido central, un cetro que acaparan las series o miniseries. Las películas, entonces, por más que acumulen nominaciones al Oscar (Netflix suma 35, Amazon 12 y Disney 8), son apenas un adorno, la cucarda que da prestigio pero no necesariamente suma clicks.

Después de que se anunciaron las candidaturas a la mejor película, la empresa especializada Guts+Data –que suele ser una fuente de los principales medios de su país- encuestó en los Estados Unidos a distintos grupos de clientes representativos de plataformas para medir su grado de conocimiento de los títulos en competencia. Y según ese sondeo, El juicio de los 7 de Chicago, que está en Netflix desde hace cinco meses, era conocida apenas por un 39 por ciento de los encuestados. Menos de una cuarta parte estaban familiarizados con El sonido del metal (23 por ciento) de Amazon Studios, y Mank, que lidera la carrera por el Oscar con diez nominaciones y está disponible en Netflix desde ¡antes de la pandemia! solamente era conocida por el 18 por ciento de los encuestados.

Nomadland

En el caso local, estos datos seguramente se verían agravados por el hecho de que dos de las favoritas de la ceremonia del domingo, Nomadland y Hermosa venganza, tuvieron estreno apenas en un puñado de salas del interior del país y quien quiera verlas debe apelar a la piratería, que se agigantó también durante la pandemia. Con la mano en el corazón, ¿quién escuchó hablar en la Argentina de El padre, Minari o Judas y el Mesías Negro?

Estos títulos también compiten por el Oscar a la mejor película y en varios rubros principales, pero como no tienen todavía lugar en una plataforma local ni se han estrenado en salas el desconocimiento es casi absoluto. El asunto se agrava en la categoría de Mejor Película Internacional, donde las cinco nominadas son -a diferencia de lo que sucedía el año pasado con la coreana Parasite- una incógnita total para el público argentino, que no pudo acceder a ninguna. Y que quizás tampoco haga el esfuerzo de descargarlas de sitios non sanctos porque ni siquiera sabe cómo se llaman. Es más fácil tirarse en el sofá y ver lo primero que la plataforma “sugiera”. Y que muy seguramente será una serie. Netflix, por ejemplo, tiene en su catálogo una de las mejores películas estadounidenses del año, Noticias del gran mundo, dirigida por Paul Greengrass y protagonizada por Tom Hanks, pero nadie se entera, porque el algoritmo la esconde. Y la Academia también: tiene solamente cuatro nominaciones a premios técnicos. 

No hay necesidad de ponerse apocalíptico, pero si las salas de cine ya estaban en crisis antes de la pandemia, ahora lo están todavía más. Y con ellas su contenido, la películas, en particular aquellas que buscan –como siempre lo hizo Hollywood- un público masivo. Porque el cine independiente y de autor, de cualquier latitud, aun con todas las dificultades del caso, ha sabido mantener su circulación a través de sitios especializados (como es el caso de la plataforma cinéfila Mubi) y de los festivales de cine de todo el mundo, que se han adecuado muy rápidamente a la virtualidad o los formatos híbridos, como aquí lo hicieron Mar del Plata y el Bafici, por citar apenas los más convocantes.

Si el lugar por antonomasia del cine son las salas y las salas están cerradas en gran parte del mundo, Hollywood está en serios problemas, reformulando no sólo sus estrategias de lanzamiento (Warner decidió migrar todos sus contenidos, incluidos sus próximos estrenos, a la plataforma HBO Max, todavía no disponible en Argentina) sino también su futuro.

Algo de eso se podrá vislumbrar en el show de este domingo, cuando Hollywood pondrá todo su esfuerzo en evitar que su ceremonia emblemática “se vaya al tacho de basura”, como expresó sin miramientos nada menos que The New York Times. Según la encuestadora Nielsen, en los Estados Unidos el rating del Oscar viene en caída libre: se desplomó un 44 por ciento entre 2014 y la ceremonia del año pasado, cuando ganó la película coreana Parasite.

Para evitar que el impacto sea todavía mayor (los devaluados Globos de Oro perdieron el 60 por ciento de su audiencia a comienzos de marzo) la Academia convocó a un dream team encabezado –valga la paradoja- por el realizador de Contagio, Steven Soderbergh, y por Jesse Collins, un veterano productor de eventos en vivo que supervisó tanto el Super Bowl como los Grammy de este año. Es que está en juego mucho más que la vanidad. Los Premios de la Academia han sido durante mucho tiempo una industria en sí mismos: Disney, propietaria de la cadena ABC, a cargo de la transmisión original, se comprometió a pagar más de 900 millones de dólares por los derechos de transmisión en todo el mundo hasta 2028. Es mucho dinero para tirar a la basura. 

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