Desde Brasilia

“Este país está desgobernado” tronó Luiz Inácio Lula da Silva ante una platea integrada por dirigentes del Partido de los Trabajadores y algunos sindicalistas reunida en Brasilia, a pocas cuadras de donde los presidentes conservadores Michel Temer y Mariano Rajoy compartíeron un banquete concluido con un brindis por el libre mercado.

“Este país tiene que ser gobernado por una persona que sepa cuidar de 204 millones de personas que requieren ser cuidadas” continuó, confirmando su disposición a candidatearse en 2018, siempre que no sea objeto de una proscripción judicial, surgida de la causa Lava Jato conducida por Sergio Moro. El ex mandatario figura como primero en intención de voto en tres sondeos; uno lo da ganador en primera vuelta. 

“Seremos gobierno cuando ganemos de nuevo las elecciones, ahora tenemos que cumplir nuestro rol siendo el partido más importante de la oposición, con la moral alta” arengó, con algo de amonestación dirigida al PT. 

“Brasil, urgente, Lula presidente”, “Lula guerrero del pueblo brasileño” devolvió el auditorio.

Ironizó una declaración dada por Temer al semanario liberal The Economist, cuando dijo que prefería ser “impopular antes que populista”, como pretexto para justificar sus contra reformas previsional y laboral, que son las ofrendas con que espera mantener el apoyo de los banqueros y el empresariado.

“Desarrollo, soberanía e inclusión” fue el tema de la conferencia que pronunció con un traje azul, camisa celeste y corbata roja, un atuendo de pulcritud casi presidencial. “El FMI no tiene autoridad moral para dar ningún consejo sobre lo que tenemos que hacer con nuestra economía”,prosiguió quejándose de las declaraciones de Alejandro Werner, director del Departamento Hemisferio Occidental de ese organismo, visitado la semana pasada por el ministro de Hacienda Henrique Meirelles, quien prometió aprobar la (contra) reforma previsional a como sea.                                    

El esqueleto de la exposición de Lula fue poco menos que un programa de gobierno alternativo al gestionado por Temer: “mientras el resto del mundo se inclina por la nacionalización y la protección de las empresas nacionales acá están desmontando Brasil”.

 

Al paro

Con el acto realizado ayer en Brasilia se inició la semana de movilizaciones que finalizará el viernes con la primera huelga general en lo que va del siglo .”La huelga general significará un punto de inflexión en la lucha contra la eliminación de los derechos, el PT tiene que estar en la calle con la Central Unica de los Trabajadores”, propuso ayer el secretario general de esa organización sindical, Wagner Freitas.

Lula ha visitado sindicatos en las últimas semanas, como el de los metalúrgicos del cinturón industrial de San Pablo, para discutir la estrategia para que la medida de fuerza sea una advertencia al programa de ajuste.

Con el olfato de quien lideró durante años a los metalúrgicos paulistas Lula parece haber percibido que hay condiciones para llamar a un paro nacional porque la penuria económica se unió al rechazo causado por el régimen.

Una encuesta de Vox Populi mostró que la reforma previsional es rechazada por nueve de cada diez brasileños mientras siete de cada diez piden que Temer sea separado del cargo. Para parar un gigante como Brasil se requiere, además, la adhesión de los gremios del transporte en las grandes capitales, un respaldo que ayer parecía garantizado por lo menos en San Pablo y su área metropolitana, con 18 millones de habitantes.

Si se tiene el apoyo del transporte se garantiza la “espina dorsal” de la lucha, dijo un gremialista después de la reunión realizada en San Pablo por dirigentes de la CUT y otras siete centrales gremiales, incluso la oficialista desencantada Fuerza Sindical.

El resultado de la pelea del viernes permitirá colocar en su real dimensión el hastío popular con un gobierno del cual se han distanciado antiguos aliados, como el senador Ronaldo Caiado, jefe del bloque del partido de derecha radical curiosamente llamado Demócratas.

El otro barómetro que indicará como evoluciona el choque entre la resistencia y los defensores del régimen está instalado en el juzgado federal de primera instancia de la provincia de Paraná, donde despacha Sergio Moro.

El responsable de la causa Lava Jato es tan enemigo de Lula como Michel Temer o Fernando Henrique Cardoso, uno de los autores intelectuales de la estrategia que derrocó a Dilma Rousseff.

La diferencia está en que Cardoso y Temer sumados no tienen 15 % de popularidad y Moro goza, según algunas encuestas, de más del 60 de apoyo.

Con esa aprobación y la claque de las radios y tevés unánimemente oficialistas, Moro se apresta a condenar a Lula aunque para ello deba violar la ley y el código procesal: vale todo en un estado de excepción.

Moro fue denunciado ante la ONU por el abogado Geoffrey Robertson, que antes de asumir la causa de Lula fue defensor de Julian Assange, el fundador de Wikileaks.

El 4 de marzo de 2016 ordenó detener a Lula sin que hubiera ningún motivo  para hacerlo, dos semanas más tarde violó una conversación telefónica del expresidente con Dilma Rousseff y la cedió a Globo y la semana pasada anunció que el procesado tendrá que estar personalmente en las 87 audiencias donde serán indagados testigos.

Ayer comunicó que el interrogatorio con el “reo” Lula fue pospuesta del 3 de mayo al 10 de mayo alegando razones de seguridad ante la movilización convocada por sindicatos y partidos para hacer una vigilia frente al juzgado.

Para algunos esa postergación respondería a la necesidad de contar ( fabricar?) con alguna delación que realmente impute al procesado contra quien no se han presentado pruebas que lo vinculen a Lava Jato.

“Está llegando la hora de terminar con el parloteo y mostrar las pruebas” comentó Lula al tomar conocimiento de que el encuentro con su perseguidor fue pospuesto.

Cuando se inicie la sesión del 10 de mayo, aguardada como duelo pugilístico entre Mohamad Alí y Georges Foreman, comenzará a definirse la suerte de la candidatura de Lula. Por lo pronto sindicatos, movimientos sociales y partidos populares comenzaron a organizarse para viajar hasta la sureña ciudad de Curitiba el día de la indagatoria.