Mi terapeuta D. levanta las cejas, mueve apenas su cabeza, toma nota y me mira. Le sorprende la palabra que uso: Exilio. Más tarde, al final de la sesión, volverá sobre ese gesto cuando le diga, sin olor a duda en mi voz, que la cancha es el único lugar donde puedo no pensar en otra cosa. El lugar donde reconozco que soy feliz.

Mi progenitor me contó una vez una historia. Es lo único que me interesa conservar de él: cuando yo tenía dos años me llevó a una juguetería y me dijo que podía elegir lo que quisiera. Toda una juguetería a mi disposición y lo que agarré fue una pelota.

Se le escuchaba el orgullo al decir que, “por supuesto”, me compró la muñeca más cara. La criatura (¡la nena!) había elegido una pelota, la pelota más barata del lugar. Me atrae esa historia porque creo que sintetiza mi relación, mi vida, con el fútbol.

En primer lugar me da la certeza de que antes de imponerme mujer, de imaginarme varón o de poder pensarme por fuera del binomio sexo-género, yo, personita, pequeño ser humano, me supe futbolista. En segundo, para hacer uso de la metáfora y de la obviedad, puedo decir que Miguel, llevando esa muñeca, me marcó la cancha: La pelota, mi deseo, era el imposible.

PERIPECIAS

Voy a omitir los detalles del camino y las peripecias recorridas hasta llegar a entrenar en un club, ser fichado en A.F.A. y jugar en primera, pero cualquiera que conozca la historia de una (persona asignada) mujer futbolista se la puede imaginar. Alguna que otra variación, pero todas nuestras historias, en algo, se parecen.

En mi caso no hubo apoyo de une adulte, lo que se traduce en una llegada a la formación técnica y táctica, aún más tardía. Varias idas y vueltas, también, por horarios de entrenamiento que coincidían con los laborales o los facultativos. Hasta que me di cuenta que podía dejar todo, pero no el deseo de jugar a la pelota, y me encargué de poner el resto de mi vida en función de ese deseo. Por lo demás, soy parte de esa gran camada de (las asignadas al nacer) nenas, a las que se las castigaba con un “raulito” o “marimacho” por jugar fútbol. De las que fuimos “la única nena” que jugaba a la pelota en el barrio y en el colegio. Las que abrimos así, por puro deseo, un espacio. Adueñándonos un derecho que nos correspondía: el de soñar. Esas personas que necesitamos ser feministas mucho antes de poder entender, conocer y reconocer un marco teórico.

Ahora podría venir el momento emotivo, la crónica de cómo, después de tanto esfuerzo, por convicción y dedicación, llegué a firmar mi primer contrato. La crónica de mis amigues mirándome jugar un partido por televisión. Podría, pero apaguen el pianito de su mente. Nada de eso pasó, porque, como dicen los primeros tres versos de un poema de Diana Bellessi: He construido un jardín como quien hace / los gestos correctos en el lugar errado. / Errado, no de error, sino de lugar otro.

UN RUMBO

Me quedo con la idea del no error, sino del lugar otro, porque no dejo de conmoverme al recordar que algunas amigas empezaron a jugar al fútbol porque me vieron hacerlo y se dieron cuenta de que también podían. Ni dejo de conmoverme cuando recuerdo ir con mi equipo a ver un partido de la Selección al estadio de Arsenal. Y, sobretodo, porque me conmueve saber que, pese a todas las faltas (que son muchas y esto no hay que dejar de decirlo), parte de mis ex compañeras están siendo reconocidas como lo que son: futbolistas profesionales. Podría seguir enumerando, porque es mucho lo que cambió desde el día en que agarré esa pelota hasta hoy. Yo sé que todo lo que jugué aportó algo para que ese cambio sea posible. No puede haber error en toda una vida atrás del deseo, pero sí un lugar otro. Un lugar que me impusieron por defecto.

Una mezcla rara de desasosiego e incomodidad, me sobrevuela mientras pienso una pregunta: ¿Cuántas de nuestras masculinidades (no cis, no hegemónicas) hicieron (y hacen) posible el “fútbol femenino”?

“Salí del closet” para el cuerpo técnico y mis compañeras. Le expliqué al DT que iba a conservar el documento y que si me hormonaba los cambios tardarían en verse. Creí poder soportar un tiempo más el disfraz discursivo. Lo sostuve, estoico, enajenado en el sacrificio extremo de cumplir mi sueño a cualquier costo. Haciendo los gestos correctos en el lugar errado. Yendo en contra de mí mismo. Teniendo clara mi necesidad de hacer el cambio registral y comenzar una “terapia de remplazo hormonal”, pero prohibiéndome el pleno ejercicio de mi identidad, no por lo que la testosterona iba a hacer en mi cuerpo, no por lo que la narración en masculino haría en mi mente y en mi entorno, sino por lo que iba a pasar con mi carrera. Mi vida, siempre, orbitó alrededor de la pelota.

EL VESTUARIO Y EL CLOSET

La idea de mentir y ocultar tuvo sentido para mi hasta que me di cuenta a lo que me ataba. Un tiempo antes del inicio de mi transición le daba vueltas a la posibilidad de irme a probar a otro club. Sentía que no podía dar más, ni podía recibir más en el lugar donde estaba, pero ¿pasar otra vez por la incomodidad de explicar quién soy y rogar ser aceptado? Quería crecer como jugador, pero sin el apoyo emocional de un equipo lo veía imposible. Cambiar de club ya no era opción.

Cuando rectificás el documento de identidad, al “viejo” le hacen un corte en una de las esquinas ¿Qué iba a pasar cuando une árbitre se diera cuenta que entre los dieciocho documentos había uno cortado? ¿Cómo sostener un lugar dentro del fútbol femenino siendo un varón sin sentir que ese lugar está legitimado por una genitalidad?

No pude seguir habitando el fútbol femenino. El binarismo me expulsó. Tenía que jugar en el masculino, pero ¿dónde? ¿Qué varón puede ir a probarse a un club a los 26 años? Esa fue la más inocente de las preguntas que me hice porque, ¿cómo sería habitar un vestuario entre hombres cis? Sabemos que en ese lugar, incluso, la homosexualidad sigue siendo un tabú. Pero bueno, imaginemos que lo soporto, que otra vez voy al “a cualquier costo”, ¿cómo hago para disputar un lugar frente a alguien al que le asignaron una pelota al nacer?

En promedio un jugador de fútbol termina su carrera entre los 35 y 38 años. La mía terminó súbita (y tácitamente) a los 26. Me la arrebató el cisexismo.

Estas preguntas ya no son inocentes: ¿En qué lugar un varón trans puede entrenar y jugar fútbol 11 de manera profesional? ¿Cuánto falta para que los varones trans dejemos de estar obligados a la incomodidad o al abandono de los espacios, a conformarnos o a seguir inmolándonos por nuestros derechos?